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¿Cuál es el lugar de Rusia en el Medio Oriente?
por Thierry Meyssan*
Como
resultado del conflicto que opone a su presidente y su primer ministro, Rusia
está dejando pasar una oportunidad histórica de desplegarse en el Medio
Oriente. Las élites rusas no supieron elaborar una estrategia en esa región
en el momento en que tuvieron la posibilidad de hacerlo y ahora no son ya
capaces de definirla. Para Thierry Meyssan, Moscú está paralizado ya que no
logra sacar plenamente partido del fracaso del «rediseño» estadounidense del
Medio Oriente ni responder a las esperanzas que Vladimir Putin había
suscitado.

El
presidente Medvedev y el primer ministro Putin. El entendimiento entre los
«amigos de 30 años» se ha convertido bruscamente en guerra abierta. ¿Cómo
puede Moscú asumir, en tales condiciones, una gran ambición en el Medio
Oriente?
El fracaso israelí del
verano de 2006 ante la Resistencia libanesa marcó el fin de la hegemonía
estadounidense en el Medio Oriente. En 4 años, la situación militar,
económica y diplomática cambió completamente en esa región.
En este
momento,el triángulo Turquía-Siria-Irán se consolida como líder
mientras que Rusia y China extienden su
influencia a medida que Estados Unidos va perdiendo la suya. Moscú vacila,
sin embargo, en aprovechar todas las oportunidades que se le ofrecen. Primero
que todo porque su prioridad no es el Medio Oriente, porque no existe un
proyecto que reúna el consenso de las élites rusas en lo tocante a esa región
y, finalmente, porque los conflictos del Medio Oriente revisten para Rusia
ciertas implicaciones con problemas internos que aún están por resolver.
Veamos un balance:
2001-2006 y el mito del rediseño
del «Medio Oriente ampliado»
La administración Bush supo reunir al lobby petrolero, el complejo militar-industrial y el movimiento sionista alrededor de un
grandioso proyecto: garantizar el control de los campos petrolíferos que van
del Mar Caspio al Cuerno de África rediseñando el mapa político sobre la base
de pequeños etno-Estados. Delimitada no en función de su población sino de
las riquezas de su subsuelo, la zona fue primeramente denominada «Media luna
de crisis», por el universitario Bernard Lewis, y posteriormente «Medio
Oriente ampliado» (Greater Middle East), por George W. Bush.
Washington no escatimó en medios para «rediseñar» el Medio
Oriente. Se invirtieron sumas gigantescas en la compra de
las élites locales, para que antepusieran sus intereses personales a los
intereses nacionales en el contexto de una economía globalizada. Lo más
importante es que una gigantesca fuerza militar se desplegó en Afganistán e
Irak para apresar en una tenaza a Irán, el principal actor de la región que
se mantiene firme ante el imperio. El resultado del «rediseño» era que todos
los Estados de la región, incluyendo los aliados de Washington, serían
desmembrados en numerosos emiratos para que evitar que pudieran defenderse
mientras que Washington impondría al vencido Irak una división en tres
Estados federados (uno kurdo, uno sunnita y uno chiíta).
Cuando
parecía que nada podía evitar aquel proceso de dominación, el Pentágono puso en
manos de Israel la tarea de destruir los frentes secundarios antes del ataque
contra Irán. El objetivo era acabar con el Hezbollah libanés y derrocar el
gobierno sirio. Sin embargo, después de someter un tercio del territorio
libanés a una campaña de bombardeos nunca vista desde la guerra de Vietnam,
Israel se vio obligado a retirarse sin haber alcanzado ni uno solo de sus
objetivos. Aquella derrota marcó la inversión de la correlación de fuerzas.
Durante los
meses posteriores, los generales estadounidenses se rebelaron contra la Casa
Blanca. Los generales no lograban controlar la situación en Irak y
anticipaban con espanto las dificultades de una guerra contra un Estado bien
armado y organizado –Irán– con un trasfondo de incendio regional. Unidos
alrededor del almirante William Fallon y del viejo general Brent Scowcroft,
los generales estadounidenses pactaron una alianza con varios políticos
realistas que se oponían al peligro que representaba el excesivo despliegue
militar.
Entre todos
utilizaron la Comisión Baker-Hamilton para influir en el electorado
estadounidense hasta lograr el despido del secretario de Defensa Donald
Rumsfeld y su reemplazo por uno de los suyos: Robert Gates. Posteriormente,
esas mismas personalidades lograron poner a Barack Obama en la Casa Blanca,
con la condición de que tenía que mantener a Robert Gates en el Pentágono.
En
realidad, el Estado Mayor estadounidense carece de estrategia de repuesto
después del fracaso del «rediseño». Su única preocupación consiste en
estabilizar sus posiciones. Los soldados estadounidenses se retiraron de las
grandes ciudades iraquíes y se encerraron en sus bases. Dejaron el manejo de
las áreas kurdas de Irak en manos de los israelíes y el de las partes árabes
a los iraníes. El Departamento de Estado puso fin a sus suntuosos regalos a
los dirigentes de la región y se muestra cada vez más avaro en estos tiempos
de crisis económica. Los lacayos de ayer están en busca de nuevos amos que los
alimenten.
Tel Aviv es
el único que estima que el repliegue estadounidense no es más que un eclipse
y que el «rediseño» continuará cuando termine la crisis económica.
Formación
del triángulo Turquía-Siria-Irán
Washington
creyó que el desmantelamiento de Irak sería contagioso. La guerra civil entre
chiítas y sunnitas (la Fitna, según la expresión árabe) debía enfrentar a
Irán con Arabia Saudita y dividir a todo el mundo arabo-musulmán. La virtual
independencia del Kurdistán iraquí debía hacer estallar la secesión kurda en
Turquía, Siria e Irán.
Pero
sucedió lo contrario. La disminución de la presión estadounidense en Irak
selló la alianza entre los hermanos enemigos turcos, sirios e iraníes. Todos
se dieron cuenta de que tenían que unirse para poder sobrevivir y de que
unidos podían asumir el liderazgo regional. Así es, Turquía, Siria e Irán
cubren lo esencial del espectro político regional.
Como
heredera del imperio otomano, Turquía encarna el sunnismo político. Como
único Estado baasista desde la destrucción de Irak, Siria encarna el
laicismo. Y finalmente Irán, desde la revolución de Khomeiny, encarna el chiísmo
político.
En cuestión
de meses, Ankara, Damasco y Teherán abrieron sus fronteras comunes,
disminuyeron sus derechos de aduana y sentaron las bases de un mercado común.
Esa apertura les aportó una bocanada de aire fresco y un repentino
crecimiento económico.
El
resultado fue que, a pesar del recuerdo de anteriores querellas, la apertura
encontró un verdadero apoyo popular.
Cada uno de
esos tres Estados tiene, sin embargo, su talón de Aquiles, que Estados Unidos
e Israel, al igual que algunos de sus vecinos árabes, tratarán de aprovechar.

Al igual que Mahmud Ahmadinejad,
Vladimir Putin se ha convertido para Washington en un obstáculo que debe ser
eliminado.
El programa nuclear iraní
Hace años que Tel Aviv y Washington
acusan a Irán de estar violando sus obligaciones como firmante del Tratado de
No Proliferación [de armas nucleares] y de aplicar un programa nuclear
secreto de carácter militar. En tiempos de chah Reza Pahlevi, tanto Washington como Tel Aviv –al igual que París– habían
organizado un amplio programa destinado a dotar a Irán de la bomba atómica.
Nadie pensaba entonces que un Irán nuclear podía ser una amenaza estratégica,
ya que a lo largo de los últimos siglos ese país nunca había tenido un
comportamiento expansionista. Una campaña de propaganda basada en
informaciones voluntariamente falsificadas objetó posteriormente que los
actuales dirigentes iraníes son fanáticos que pudieran utilizar la bomba
atómica, si la tuviesen, de forma irracional y por lo tanto peligrosa para la
paz mundial.
Los dirigentes iraníes dicen, sin embargo,
que han renunciado a fabricar, almacenar o utilizar la bomba atómica,
precisamente por razones ideológicas. Y lo que dicen es enteramente creíble.
Basta con recordar lo sucedido durante la guerra del Irak de Sadam Husein
contra el Irán del imam Khomeiny. Cuando Bagdad comenzó a disparar andanadas
de misiles sobre las ciudades iraníes, Teherán respondió haciendo lo mismo.
Se trataba de misiles que no estaban teledirigidos, que se disparaban en
determinada dirección y con cierta potencia y caían en cualquier lugar. El
imam Khomeiny intervino entonces para denunciar el uso de aquellas armas por
su propio Estado Mayor. Khomeiny estimaba que los buenos musulmanes no podían
asumir el riesgo moral de disparar contra los militares si corrían el riesgo
de matar un gran número de civiles. Khomeiny prohibió entonces los disparos
de misiles sobre las ciudades, lo cual desequilibró la correlación de
fuerzas, prolongó la guerra y trajo nuevos sufrimientos al pueblo iraní. Hoy
en día, el sucesor de Khomeiny, Alí Khamenei, Guía Supremo de la Revolución,
defiende la misma ética en cuanto a las armas nucleares y no es posible
imaginar que alguna facción del Estado iraní pueda infringir la autoridad del
Guía Supremo y fabricar secretamente una bomba atómica.
La realidad es que, después de la
guerra de la que fue objeto por parte de Irak, Irán supo prever el
agotamiento de sus reservas de hidrocarburos y quiso dotarse de una industria
nuclear civil como medio de garantizar su propio desarrollo a largo plazo, y
el de los demás Estados del Tercer Mundo. Los Guardianes de la Revolución
conformaron para ello un cuerpo especial de funcionarios dedicado a la
investigación científico-técnica y organizado, según el modelo soviético, en
ciudades secretas. Estos investigadores trabajan también en otros programas,
como los vinculados con el armamento convencional. Irán ha abierto todas sus
instalaciones nucleares a los inspectores del Organismo Internacional de la
Energía Atómica (OIEA), pero se niega a abrirles los centros que se dedican a
la investigación sobre armas convencionales.
Nos encontramos entonces en una situación ya conocida: los inspectores del OIEA
confirman que nada permite incriminar a Irán, mientras que la CIA y el Mossad
afirman –sin aportar pruebas– que Irán esconde actividades ilícitas en el
seno de su vasto sector de investigación científica. Toda esta situación se
parece como una gota de agua a la campaña de intoxicación ya realizada
anteriormente por la administración Bush, que llegó a acusar a los
inspectores de la ONU de no hacer correctamente su trabajo y de ignorar los
programas de armas de destrucción masiva que supuestamente tenía Sadam
Husein.
Ningún país
en el mundo ha sido objeto de tantas inspecciones del OIEA y no es serio que
se siga acusando a Irán, pero no por ello es menor la mala fe de Washington y
Tel Aviv. La falacia de la supuesta amenaza es indispensable para el complejo
militaro-industrial, que desde hace años viene instrumentando el programa
israelí de «escudo antimisiles» con los fondos del contribuyente
estadounidense. ¡Sin amenaza iraní, no hay presupuesto!
Teherán ha
realizado dos operaciones para salir de la trampa que se le ha tendido.
Primeramente organizó una conferencia internacional por un mundo
desnuclearizado, conferencia durante la cual explicó ¡por fin! su propia
posición a sus principales socios (el 17 de abril). Irán aceptó además la
mediación de Brasil, país cuyo presidente –Lula da Silva– espera convertirse
en secretario general de la ONU. El presidente Lula había preguntado a su
homólogo estadounidense Barack Obama qué tipo de medida podía restablecer la
confianza. Barack Obama le respondió, por escrito, que el compromiso
concluido en noviembre de 2009, y que nunca llegó a ser ratificado, sería
suficiente. El presidente Lula viajó a Moscú para asegurarse de que el
presidente ruso Dimitri Medvedev era de la misma opinión. El presidente
Medvedev le confirmó públicamente que él también pensaba que el compromiso de
noviembre de 2009 bastaría para resolver la crisis.
Al día
siguiente, el 18 de mayo, el presidente Lula firmaba con el presidente iraní
Mahmud Ahmadinejad un documento que satisfacía, desde todo punto de vista,
las exigencias de Estados Unidos y de Rusia. Pero la Casa Blanca y el Kremlin
dieron de pronto marcha atrás y, en contradicción con lo que ya habían expresado,
afirmaron que las garantías que ofrecía el nuevo documento eran
insuficientes.
No existe,
sin embargo, ninguna diferencia significativa entre el texto negociado en
noviembre de 2009 y el que se ratificó [entre Irán, Brasil y Turquía] en mayo
de 2010.

El primer ministro turco Recep
Tayyip Erdoğan (a la izquierda) se esfuerza por restaurar la
independencia de su país ante la tutela estadounidense. Al abrir su país al
comercio ruso, el primer ministro turco espera reequilibrar sus relaciones
internacionales. Su ministro de Relaciones Exteriores, Ahmet Davutoglu (a la
derecha) está tratando de resolver uno a uno los conflictos heredados del
pasado que obstaculizan el margen de maniobra de Ankara.
El pasivo de Turquía
Turquía heredó del pasado un gran
número de problemas con sus minorías y sus vecinos, problemas que Estados
Unidos ha estado alimentando para mantenerla por décadas en situación de
vasallaje. El profesor Ahmet Davutoglu, teórico del neootomanismo y nuevo
ministro turco de Relaciones Exteriores, ha elaborado una política exterior
que busca, en primer lugar, liberar a Turquía de los interminables conflictos
en los que se ha empantanado así como multiplicar sus alianzas a través de
numerosas instituciones intergubernamentales.
El diferendo con Siria fue el
primero en encontrar solución. Damasco dejó de utilizar a los kurdos y
renunció a sus pretensiones sobre la provincia de Hatay. Como retribución,
Ankara cedió sobre la cuestión de la división de las aguas fluviales, ayudó a
Damasco a salir del aislamiento diplomático e incluso organizó negociaciones
indirectas con Tel Aviv, que ocupa el Golán sirio. En definitiva, el
presidente sirio Bachar el-Assad fue recibido en Turquía (en 2004) y el
presidente turco Abdullah Gull fue recibido en Siria (en 2009). Turquía y
Siria crearon un Consejo de Cooperación Estratégica.
En lo tocante a Irak, Ankara se
opuso a que los anglosajones invadieran ese país (en 2003). Prohibió a
Estados Unidos el uso de las bases de la OTAN en territorio turco para atacar
a Bagdad, provocando así la cólera de Washington y retrasando la guerra.
Cuando los anglosajones transfirieron formalmente el poder a los autóctonos,
Ankara favoreció el proceso electoral e incitó a la minoría turkmena a
participar en la votación. Posteriormente, Turquía suavizó los controles
fronterizos y facilitó el comercio bilateral. Sólo se mantiene un punto
negativo en este panorama: las relaciones entre Ankara y el gobierno nacional
de Bagdad son excelentes, pero son caóticas con el gobierno regional kurdo de
Erbil. El ejército turco se arrogó incluso el derecho de perseguir a los
separatistas del PKK en territorio iraquí –por supuesto, con el aval del
Pentágono y bajo su control. En todo caso, se firmó un acuerdo que garantiza
la exportación del petróleo iraquí a través del puerto turco de Ceyhan.
Ankara tomó una serie de
iniciativas para poner fin al secular conflicto con los armenios. Recurriendo
a la «diplomacia del fútbol», Ankara reconoció la masacre de 1915 (aunque no admitió
el calificativo de «genocidio»), logró establecer relaciones diplomáticas con
Ereván y busca una solución al conflicto del Alto Karabaj. Sin embargo,
Armenia suspendió la ratificación del acuerdo bipartito de Zurich.
El pasivo turco con Grecia y Chipre
es también muy importante. La división del Mar Egeo sigue sin estar clara y
el ejército turco sigue ocupando el norte de la República de Chipre. Ankara
ha propuesto diversas medidas tendientes a restablecer la confianza,
esencialmente la reapertura mutua de puertos y aeropuertos. Pero las
relaciones están aún lejos de normalizarse y, por el momento, Ankara no
parece dispuesta a abandonar la autoproclamada República Turca del Norte de
Chipre.

El presidente ruso Medvedev viajó a
Siria para negociar la renovación y ampliación de las instalaciones ofrecidas
a la flota rusa. Como resultado, el puerto sirio de Tartus pudiera recibir
dentro de 3 años los submarinos y destructores rusos. ¿Al servicio de qué
estrategia?
El aislamiento diplomático de Siria
Washington acusa a Siria de
proseguir la guerra contra Israel a través de varios intermediarios: los
servicios secretos iraníes, el Hezbollah libanés y el Hamas palestino.
Estados Unidos fingió por lo tanto que consideraba al presidente sirio Bachar
el-Assad como la persona que había ordenado el asesinato del ex primer
ministro libanés Rafik Hariri. Washington se las arregló incluso para obtener
la creación de un Tribunal Penal Especial destinado a juzgar al presidente
sirio.
Con sorprendente habilidad, Bachar
el-Assad, a quien se presentaba como un «hijo de papá» totalmente
incompetente, logró salir de aquella situación sin hacer concesiones ni
disparar un tiro. Los testimonios de sus acusadores se desinflaron uno tras
otro y Saad Hariri, el hijo del difunto, dejó de reclamar su arresto e incluso
le hizo una amistosa visita en Damasco. Ya nadie quiere financiar el Tribunal
Especial y es posible que la ONU decida desmantelarlo antes de que llegue a
reunirse, a menos que traten de utilizarlo para acusar al Hezbollah.
Para terminar, en respuesta a la
secretaria de Estado Hillary Clinton, quien lo conminaba a romper con Irán y
con el Hezbollah, Bachar el-Assad organizó inesperadamente un encuentro
cumbre con el presidente iraní Mahmud Ahmadinejad y con el máximo responsable
del Hezbollah, Hassan Nasrallah.
¿Y Rusia?
La consolidación del triángulo
Turquía-Siria-Irán corresponde al declinar del poderío militar de Israel y
Estados Unidos. Dejar un espacio vacío es como invitar otras potencias a que
lo ocupen.
China se ha convertido en el principal
socio comercial de Irán y se apoya en los conocimientos de los Guardianes de
la Revolución para vencer los escollos que la CIA le opone en África. Aporta
además un apoyo militar, tan discreto como eficaz, al Hezbollah (al que
probablemente entregó misiles tierra-aire y sistemas de direccionamiento
capaces de burlar las contramedidas electrónicas) y al Hamas (que abrió una
representación en Pekín). Pero, aun cuando se implica en el escenario del
Medio Oriente, China lo hace muy prudente y lentamente y no tiene intenciones
de asumir allí un papel decisivo.
Todas las expectativas apuntan por lo
tanto hacia Moscú, ausente de esa región desde el desmembramiento de la Unión
Soviética. Rusia ambiciona recuperar su antigua posición de potencia mundial,
pero titubea en cuanto a implicarse antes de haber resuelto los problemas que
enfrenta en el antiguo espacio del Pacto de Varsovia. Lo fundamental es que
las élites rusas no tienen política alguna que proponer en lugar del proyecto
estadounidense de «rediseño» y se bloquean precisamente en el mismo problema
que Estados Unidos: debido al cambio de la correlación de fuerzas ya no es
posible aplicar una política de equilibrio entre israelíes y árabes. Toda
participación en la región implica, tarde o temprano, una ruptura con el
régimen sionista.
El reloj moscovita está detenido en
1991, en el momento de la conferencia de Madrid. Moscú no acaba de entender
que los acuerdos de Oslo (firmados en 1993) y de Wabi Araba (1994) han
fracasado en cuanto a la aplicación de la llamada «solución de los dos
Estados», ya actualmente irrealizable. La única opción pacífica posible es la
que se aplicó en Sudáfrica: abandono del apartheid y reconocimiento de una
sola nacionalidad para judíos y autóctonos, instauración de una verdadera
democracia basada en el principio de «un hombre, un voto». Esa es ya la
posición oficial de Siria e Irán, y será muy pronto, sin dudas, la de
Turquía.
La gran conferencia diplomática
sobre el Medio Oriente que el Kremlin quería organizar en Moscú en 2009,
anunciada en la cumbre de Anápolis y confirmada por varias resoluciones de la
ONU, nunca llegó a producirse. Rusia dejó la pasar la oportunidad de hacer su
jugada.
Las élites rusas, que siguen
gozando de gran prestigio en el Medio Oriente, ya no suelen visitar esa
región y, más que entenderla, la sueñan. En los años 1990 se entusiasmaron
con las teorías románticas del antropólogo Lev Gumilev y estaban en sintonía
con Turquía, la única nación que, al igual que Rusia, es simultáneamente
europea y asiática. Sucumbieron después ante el carisma del geopolítico
Alexander Dugin, quien detestaba el materialismo occidental, pensaba que
Turquía estaba contaminada por el atlantismo y se extasiaba ante el ascetismo
de la Revolución iraní.
Esos impulsos se estrellaron, sin
embargo, con el escollo de Chechenia, antes de comenzar tan siquiera a
concretarse. Rusia se vio brutalmente enfrentada a una forma de extremismo
religioso, que disponía del oculto apoyo de Estados Unidos y era alimentada
por los servicios secretos turcos y sauditas. Como consecuencia de ello, toda
alianza con un Estado musulmán parecía arriesgada y peligrosa. Y cuando se
restableció la paz en Grozny, Rusia no supo, o no quiso, asumir su legado
colonial.
Como señaló en su análisis Gaidar
Zhemal, presidente del Comité Islámico de Rusia, esta última no podía
pretender ser una nación euroasiática y fingir al mismo tiempo que nada había
sucedido y seguir considerándose aún un Estado ortodoxo que tenía que
protegerse de los turbulentos hermanitos musulmanes. Rusia tenía–y sigue
teniendo– que redefinirse a sí misma pensando en ortodoxos y musulmanes como
iguales.
Más que dejar para mañana la
solución del problema de las minorías, y posponer para pasado mañana la
implicación en el Medio Oriente, Rusia pudiera, por el contrario, apoyarse en
socios externos musulmanes, otorgándoles la categoría de terceros confiables,
para emprender el diálogo interno. La Siria de Bachar el-Assad constituye,
por ejemplo, un modelo de Estado postsocialista en vías de democratización
que ha sabido preservar sus instituciones laicas y ha permitido el
florecimiento de las grandes religiones y de las diferentes corrientes de
esas religiones, incluyendo el más intransigente Islam wahabita, y
preservando al mismo tiempo la paz social.
La atracción económica
Por el momento, las élites rusas
están ignorando las advertencias de su ex jefe de Estado Mayor, el general
Leonid Ivashov, sobre la necesidad de establecer alianzas en Asia y en el
Medio Oriente, ante el imperialismo estadounidense. Como el politólogo Gleb
Pavlovski, prefieren pensar que los antagonismos geopolíticos van a
disolverse por obra y gracia de la globalización económica. También abordan
el Medio Oriente, en primer lugar, como un mercado.
El presidente Dimitri Medvedev
acaba de emprender una gira que lo llevó a Damasco y Ankara. Eliminó la
exigencia de visado y abrió a las empresas rusas el mercado común que ya
venía instaurándose entre Turquía, Siria, Irán y también el Líbano. Favoreció
además la venta de un impresionante arsenal a todos esos países. Más
importante aún, negoció grandes trabajos decenales de construcción de
centrales eléctricas nucleares. Y finalmente, aprovechó la evolución
estratégica de Turquía para que ese país tuviera en cuenta las necesidades
rusas de tránsito de hidrocarburos. Un oleoducto ruso terrestre permitirá
conectar el Mar Negro con el Mediterráneo y parece que Ankara pudiera dejarse
tentar por el proyecto del gasoducto conocido como South Stream.
Límites de la implicación rusa
Exceptuando el sector económico, a
Moscú le cuesta trabajo consolidar su posición. Las antiguas bases navales
soviéticas en Siria han sido puestas nuevamente en servicio y abiertas a la
flota rusa del Mediterráneo, que les ha dado un uso limitado, sobre todo
porque la marina de guerra va a tener que reducirse en el Mar Negro. Todo
transcurre como si Moscú tratara de ganar tiempo y de posponer el problema
israelí.
La cuestión es que cualquier
condena [rusa] del colonialismo judío puede reavivar problemas internos. En
primer lugar porque, de manera caricaturesca y poco halagadora, el apartheid
israelí se remite al tratamiento de los chechenos. También porque Rusia actúa
bajo el peso de un complejo histórico, el del antisemitismo.
Vladimir Putin ha tratado varias
veces de pasar la página mediante gestos simbólicos como la nominación de un
rabino en los ejércitos, pero Rusia sigue sintiéndose incómoda en ese tema.
Pero no es posible seguir esperando
porque las fichas ya están en movimiento. Hay que asumir las consecuencias de
una vez y por todas. Israel desempeñó un papel determinante en cuanto a armar
y entrenar las tropas georgianas que atacaron y mataron a ciudadanos rusos en
Osetia del Sur. A cambio de lo anterior, el ministro georgiano de Defensa,
Davit Kezerashvili, un hombre que tiene doble nacionalidad israelí y
georgiana, había alquilado dos bases aéreas a las fuerzas armadas de Israel,
de forma que los bombarderos israelíes pudieran acercarse a Irán y atacarlo.
Moscú soportó estoicamente la afrenta, sin tomar medidas de respuesta ante
Tel Aviv.

El presidente de la Federación
Rusa, Dimitri Medvedev, conversa con el gobernador del oblast autónomo judío
de Birodiyán, Alexander Vinnikov sobre la posible acogida de refugiados
israelíes ex soviéticos (2 de julio de 2010).
En el Medio Oriente ven con
sorpresa esa falta de reacción. Es cierto que Tel Aviv dispone de numerosos
contactos entre las élites rusas y que no ha vacilado en crear entre ellas
verdaderas redes ofreciendo ventajas materiales en Israel a mucha gente
influyente. Pero Moscú dispone de muchos más contactos en Israel, con un
millón de ex soviéticos emigrados. Y pudiera entonces sacar a la palestra a
alguna personalidad capaz de desempeñar en la Palestina ocupada el papel que
asumió Frederik de Klerk en Sudáfrica, garantizando la liquidación del
apartheid e instaurando la democracia en el seno de un único Estado. Es ante
esa perspectiva que Dimitri Medvedev piensa que puede producirse un éxodo de
israelíes que no aceptarían esa nueva situación.
Así que bloqueó la fusión
anteriormente anunciada del krai de Jabarovsk y el oblast autónomo judío de
Birobidyán. El presidente ruso, quien proviene de una familia judía
convertida a la iglesia ortodoxa rusa, tiene previsto reactivar esa entidad
administrativa fundada por Stalin en 1934 como alternativa a la creación del
Estado de Israel. Lo que entonces fue una república judía dentro de la Unión
Soviética pudiera servir en el futuro para acoger a los refugiados, los
cuales serían realmente bienvenidos ya que la demografía rusa está en pleno
declive.

Volviendo sobre los pasos de sus
ancestros, el presidente ruso Medvedev viajó a Birobidyán para reactivar las
tradiciones del oblast autónomo judío.
Pero son en definitiva las
vacilaciones [rusas] en cuanto al programa nuclear iraní lo que más sorprende.
Cierto es que los comerciantes iraníes han cuestionado constantemente las
facturas presentadas por la construcción de la central de Busher.
No es menos cierto que los persas
se han vuelto susceptibles a fuerza de tener que sufrir la injerencia
anglosajona. Pero el Kremlin también ha estado enviando constantemente
señales contradictorias. El presidente Medvedev conversa con los occidentales
y les garantiza el apoyo de Rusia en el voto de las sanciones en el Consejo
de Seguridad de la ONU. Mientras tanto, Putin asegura a los iraníes que Rusia
no los dejará indefensos si aceptan el juego de la transparencia.
En el terreno, los responsables se
preguntan si los dos dirigentes se han repartido los papeles en función de
los interlocutores como medio de buscar más ventajas, o si la existencia de
un conflicto en la cúpula del poder tiene paralizada a Rusia. Y es en
realidad esto último lo que sucede: el dúo Medvedev-Putin ha venido
deteriorándose y la relación entre los dos se ha convertido bruscamente en
una guerra fratricida.
La diplomacia rusa ha dejado
entrever a los Estados no alineados que una cuarta resolución del Consejo de
Seguridad de la ONU condenando a Irán sería preferible a la adopción de
sanciones unilaterales por parte de Estados Unidos y la Unión Europea. Lo
cual es falso ya que Washington y Bruselas utilizarán automáticamente la
resolución de la ONU para justificar sus propias sanciones unilaterales
suplementarias.
El presidente Medvedev declaró el
14 de mayo, en su conferencia de prensa conjunta con su homólogo brasileño,
que había establecido una posición común con el presidente Obama durante una
conversación telefónica: si Irán aceptaba la proposición que se le hizo [en
noviembre de 2009] para enriquecer su uranio en el extranjero, ya no habría
razón para prever la adopción de sanciones en el Consejo de Seguridad. Pero
cuando Irán firmó inesperadamente el Protocolo de Teherán con Brasil y
Turquía, Washington dio marcha atrás y Moscú se apresuró imitarlo, violando
así la palabra empeñada.

El 14 de mayo de 2010, el
presidente ruso Medvedev expresa públicamente su apoyo a la iniciativa de su
homólogo brasileño Lula da Silva para resolver la crisis iraní. Pocos días
más tarde, el propio Medvedev se alineará con Estados Unidos y ordenará a su
embajador en la ONU votar a favor de la resolución 1929, violando así su
anterior promesa.
Cierto es que el representante
permanente de Rusia en el Consejo de Seguridad, Vitaly Churkin, eliminó un
elemento substancial en el contenido de la resolución 1929 al excluir un
embargo energético total… pero votó a favor. A falta de ser eficaz, la
resolución constituye un ultraje, tanto para Irán como para Brasil y Turquía
y para todos los Estados no alineados que apoyan la posición de Teherán.
Dicha resolución viola por demás los términos del Tratado de No Proliferación
ya que este garantiza a todos sus firmantes el derecho a enriquecer uranio,
mientras que la resolución 1929 del Consejo de Seguridad de la ONU prohíbe
que Irán lo haga. Rusia parecía ser, hasta ahora, el guardián del derecho
internacional. Ya no es así. Los no alineados en general, e Irán en particular, han
interpretado el voto ruso como la voluntad de una gran potencia de impedir
que las potencias emergentes alcancen la independencia energética que
necesitan para desarrollarse en el plano económico. Y será muy difícil que
olviden ese mal paso.
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