«Guerra y Mentira»
El control
político y militar de nuestras sociedades
Por
Giulietto Chiesa*
Nuestra sociedad planetaria vive un cambio
histórico sin precedentes. El control del sistema informativo masivo mundial por
una elite muy poderosa. La mentira y la guerra son sus principales artimañas
para llevarnos adonde no queremos ir. El control del pensamiento y de la
opinión mediante la información mediática es su estrategia. El experimentado
periodista italiano Giulietto Chiesa y actual eurodiputado nos explica como
funciona esta maquinaria.

El vicepresidente de los EEUU, Dick Cheney en una
ceremonia militar de alistamiento de tropas en el Fuerte Stewart, 21 de Julio
2006. George W. Bush y Dick Cheney han declarado que la guerra contra el
terrorismo durará generaciones. ¿Cómo lo saben? ¿Qué nos preparan?
Foto Casa Blanca por David
Bohrer.
El siguiente texto fue concebido durante una
conferencia que fue realizada en el Círculo de Ágora de Pisa, el 21 de marzo
2002; ha sido corregido y actualizado por el autor en agosto 2003. Publicación
inédita en castellano.
1.
Comunicación y democracia
Son pocas las personas capaces de esbozar un cuadro
de la situación actual del planeta. Pero eso no quiere decir que no haya nadie
que vea dicha situación. Aquellos que disponen de información tienen más
oportunidades de ver el presente, y también una parte nada desdeñable del
futuro.
De todos modos, es cierto que la gran mayoría de la
población, incluyendo a quienes toman decisiones y tienen cierto poder, no
dispone de dichas informaciones. ¿Por qué? Porque vivimos en un sistema de
comunicación, y no sólo de información, que no da noticia del mundo en que
vivimos, que incluso nos proporciona una imagen completamente falseada y nos
impide ver qué ocurre.
Pongamos un ejemplo. En Italia hemos conocido todos
los detalles del crimen de Cogne [1], el de aquella madre que posiblemente
mató a su hijo. Fue el tema principal de la prensa escrita, de los telediarios,
de los programas de cotilleo [en Italia] y de debates televisados. En fin, ha
sido el acontecimiento más comentado, analizado y discutido por los medios de
información durante los primeros meses del año 2002, y como resultado, también
por el público.
¿Qué hay en juego en este tema? ¿Tiene alguna
influencia sobre la «conciencia» colectiva? Sin duda alguna ejerce una fuerte
influencia en numerosos aspectos. Pero lo que está en juego salta a la vista
inmediatamente: al ocupar las primeras páginas de la prensa durante todo un
mes, la madre de Cogne (en esto, inocente) ha eclipsado el resto del planeta.
El mundo entero ha desaparecido bajo ese sudario, incluidos los bombardeos estratégicos
estadounidenses que ametrallaban por entonces los valles de Afganistán.
Casos de ese tipo, incluso más sorprendentes
todavía, son innumerables. Pongamos otro ejemplo para ilustrar el hecho de que
todo el sistema de comunicación e información por completo está construido y
funciona para burlarse de todos nosotros y llevarnos adonde «ellos» quieren.
A mediados de noviembre, cuando los tadjik llegaron
a Kabul y la «conquistaron», la prensa escrita y los telediarios italianos más
importantes (y también los menos importantes),
Ahora, ya lo sabemos, esas noticias eran falsas;
pero con eso no queda todo dicho. Tampoco basta con decir que los que las
escribían, las enunciaban y las publicaban tendrían que haber sabido que se trataba
de noticias falsas. Yo también soy periodista y me ha ocurrido haber dado una
información errónea, llegar demasiado tarde a un hecho, proporcionar una
interpretación falsa, pero eso ocurre una vez y le ocurre a una sola persona.
¿Es posible que el conjunto de los periódicos y los
medios de comunicación de masas nos hayan dado por casualidad, por negligencia,
por incomprensión, durante semanas enteras, dos noticias completamente falsas?
No puede haber sido un error.
Los directores de todos los periódicos y los
telediarios han movilizado a sus mejores editorialistas para que nos cuenten
esas dos patrañas durante semanas enteras. No es una casualidad. Es tan sólo la
demostración más notoria de que el sistema de comunicación en su conjunto no
funciona sobre la base de la verdad y de la información correcta, sino con el
objetivo de difundir noticias que proporcionan una cierta interpretación de la
realidad o de disimular ciertas partes de la realidad en beneficio de otras que
hacen mejor servicio a los mecanismos de la dominación y que son más cómodas de
contar.
Se podría argüir que siempre ha sido así. Pues
bien, yo digo que no ha sido siempre así. Lo que ocurre hoy día en este terreno
es muy, muy diferente de lo que ocurría en el pasado. Actualmente vivimos una
nueva época histórica, nos encontramos en un viraje decisivo de la historia.
Eso no ocurre a menudo. A menudo sucede que durante largos periodos de tiempo
no hay grandes cambios estructurales. En primer lugar, es esencial entender
esto. Y entender, en segundo lugar, que la comunicación y la información
constituyen los instrumentos decisivos de esta mutación estructural histórica,
constituyen los cimientos, la base.
Sin esta base, este cambio no hubiera tenido, y no
tendría, tanta importancia histórica. Es importante entender todo esto, porque
o bien somos capaces de hacerlo (y entonces podríamos defendernos), o bien no
somos capaces, y entonces estaríamos vencidos.
Por otra parte, como dichos procesos se desarrollan
tan rápidamente, hay que comprender rápido, por así decirlo. El tema de la
comunicación, y el de la democracia en la comunicación, se ha vuelto esencial
para cualquier lucha que intente defender la democracia de nuestro país.
O somos capaces de tratarlo, o perderemos la
democracia.
Una comunicación indecente (es decir, desprovista
de valor intelectual, de decencia, de cultura) y manipulada (es decir,
engañosa, bajo las múltiples formas que pueden inducir al error a aquellos que
la reciben) priva a la población de medios intelectuales para defenderse. Un
país no se puede considerar una democracia si una gran mayoría de su población
está sometida a una comunicación manipulada y a una información
fundamentalmente falsa.
El cuadro que tenemos ante nuestros ojos nos
muestra que están a punto de robarnos la democracia, aunque no nos impidan ir a
votar. Mejor; así seguiremos yendo a votar sin darnos cuenta (u olvidando) que
el ejercicio de la democracia es algo muy distinto del ejercicio del voto. Este
último no es más que una parte necesaria, pero no suficiente, para que se pueda
calificar a una sociedad de «democrática».
Pero es evidente que el ejercicio del voto pierde
todo su sentido y se convierte en un procedimiento puramente formal si los
votantes ya no están cualificados para elegir, para ver la diferencia entre las
variantes, entre los programas, entre las opciones. Y la información es lo que
nos permite saber qué nos conviene elegir.

El eurodiputado y periodista
Giulietto Chiesa en una conferencia de prensa sobre su libro «Guerra y Mentira»
y como invitado del Club Suizo de Prensa. Ginebra, 17 de febrero de 2005.
Foto Humberto Salgado / para la agencia peruana IPI.
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FUENTE: voltairenet.
Org
2. El 11 de
septiembre y el fin de la soberanía nacional
Respecto al 11 de septiembre, resumiré la situación
del la siguiente forma: nunca conoceremos la verdad sobre el 11 de septiembre.
No la conoceremos a lo largo de los próximos cien años, como dice Noam Chomsky.
Pero de lo que podemos estar seguros por ahora, sin
el menor riesgo de error, es que la versión que nos han proporcionado es falsa.
Incluso lo podemos demostrar. He reunido toda la información posible, y no ha
sido fácil. No por que hubiera poca, al contrario, había mucha. Pero se
encontraba enmarañada con un montón de estupideces e incoherencias tan
numerosas como manifiestas. Tenía que desenmarañar el enredo de contradicciones
antes de establecer unas circunstancias más bien simples.
Así fue cómo llegué a la conclusión de que el 11 de
septiembre tiene causas y orígenes muy, muy diferentes a las que conocemos, las
que conocéis, y que el Enemigo, el Satanás del que todos debemos protegernos no
es Osama Bin Laden.
Para ser más exactos, no es sólo Osama Bin Laden.
Este último probablemente haya participado en la
operación, o bien estaba informado de algún modo, directa o indirectamente. En
todo caso, no lo hizo solo, no desde la gruta afgana donde se encontraba
confinado, no como protagonista, sino, eventualmente, como personaje
secundario. Todo lo que se ha podido reunir para encontrar una explicación
indica que el enemigo no es el Islam, sino algo más complejo, tan complejo que
es difícilmente explicable a los millones de individuos que están obligados a
sufrir las consecuencias y que no lo podrán comprender jamás [2].
Un fenómeno típico en las operaciones de terrorismo
de estado es su carácter complejo y la multiplicidad de los personajes que
actúan unos a espaldas de otros pero como concertados, unidos por mil hilos y
al mismo tiempo condicionados por unas estrategias que sólo unas cuantas
personas en la cumbre conocen integralmente. Mientras que, por debajo de ellos,
los subalternos empleados en distintos niveles tienen una idea parcial, y en el
nivel más bajo, los ejecutantes lo ignoran todo respecto a los propósitos de
quienes los dominan y dirigen, pero han sido convencidos de antemano de actuar
por el interés exclusivo de la causa a la que sirven.
Explicar, desvelar todos los pasajes, toda la
pirámide, es imposible en pocas palabras. Pero es la emoción lo que vuelve más
difícil todavía hacer un análisis imparcial. Emoción alimentada por explotar y
magnificar el dolor y el miedo reales. Emoción nutrida por la agresividad que
se desencadena contra todos aquellos que intentan discernir lo verdadero de lo
falso y a quienes acusan de blasfemos por no doblegarse a la versión oficial:
la más “evidente”, la más “lógica”, la más “simple”, pero no por eso la más
verdadera.
Nos han anunciado el comienzo de una guerra que se
prolongaría durante toda una generación. Lo ha dicho Dick Cheney, lo ha dicho
Donald Rumsfeld, lo ha declarado George Bush. Y cuando los escuché pronunciar
esas frases, sentí un estremecimiento de inquietud:
¡Pero qué diablos! ¿Han perdido la cabeza? Nos
están diciendo que moriremos todos en tiempo de guerra o moriremos todos en
estado de guerra. Pero, ¿dónde están mirando estos señores? ¿En una bola de
cristal? ¿Puede creerse alguien que para vencer a Osama Bin Laden haga falta
una guerra que dure toda una generación? ¿Habéis oído alguna vez a un mando
militar llamar a su pueblo a las armas anunciando previamente que no podrá
poner fin a la guerra durante los treinta años siguientes?
Al inicio, esta guerra fue llamada “Justicia
Infinita”. Daos cuenta de que los atributos infinitos sólo pertenecen a Dios.
Así que nos enfrentamos a discursos religiosos, no políticos. Por lo que
parece, estos señores piensan (o nos quieren hacer creer que piensan) que están
investidos de una misión moral, de un magisterio religioso.
Aquello no fue un error, fue un lapsus. No sé cuál
de las dos cosas es peor: ese lapsus o el anuncio en paralelo, repetido
obsesivamente, de que la guerra iba a durar “toda una generación”. ¿Y para qué?
¿Contra quién? ¿Para qué se están preparando? ¿Por qué quieren aterrorizarnos?
Como pienso que no están locos, ni borrachos, no puedo pensar otra cosa sino
que están hablando en serio.
Los hechos lo confirman. Veo al presidente de los
Estados Unidos (a quien a partir de ahora llamaré «Emperador sustituto»), quien
a mediados de noviembre de 2001 emite un decreto anunciando: que el presidente
de los Estados Unidos de América, basándose en informaciones transmitidas por
sus servicios secretos, instituye tribunales militares secretos; que éstos
podrán juzgar (sin obligación de presentar pruebas al acusado, y menos aún al
público) a ciudadanos extranjeros capturados en cualquier lugar, incluso fuera
de los Estados Unidos, que serán juzgados en cualquier lugar, incluso fuera de
los Estados Unidos, sin tener derecho a elegir un abogado defensor; en fin, que
podrán ser condenados sin apelación a la pena de muerte por el voto de dos
jueces militares estadounidenses de los tres que constituyen dicho tribunal
especial.
Yo leo los periódicos estadounidenses y
reflexiono [3]. ¿Qué se le pasa al Emperador por la cabeza cuando promulga
un decreto de ese tipo que significa, pura y simplemente, el fin de toda
legalidad internacional salvo la del Emperador? Significa que se acabó nuestra
soberanía, la soberanía de Italia, de Francia, de Alemania, de Pakistán, de
Irak, de quien sea. En otras palabras: hemos perdido nuestra soberanía
3. El
enemigo chino
Si a alguien la cabe la duda de que allí, en
Washington, estén de broma, que no se haga ilusiones. Intentaré ahora mostraros
el cuadro que se me presenta en toda su evidencia mientras trabajaba en la
redacción del libro
A finales del año 2002, el Pentágono difundió un
documento que llevaba una firma muy importante, la de Donald Rumsfeld [5].
En 2002, Donald Rumsfeld no era todavía ministro de defensa, pero es importante
no perder de vista el hecho de que desde finales de 2002 el Pentágono calculaba
que en 2017 el enemigo principal de Estados Unidos sería China. Se puede
preguntar, ¿por qué en 2017 precisamente?
Respuesta: porque es el resultado de los cálculos y
las extrapolaciones efectuados por los centros de investigación militar. Basta
con introducir en el ordenador, como seguramente lo habrán hecho los analistas
del Pentágono, los datos de tendencias demográficas, económicas, tecnológicas y
militares de China para constatar que si el crecimiento de China prosigue al ritmo
actual de 7-8% de su producto interior bruto como media anual (como lleva
haciendo durante unas dos décadas), hacia 2017 mil trescientos millones de
individuos comenzarán a consumir “demasiado”. Es decir, que comenzarán a comer
tanto pan como nosotros, a beber tanta agua como nosotros, a poseer tantos
coches como nosotros y a consumir tanta gasolina como nosotros.
Y nosotros, los ricos (incluso si nosotros no somos
todos ricos y simplemente nos hemos aprovechado de las migajas que han caído de
la mesa de los ricos), que no somos más que mil millones de individuos, ya
hemos dañado gravemente la naturaleza que nos rodea por el tipo de consumición
que vamos arrastrando. Imaginémonos un poco lo que ocurrirá cuando mil
trescientos millones de personas adicionales hagan su aparición en la economía
de mercado para consumir con las mismas pretensiones de derroche que nosotros.
Es evidente que no habrá sitio para ellos y para nosotros, a no ser que
destruyamos el fundamento mismo de la vida sobre el planeta.
Además, ya en el día de hoy, un solo país puede
tomar decisiones sin pedirle permiso a los Estados Unidos y a su presidente;
ese país se llama República Popular de China. Para evitar malentendidos, hago
la precisión de que no estoy emitiendo ningún juicio de valor sobre el régimen
político y social que dirige China en este momento. Me limito a constatar los
efectos actuales y potenciales de su desarrollo. Y si las cosas se encuentran
así, no se puede eludir una pregunta: ¿quién decidirá lo que tiene derecho a
consumir China? ¿Y les autorizarán a consumir tanto como nosotros?
4. La guerra
de los ricos
Hay una enorme tensión social en el mundo, que ha
crecido más allá de todo límite precedente, entre ricos y pobres. El número de
ricos se restringe, mientras se vuelven más y más ricos, y el número de pobres
aumenta, mientras se vuelven más y más pobres. Esto representa el primer
elástico, un elástico terrible que durante los últimos veinte años se ha
tendido más allá de lo soportable.
La diferencia entre la quinta parte de la población
más rica y la de la población más pobre se ha multiplicado por cuatro puntos y
medio durante los últimos veinte años. Una quinta parte sería el 20% de la
población más rica y la otra quinta parte, el 20 % más pobre. Cuatro puntos y
medio por año. Es decir, que la globalización estadounidense (la llamo así
porque han sido los Estados Unidos quienes han determinado esta fase de una
manera absolutamente predominante) ha producido una acumulación monstruosa de
riqueza a manos de una cantidad ínfima de personas.
De todos modos, esto sólo representa una parte del
problema. Hay una segunda parte mucho más importante. Es el hecho de que hemos
llegado hoy día a los límites del desarrollo. Eso tampoco había ocurrido nunca
antes. Hemos conocido un siglo y medio de desarrollo (capitalista y no
capitalista) que ha tenido un fuerte crecimiento en el norte del planeta y un
crecimiento débil o inexistente en el sur.
Sabemos el modo en que se ha desarrollado la
humanidad y lo observamos de forma distraída. Pero es nuestra vida cotidiana la
que nos tendría que hacer reaccionar. En efecto, en la historia de la humanidad
nunca había ocurrido que los hombres modificaran su entorno. Nosotros hemos
llegado justo a ese estado. Aquí no podemos analizar todas las causas. Una vez
más, me limito a constatar hechos. El límite, el techo de este desarrollo
nuestro, a penas está por encima de nuestras cabezas; si nos ponemos de
puntillas, rozamos el techo.
En todo el Occidente ya estamos obligados a cerrar
nuestras ciudades porque no podemos respirar. Y ahora mismo, mientras hablamos,
hay mil millones de hombres que no tienen agua para beber. Los cálculos indican
que dentro de diez años habrá dos mil quinientos millones de hombres que no
tendrán agua para beber. La alimentación de tres de los seis mil millones de
habitantes del planeta ya es un problema.
Hoy día. ¿Qué ocurrirá entonces cuando los mil
trescientos millones de consumidores a los que aludíamos antes entren en
escena? A esas personas que querrán consumir tanto como nosotros, ¿cómo se lo
podremos negar? ¿Y a los otros tres mil millones de personas que viven con un
dólar al día? ¿Y a los millones de niños que mueren de hambre? ¿Cómo les
explicaremos que no tienen derecho?
¿Y qué presidente de los Estados Unidos se
levantará un buen día y explicará a los doscientos cincuenta millones de
estadounidenses:
«Queridos ciudadanos, no podemos seguir
así. Tenemos que cambiar este sistema de vida, debemos concertar con el resto
del monde algún medio para sobrevivir, tenemos que determinar con ellos
nuestros niveles de consumición, nuestra calidad de vida»?
Eso supone sentarse todos juntos a la mesa (los
representantes de Occidente, de Europa, de América, de China, de
Es una de las posibilidades. Desgraciadamente, no
es la más probable.
¿Cuál es la alternativa?
La guerra. Por eso vamos a la guerra.
Vamos a la guerra porque el grupo que dirige los
Estados Unidos y todos los grupos dirigentes occidentales son incapaces de
decir la verdad sobre la situación actual del mundo. Estos hombres no tienen ni
las herramientas culturales, ni la intención de hacerlo. Quizá sea una tarea
demasiado grande, demasiado difícil, incluso peligrosa, ya que si un presidente
de los Estados Unidos se alzara para decir cosas de este tipo, es probable que
lo mataran al día siguiente.
Existen poderes igualmente fuertes que obtusos,
cuyo único interés es seguir así, como siempre lo han hecho, con la cabeza
gacha, en busca de su propio provecho.
Pero hay que reconocer que en este asunto tampoco
existe una alternativa cultural de peso.
El aspecto esencial es que no se trata sólo de una
lucha entre los ricos y los pobres del mundo. Nos enfrentamos a una lucha
completamente inédita que no puede contrastarse más con las viejas teorías del
imperialismo, sino en términos más bien de supervivencia pura y simple del ser
humano.
Habréis entendido que nos encontramos justo en la
meollo de un viraje decisivo en la historia. Y sólo la complejidad de este
terrible viraje puede explicar que el presidente de los Estados Unidos nos haya
anunciado que entramos en una guerra muy larga, tan larga que durará una
generación entera, incluso más. Es la guerra de los ricos contra los demás.
Quieren llevarnos a esta guerra porque creen que saldrán victoriosos; no han
sabido entender que ni siquiera los ricos resultarán vencedores. Una guerra sin
vencedores.
Y yo os pregunto y me pregunto: ¿qué podemos hacer
nosotros para no entrar en esta guerra? Personalmente no le veo sentido a ir a
hacerse quemar, y menos aún, ir a hacerse quemar sin razón alguna. Porque
precisamente no estoy convencido en absoluto de que esta guerra (una guerra que
implica la matanza de cientos de millones de hombres) sea de ninguna utilidad
para el destino de la raza humana. Y no nos ayudará tampoco a salvaguardar los
valores occidentales de los que, puestos por escrito, estamos tan orgullosos