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La Guerra inevitable de la OTAN Reflexiones de Fidel Castro Publicado el 3 Marzo 2011
Sus problemas son de otro carácter. La población no
carecía de alimentos y servicios sociales indispensables. El país requería
abundante fuerza de trabajo extranjera para llevar a cabo ambiciosos planes
de producción y desarrollo social. Por ello suministraba empleo a cientos de miles de
trabajadores egipcios, tunecinos, chinos y de otras nacionalidades. Disponía
de enormes ingresos y reservas en divisas convertibles depositadas en los
bancos de los países ricos, con las cuales adquirían bienes de consumo e
incluso, armas sofisticadas que precisamente le suministraban los mismos
países que hoy quieren invadirla en nombre de los derechos humanos. La colosal campaña de mentiras, desatada por los medios
masivos de información, dio lugar a una gran confusión en la opinión pública
mundial. Pasará tiempo antes de que pueda reconstruirse lo que realmente ha
ocurrido en Libia, y separar los hechos reales de los falsos que se han
divulgado. Emisoras serias y prestigiosas, como Telesur, se veían obligadas a enviar
reporteros y camarógrafos a las actividades de un grupo y a las del lado
opuesto, para informar lo que realmente ocurría. Las comunicaciones estaban bloqueadas, los funcionarios
diplomáticos honestos se jugaban la vida recorriendo barrios y observando
actividades, de día o de noche, para informar lo que estaba ocurriendo. El
imperio y sus principales aliados emplearon los medios más sofisticados para
divulgar informaciones deformadas sobre los acontecimientos, entre las cuales
había que inferir los rasgos de la verdad. Sin duda alguna, los rostros de los jóvenes que
protestaban en Bengasi, hombres, y mujeres con velo o sin velo, expresaban
indignación real. Se puede apreciar la
influencia que todavía ejerce el componente tribal en ese país árabe, a
pesar de la fe musulmana que comparte sinceramente el 95% de su población. El imperialismo y la OTAN ─seriamente
preocupados por la ola revolucionaria desatada en el mundo árabe, donde se
genera gran parte del petróleo que sostiene la economía de consumo de los
países desarrollados y ricos─ no podían dejar de aprovechar
el conflicto interno surgido en Libia para promover la intervención militar.
Las declaraciones formuladas por la administración de Estados Unidos desde el
primer instante fueron categóricas en ese sentido. Las circunstancias no podían ser más propicias. En las
elecciones de noviembre la derecha republicana propinó un golpe contundente
al Presidente Obama, experto en retórica. El grupo fascista de “misión cumplida”, apoyado ahora ideológicamente por los extremistas
del Tea Party, redujo las posibilidades del actual
Presidente a un papel meramente
decorativo, en el que peligraba incluso su programa de salud y la dudosa
recuperación de la economía, a causa del déficit presupuestario y el incontrolable
crecimiento de la deuda pública, que batían ya todos los records históricos. Pese al diluvio de mentiras y la confusión creada, Estados Unidos no pudo arrastrar a China
y la Federación Rusa a la aprobación por el Consejo de Seguridad de una
intervención militar en Libia, aunque logró en cambio obtener, en el
Consejo de Derechos Humanos, la aprobación de los objetivos que buscaba en
ese momento. Con relación a una intervención militar, la Secretaria
de Estado declaró con palabras que no admiten la menor duda: “ninguna
opción está descartada”. El hecho real es que Libia está ya envuelta en una
guerra civil, como habíamos previsto, y nada pudo hacer Naciones Unidas para evitarlo,
excepto que su propio Secretario General regara una buena dosis de
combustible en el fuego. El problema que tal vez no imaginaban los actores es que
los propios líderes de la rebelión
irrumpieran en el complicado tema declarando que rechazaban toda intervención
militar extranjera. Diversas agencias de noticias informaron que Abdelhafiz
Ghoga, portavoz del Comité de la Revolución declaró el lunes 28 que “‘El resto de Libia será liberado
por el pueblo libio’”. “Contamos con el ejército para liberar Trípoli’
aseguró Ghoga durante el anuncio de la formación de un ‘Consejo Nacional’
para representar a las ciudades del país en manos de la insurrección.” “‘Lo
que queremos es informaciones de inteligencia, pero en ningún caso que se
afecte nuestra soberanía aérea, terrestre o marítima’, agregó, durante un
encuentro con periodistas en esta ciudad situada 1.000 km al este de
Trípoli.” “La intransigencia de los
responsables de la oposición sobre la soberanía nacional reflejaba la opinión
manifestada en forma espontánea por muchos ciudadanos libios a la prensa
internacional en Bengasi”, informó un despacho de la agencia AFP el pasado
lunes. Ese mismo día, una profesora de Ciencias Políticas de la
Universidad de Bengasi, Abeir Imneina, declaró: “Hay un sentimiento nacional muy
fuerte en Libia.” “‘Además, el ejemplo de Irak da miedo al conjunto del mundo
árabe’, subraya, en referencia a la invasión norteamericana de 2003 que debía
llevar la democracia a ese país y luego, por contagio, al conjunto de la
región, una hipótesis totalmente desmentida por los hechos.” Prosigue la profesora: “‘Sabemos lo que pasó en Irak,
es que se encuentra en plena inestabilidad, y verdaderamente no deseamos seguir
el mismo camino. No queremos que los norteamericanos vengan para tener que
terminar lamentando a Gadafi’, continuó esta experta.” “Pero según Abeir Imneina,
‘también existe el sentimiento de que es nuestra revolución, y que nos
corresponde a nosotros hacerla’.” A las pocas horas de publicarse este despacho, dos de
los principales órganos de prensa de Estados Unidos, The New York Times
y The Washington Post, se apresuraron en ofrecer nuevas versiones
sobre el tema, de lo cual informa la agencia DPA al día siguiente 1º de
marzo: “La oposición libia podría
solicitar que Occidente bombardee desde el aire posiciones estratégicas de
las fuerzas fieles al presidente Muamar al Gadafi, informa hoy la prensa
estadounidense.” “El tema está siendo discutido
dentro del Consejo Revolucionario libio, precisan ‘The New York Times’ y ‘The
Washington Post’ en sus versiones online.” “‘The New York Times’ acota que
estas discusiones ponen de manifiesto la creciente frustración de los líderes
rebeldes ante la posibilidad de que Gadafi retome el poder”. “En el caso de que las acciones
aéreas se realicen en el marco de las Naciones Unidas, éstas no implicarían
intervención internacional, explicó el portavoz del consejo, citado por ‘The
New York Times’.” “El consejo está conformado por
abogados, académicos, jueces y prominentes miembros de la sociedad Libia.” Afirma el despacho: “‘The Washington Post’ citó a
rebeldes reconociendo que, sin el apoyo de Occidente, los combates con las
fuerzas leales a Gadafi podrían durar mucho y costar gran cantidad de vidas
humanas.” Llama la atención que en esa relación no se mencione un
solo obrero, campesino, constructor, alguien relacionado con la producción
material o a un joven estudiante o combatiente de los que aparecen en las
manifestaciones. ¿Por qué el empeño en
presentar a los rebeldes como miembros prominentes de la sociedad reclamando
bombardeos de Estados Unidos y la OTAN para matar libios? Algún día se conocerá la verdad, a través de personas
como la profesora de Ciencias Políticas de la Universidad de Bengasi, que con
tanta elocuencia narra la terrible experiencia que mató, destruyó los
hogares, dejó sin empleo o hizo emigrar a millones de personas en Iraq. Hoy miércoles dos de marzo, la Agencia EFE presenta al
conocido vocero rebelde haciendo declaraciones que, a mi juicio, afirman y a
la vez contradicen las del lunes: “Bengasi (Libia), 2 de marzo. La
dirección rebelde libia pidió hoy al Consejo de Seguridad de la ONU que lance
un ataque aéreo ‘contra los mercenarios’ del régimen de Muamar el Gadafi.” “‘Nuestro Ejército no puede
lanzar ataques contra los mercenarios, por su papel defensivo’, afirmó el
portavoz rebelde Abdelhafiz Ghoga en una conferencia de prensa en Bengasi.” “‘Es diferente un ataque aéreo
estratégico que una intervención extranjera, que rechazamos’, recalcó el
portavoz de las fuerzas de oposición, que en todo momento se han mostrado en
contra de una intervención militar extranjera en el conflicto libio”. ¿A cuál de las muchas guerras imperialistas se parecería
esta? ¿La de España en 1936, la de Mussolini contra Etiopía en
1935, la de George W. Bush contra Iraq en el año 2003 o a cualquiera de las
decenas de guerras promovidas por Estados Unidos contra los pueblos de
América, desde la invasión de México en 1846, hasta la de Las Malvinas en
1982? Sin excluir, desde luego, la invasión mercenaria de
Girón, la guerra sucia y el bloqueo a nuestra Patria a lo largo de 50 años,
que se cumplirán el próximo 16 de abril. En todas esas guerras, como la de Vietnam que costó
millones de vidas, imperaron las justificaciones y las medidas más cínicas. Para los que alberguen alguna duda, sobre la inevitable intervención militar que se
producirá en Libia, la agencia de noticias AP, a la que considero bien
informada, encabezó un cable publicado hoy, en el que se afirma: “Los países de la Organización
del Tratado del Atlántico (OTAN) elaboran un plan de contingencia tomando
como modelo las zonas de exclusión de vuelos establecidas sobre los Balcanes
en la década de 1990, en caso de que la comunidad internacional decida
imponer un embargo aéreo sobre Libia, dijeron diplomáticos”. Más adelante concluye: “Los funcionarios, que no podían
dar sus nombres debido a lo delicado del asunto, indicaron que las opciones
que se observan tienen punto de partida en la zona de exclusión de vuelos que
impuso la alianza militar occidental sobre Bosnia en 1993 que contó con el
mandato del Consejo de Seguridad, y en los bombardeos de la OTAN por Kosovo
en 1999, QUE NO LO TUVO”. Prosigue mañana. La Guerra inevitable de la OTAN (Segunda parte) 4 Marzo 2011 Cuando Gaddafi, coronel del ejército libio, inspirado en
su colega egipcio Abdel Nasser, derrocó al Rey Idris I en 1969 con solo 27
años de edad, aplicó importantes medidas revolucionarias como la reforma
agraria y la nacionalización del petróleo. Los crecientes ingresos
fueron dedicados al desarrollo económico y social, particularmente a los
servicios educacionales y de salud de la reducida población libia, ubicada en
un inmenso territorio desértico con muy poca tierra cultivable. Bajo aquel desierto existía un extenso y profundo mar de
aguas fósiles. Tuve la impresión, cuando conocí un área experimental de
cultivos, que aquellas aguas, en un futuro, serían más valiosas que el
petróleo. La fe religiosa, predicada con el fervor que caracteriza
a los pueblos musulmanes, ayudaba en parte a compensar la fuerte tendencia tribal que todavía subsiste en ese
país árabe. Los revolucionarios libios elaboraron y aplicaron sus
propias ideas respecto a las instituciones legales y políticas, que Cuba,
como norma, respetó. Nos abstuvimos por completo de emitir opiniones sobre
las concepciones de la dirección libia. Vemos con claridad que la preocupación fundamental de
Estados Unidos y la OTAN no es Libia, sino la ola revolucionaria desatada en
el mundo árabe que desean impedir a cualquier precio. Es un hecho irrebatible que las relaciones entre Estados
Unidos y sus aliados de la OTAN con Libia en los últimos años eran
excelentes, antes de que surgiera la rebelión en Egipto y en Túnez. En los encuentros de alto nivel entre Libia y los
dirigentes de la OTAN ninguno de estos tenía problemas con Gaddafi. El país
era una fuente segura de abastecimiento de petróleo de alta calidad, gas e
incluso potasio. Los problemas surgidos entre ellos durante las primeras
décadas habían sido superados. Se abrieron a la inversión extranjera sectores
estratégicos como la producción y distribución del petróleo. La privatización alcanzó a muchas empresas públicas. El
Fondo Monetario Internacional ejerció su beatífico papel en la
instrumentación de dichas operaciones. Como es lógico, Aznar se deshizo en elogios a Gaddafi y
tras él Blair, Berlusconi, Sarkozy, Zapatero, y hasta mi amigo el Rey de
España, desfilaron ante la burlona mirada del líder libio. Estaban felices. Aunque pareciera que me burlo no es así; me pregunto simplemente por qué quieren
ahora invadir Libia y llevar a Gaddafi a la Corte Penal Internacional en La
Haya. Lo acusan durante las 24 horas del día de disparar
contra ciudadanos desarmados que protestaban. ¿Por qué no explican al mundo
que las armas y sobre todo los equipos sofisticados de represión que posee
Libia fueron suministrados por Estados Unidos, Gran Bretaña y otros ilustres
anfitriones de Gaddafi? Me opongo al cinismo y a las mentiras con que ahora se
quiere justificar la invasión y ocupación de Libia. La última vez que visité a Gaddafi fue en mayo de 2001,
15 años después de que Reagan atacó su residencia bastante modesta, donde me
llevó para ver cómo había quedado. Recibió un impacto directo de la aviación
y estaba considerablemente destruida; su pequeña hija de tres años murió en
el ataque: fue asesinada por Ronald Reagan. No hubo acuerdo previo de la
OTAN, el Consejo de Derechos Humanos, ni el Consejo de Seguridad. Mi visita anterior había tenido lugar en 1977, ocho años
después del inicio del proceso revolucionario en Libia. Visité Trípoli;
participé en el Congreso del Pueblo libio, en Sebha; recorrí los primeros
experimentos agrícolas con las aguas extraídas del inmenso mar de aguas
fósiles; conocí Bengasi, fui objeto de un cálido recibimiento. Se trataba de
un país legendario que había sido escenario de históricos combates en la
última guerra mundial. Aún no tenía seis millones de habitantes, ni se conocía
su enorme volumen de petróleo ligero y agua fósil. Ya las antiguas colonias
portuguesas de África se habían liberado. En Angola habíamos luchado durante 15 años contra las
bandas mercenarias organizadas por Estados Unidos sobre bases tribales, el
gobierno de Mobutu, y el bien equipado y entrenado ejército racista del
apartheid. Éste, siguiendo instrucciones de Estados Unidos, como hoy se
conoce, invadió Angola para impedir su independencia en 1975, llegando con
sus fuerzas motorizadas a las inmediaciones de Luanda. Varios instructores
cubanos murieron en aquella brutal invasión. Con toda urgencia se enviaron
recursos. Expulsados de ese país por las tropas internacionalistas
cubanas y angolanas hasta la frontera con Namibia ocupada por Sudáfrica,
durante 13 años los racistas recibieron la misión de liquidar el proceso
revolucionario en Angola. Con el apoyo de Estados Unidos e Israel desarrollaron el
arma nuclear. Poseían ya ese armamento cuando las tropas cubanas y angolanas
derrotaron en Cuito Cuanavale sus fuerzas terrestres y aéreas, y desafiando
el riesgo, empleando las tácticas y medios convencionales, avanzaron hacia la
frontera de Namibia, donde las tropas del apartheid pretendían resistir. Dos veces en su historia nuestras fuerzas han estado
bajo el riesgo de ser atacadas por ese tipo de armas: en octubre de 1962 y en
el Sur de Angola, pero en esa segunda ocasión, ni siquiera utilizando las que
poseía Sudáfrica habrían podido impedir la derrota que marcó el fin del
odioso sistema. Los hechos ocurrieron bajo el gobierno de Ronald Reagan en
Estados Unidos y Pieter Botha en Sudáfrica. De eso, y de los cientos de miles de vidas que costó la
aventura imperialista, no se habla. Lamento tener que recordar estos hechos cuando otro gran
riesgo se cierne sobre los pueblos árabes, porque no se resignan a seguir
siendo víctimas del saqueo y la opresión. La Revolución en el mundo árabe, que tanto temen Estados
Unidos y la OTAN, es la de los que carecen de todos los derechos frente a los
que ostentan todos los privilegios, llamada, por tanto, a ser más profunda
que la que en 1789 se desató en Europa con la toma de la Bastilla. Ni siquiera Luis XIV, cuando proclamó que el Estado era
él, poseía los privilegios del Rey Abdulá de Arabia Saudita, y mucho menos la
inmensa riqueza que yace bajo la superficie de ese casi desértico país, donde
las transnacionales yankis determinan la sustracción y, por tanto, el precio
del petróleo en el mundo. A partir de la crisis en Libia, la extracción en Arabia
Saudita se elevó en un millón de barriles diarios, a un costo mínimo y, en
consecuencia, por ese solo concepto los ingresos de ese país y quienes lo
controlan se elevan a mil millones de dólares diarios. Nadie imagine, sin embargo, que el pueblo saudita nada
en dinero. Son conmovedores los relatos de las condiciones de vida de muchos
trabajadores de la construcción y otros sectores, que se ven obligados a
trabajar 13 y 14 horas con salarios miserables. Asustados por la ola revolucionaria que sacude el
sistema de saqueo prevaleciente, después de lo ocurrido con los trabajadores
de Egipto y Túnez, pero también por los jóvenes sin empleo en Jordania, los
territorios ocupados de Palestina, Yemen, e incluso Bahrein y los Emiratos
Árabes con ingresos más elevados, la alta jerarquía saudita está bajo el
impacto de los acontecimientos. A diferencia de otros tiempos, hoy los pueblos árabes
reciben información casi instantánea de los sucesos, aunque
extraordinariamente manipulada. Lo peor para el estatus quo de los sectores
privilegiados es que los porfiados hechos están coincidiendo con un
considerable incremento de los precios de los alimentos y el impacto
demoledor de los cambios climáticos, mientras Estados Unidos, el mayor productor
de maíz del mundo, gasta el 40 por ciento de ese producto subsidiado y una
parte importante de la soya en producir biocombustible para alimentar los
automóviles. Seguramente Lester Brown, el ecologista norteamericano
mejor informado del mundo sobre productos agrícolas, nos pueda ofrecer una
idea de la actual situación alimentaria. El presidente bolivariano, Hugo Chávez, realiza un
valiente esfuerzo por buscar una solución sin la intervención de la OTAN en
Libia. Sus posibilidades de alcanzar el objetivo se incrementarían si lograra
la proeza de crear un amplio movimiento de opinión antes y no después que se
produzca la intervención, y los pueblos no vean repetirse en otros países la
atroz experiencia de Iraq.
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