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En 2006, cuando la mayoría de las personas en una situación semejante podrían
pensar en retirarse a una tranquila isla en el Pacífico, Bill Gates decidió
dedicar sus energías a su Fundación Bill y Melinda Gates, la mayor fundación
privada ‘transparente’ del mundo, como dice, con una dotación impresionante
de 34.600 millones de dólares, y la necesidad legal de gastar 1.500 millones
de dólares al año en proyectos benéficos en todo el mundo para mantener su
condición benéfica libre de impuestos. En 2006, un regalo de unos 30.000
millones de dólares en acciones de Berkshire Hathaway de su amigo y asociado
empresarial, el mega inversionista, Warren Buffett, colocó a la fundación de
Gates en la liga en la que gasta casi el monto total del presupuesto anual de
la Organización Mundial de la Salud de Naciones Unidas.
Así que cuando Bill Gates decide gastar, a través de la Fundación Gates, unos 30 millones de dólares de su bien ganado dinero en un
proyecto, vale la pena considerarlo.
Ninguna empresa es más interesante en la actualidad que un curioso proyecto
en uno de los sitios más remotos del mundo, Svalbard. Bill Gates invierte
millones en un banco de semillas en el Mar de Barents cerca del Océano
Ártico, a unos 1.100 kilómetros del Polo
Norte. Svalbard es un árido trozo de roca reivindicado por Noruega y cedido
en 1925 por un tratado internacional.
En esa isla dejada de la mano de Dios, Bill Gates invierte decenas de sus
millones junto con la Fundación Rockefeller,
Monsanto Corporation, Syngenta Foundation y el gobierno de Noruega, entre
otros, en lo que llaman ‘el banco semillero del día del juicio final.’
Oficialmente, el proyecto se llama la Cámara Semillera Global Svalbard en la isla noruega de Spitsbergen, parte del grupo
de islas Svalbard.
La cámara de semillas del día
del juicio final
El banco de semillas es construido dentro de una montaña en la isla
Spitsbergen cerca de la pequeña aldea Longyearbyen. Está casi listo para
entrar en acción, según sus comunicados de prensa. El banco tendrá puertas
dobles a prueba de explosiones con sensores de movimiento, dos esclusas de
aire, y paredes de hormigón reforzado con acero, de un metro de grosor.
Contendrá hasta tres millones de variedades diferentes de semillas de todo el
mundo, ‘para que la diversidad de cultivos pueda ser conservada para el
futuro,’ según el gobierno noruego. Las semillas serán especialmente
envueltas para excluir la humedad. No habrá personal a tiempo completo, la
relativa inaccesibilidad de la bóveda facilitará el control de toda actividad
humana posible.
¿Pasamos algo por alto? Su comunicado de prensa declaró: ‘para que la
diversidad de cultivos pueda ser conservada para el futuro’. ¿Qué futuro
prevén los patrocinadores del banco de semillas, que amenazaría la
disponibilidad global de las actuales semillas, casi todas las cuales ya
están bien protegidas por bancos de semillas en todo el mundo?
Toda vez que Bill Gates, la Fundación
Rockefeller, Monsanto y Syngenta se
juntan en un proyecto común, vale la pena escarbar un poco más profundo, más
allá de las rocas en Spitsbergen. Y encontramos algunas cosas fascinantes.
El primer punto notable es quien auspicia la bóveda de semillas del día del
juicio final. A los noruegos se suman, como hemos señalado, la Fundación Bill & Melinda Gates, el gigante estadounidense del agro negocio
DuPont/Pioneer Hi-Bred, uno de los mayores dueños del mundo de semillas de
plantas patentadas genéticamente modificadas (OGM) y agroquímicos relacionados;
Syngenta, la importante compañía de semillas y agroquímicos basada en Suiza,
a través de su Fundación Syngenta; la Fundación
Rockefeller, el grupo privado que creó
la “revolución genética” con más de 100 millones de dólares de capital
semilla desde los años setenta; CGIAR, la red global creada por la Fundación
Rockefeller para promover su ideal de
pureza genética mediante el cambio agrícola.
CGIAR y ‘El Proyecto’
Como lo detallé en el libro “ Seeds of Destruction” [Semillas de destrucción]
(1), en 1960, la Fundación Rockefeller, el
Consejo de Desarrollo de la Agricultura de John D.
Rockefeller III y la Fundación Ford unieron
fuerzas para crear el Instituto Internacional de Investigación del Arroz
(IRRI) en Los Baños, en las Filipinas. En 1971, el IRRI de la Fundación
Rockefeller, junto con su Centro
Internacional de Mejora del Maíz y del Trigo basado en México, y otros dos
centros internacionales de investigación creados por Rockefeller y la Fundación Ford, la IITA para la agricultura tropical, en Nigeria, y el IRRI para el arroz,
en las Filipinas, se combinaron para formar un Grupo Consultivo global sobre la
Investigación Internacional de la Agricultura (CGIAR).
CGIAR fue formado en una serie de conferencias privadas realizadas en el
centro de conferencias de la Fundación
Rockefeller en Bellagio, Italia. Los
principales participantes en las conversaciones de Bellagio fueron George
Harrar de la Fundación Rockefeller,
Forrest Hill de la Fundación Ford, Robert
McNamara del Banco Mundial y Maurice Strong, el organizador medioambiental
internacional de la familia Rockefeller quien, como fideicomisario de la Fundación
Rockefeller, organizó la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano en Estocolmo
en 1972. Formó parte del enfoque durante decenios de la fundación por
convertir a la ciencia al servicio de la eugenesia, una versión execrable de
la pureza racial, que ha sido llamada ‘El Proyecto.’
Para asegurar el máximo impacto, el CGIAR incorporó a la Organización de las Naciones Unidas para la agricultura y la alimentación (FAO),
el Programa de Desarrollo de la ONU y el Banco Mundial. Por
lo tanto, a través de un apalancamiento cuidadosamente planificado de sus
fondos iniciales, la Fundación Rockefeller
estuvo en condiciones a comienzos de los años setenta de conformar la
política agrícola global. Y así lo hizo.
Financiado por generosas becas de estudio de Rockefeller y de la Fundación Ford, CGIAR aseguró que destacados científicos agrícolas y agrónomos del
Tercer Mundo fueran llevados a EE.UU. para ‘dominar’ los conceptos de la
producción del agro negocio moderno, a fin de llevarlos de vuelta a sus
patrias. Al hacerlo crearon una invaluable red de influencia para la
promoción del agro negocio de EE.UU. en esos países, especialmente la promoción
de la “Revolución genética” OGM en los países en desarrollo, todo en nombre
de la ciencia y de la agricultura eficiente de libre mercado.
¿Ingeniería genética de una raza superior?
Ahora el Banco de Semillas Svalbard se pone interesante. Pero se pone mejor.
‘El Proyecto’ al que me refería es el proyecto de la Fundación
Rockefeller y de poderosos intereses
financieros desde los años veinte para el uso de la eugenesia, rebautizada
posteriormente como genética, para justificar la creación de una Raza
Superior genéticamente modificada. Hitler y los nazis la llamaron la Raza Superior Aria.
La eugenesia de Hitler fue financiada considerablemente por la misma
Fundación Rockefeller que actualmente construye una cámara acorazada de
semillas del día del juicio final para preservar muestras de cada semilla de
nuestro planeta. Ahora la cosa se vuelve verdaderamente fascinante. La misma
Fundación Rockefeller creó la disciplina pseudo-científica de la biología
molecular en su inexorable búsqueda de la reducción de la vida humana a
“secuencias de genes definidoras” que esperaban, podrían luego ser
modificadas para cambiar a voluntad las características humanas. Los
científicos eugenistas de Hitler, muchos de los cuales fueron silenciosamente
llevados a EE.UU. después de la Guerra para continuar su
investigación eugénica, crearon gran parte del trabajo en la que se basó la
ingeniería genética de varias formas de vida, en gran parte apoyada
abiertamente hasta bien avanzado el Tercer Reich por generosos subsidios de la Fundación
Rockefeller. (2)
La misma Fundación Rockefeller creó la así llamada Revolución Verde, después
de un viaje a México en 1946 de Nelson Rockefeller y del antiguo Secretario
de Agricultura del Nuevo Trato y fundador de la Pioneer Hi-Bred Seed Company, Henry Wallace.
La Revolución Verde pretendía solucionar considerablemente el problema del
hambre en el mundo en México, India y en otros países seleccionados en los
que trabajaba Rockefeller. El agrónomo de la Fundación
Rockefeller, Norman Borlaug, obtuvo un
Premio Nobel de la
Paz por su trabajo, aunque no es algo
de lo que alguien se pueda enorgullecer si gente como Henry Kissinger también
lo comparten.
En realidad, como quedó en claro años más tarde, la Revolución Verde fue un brillante ardid de la familia Rockefeller para desarrollar un
agro negocio globalizado que luego podría monopolizar igual como lo había
hecho medio siglo antes con la industria petrolera mundial. Como declarara
Henry Kissinger en los años setenta: “Si se controla el petróleo, se controla
el país; si se controlan los alimentos, se controla a la población.”
El agro negocio y la Revolución Verde de
Rockefeller iban de la mano. Formaban parte de una grandiosa estrategia que
incluía el financiamiento por la Fundación
Rockefeller de la investigación para
el desarrollo de la ingeniería genética de plantas y animales unos pocos años
más tarde.
John H. Davis había sido Secretario de Agricultura Adjunto bajo el presidente
Dwight Eisenhower a comienzos de los años cincuenta. Abandonó Washington en
1955 y fue a la
Escuela de Postgrado de Administración
de Empresas de Harvard, un sitio poco usual para un experto en agricultura en
esos días. Tenía una estrategia bien definida. En 1956, Davis escribió un
artículo en la Harvard Business Review en
el que declaró que “la única manera de resolver de una vez por todas el así
llamado problema agrícola, y de evitar engorrosos programas gubernamentales,
es pasar de la agricultura al agro negocio.” Sabía precisamente lo que se
proponía, aunque pocos tenían la menor idea en aquel entonces – una
revolución en la producción agrícola que concentrara el control de la cadena
alimentaria en manos corporativas multinacionales, lejos del agricultor
familiar tradicional. (3)
Un aspecto crucial que impulsaba el interés de la Fundación
Rockefeller y de las compañías de agro
negocios de EE.UU. era el hecho de que la Revolución Verde se basaba en la proliferación de nuevas semillas híbridas en los
mercados en desarrollo. Un aspecto vital de las semillas híbridas era su
falta de capacidad reproductiva. Las híbridas incorporaban una protección
contra la multiplicación. A diferencia de especies normales polinizadas
abiertamente, cuyas semillas permitían rendimientos similares a los de sus
progenitores, el rendimiento de las semillas dadas por plantas híbridas era
significativamente inferior al de la primera generación.
Esa característica de rendimiento disminuyente de las híbridas significa que
los agricultores deben normalmente comprar semillas cada año a fin de obtener
altos rendimientos. Además, el reducido rendimiento de la segunda generación
eliminó el comercio en semillas que es a menudo realizado por productores de
semillas sin la autorización del cultivador. Impidió la redistribución de las
semillas del cultivo comercial por intermediarios. Si las grandes compañías
semilleras multinacionales podían controlar las líneas paternales de semillas
en casa, ningún competidor o agricultor podría producir la semilla híbrida.
La concentración global de patentes de semillas híbridas en un puñado de
gigantescas compañías semilleras, dirigidas por Pioneer Hi-Bred de DuPont y
Dekalb de Monsanto estableció la base para la ulterior revolución de la
semilla OGM. (4)
En efecto, la introducción de la tecnología agrícola moderna estadounidense,
de fertilizantes químicos y semillas híbridas comerciales, contribuyeron en
conjunto a hacer que los agricultores locales en los países en desarrollo,
particularmente los mayores, más establecidos, dependieran del aporte del agro
negocio y de las compañías petroquímicas, en su mayoría estadounidenses. Fue
un primer paso en lo que se convertiría en un proceso cuidadosamente
planificado, que duró décadas.
Bajo la Revolución Verde, el agro
negocio hizo importantes avances en mercados que previamente ofrecían un
acceso limitado a los exportadores de EE.UU. La tendencia fue posteriormente
apodada “agricultura orientada al mercado.” En realidad se trataba de
agricultura controlada por el agro negocio.
Mediante la Revolución Verde, la Fundación
Rockefeller y posteriormente la Fundación Ford, trabajaron mano en mano conformando y apoyando los objetivos de
política exterior de la Agencia por el Desarrollo
Internacional de EE.UU. (USAID) y de la CIA.
Un importante efecto de la Revolución fue la despoblación del campo de campesinos que fueron obligados a
huir a los barrios de chabolas alrededor de las ciudades en una búsqueda
desesperada de trabajo. No fue por accidente. Formaba parte de un plan para
crear reservas de mano de obra barata para futuras manufacturas
multinacionales de EE.UU., la ‘globalización’ de los últimos años.
Cuando terminó el autobombo alrededor de la Revolución Verde, los resultados fueron bastante diferentes de lo que se había
prometido. Surgieron problemas por el uso indiscriminado de los nuevos
pesticidas químicos, a menudo con serias consecuencias para la salud. Con el
pasar del tiempo el monocultivo de nuevas variedades de semillas híbridas
redujo la fertilidad del suelo y el rendimiento. Los primeros resultados
fueron impresionantes; rendimientos dobles o incluso triples de algunos
cultivos tales como el trigo y después el maíz en México. Pero eso pronto se
desvaneció.
La Revolución Verde fue típicamente acompañada por grandes proyectos de
irrigación que a menudo incluían préstamos del Banco Mundial para construir
nuevas inmensas represas, y en la inundación de áreas previamente habitadas y
de tierras fértiles al hacerlo. El súper-trigo también produjo mayores
rendimientos saturando el suelo con inmensas cantidades de fertilizante por
hectárea, y el fertilizante era producto de nitratos y de petróleo, materias
primas controladas por las Siete Hermanas, importantes compañías petroleras
controladas por los Rockefeller.
También se utilizaron inmensas cantidades de herbicidas y pesticidas, creando
mercados adicionales para los gigantes del petróleo y de la química. Como lo
describió un analista, en efecto, la Revolución Verde fue sólo una revolución química. En ningún momento podrían las
naciones en desarrollo pagar por las inmensas cantidades de fertilizantes
químicos y pesticidas. Obtendrían los créditos por cortesía del Banco Mundial
y préstamos especiales de Chase Bank y otros grandes bancos de Nueva York,
respaldados por garantías del gobierno de EE.UU.
Aplicados en una gran cantidad de países en desarrollo, esos préstamos fueron
recibidos sobre todo por grandes terratenientes. Para los pequeños campesinos
la situación se desarrolló de otra manera. Los pequeños agricultores
campesinos no podían permitirse los productos químicos y otros insumos
modernos y tenían que pedir prestado dinero.
Varios programas gubernamentales trataron inicialmente de suministrar algunos
préstamos a los agricultores para que pudieran adquirir semillas y
fertilizantes. Los agricultores que no pudieron participar en este tipo de
programa tuvieron que pedir prestado dinero del sector privado. Por las
exorbitantes tasas de interés para préstamos informarles, numerosos
agricultores pequeños ni siquiera obtuvieron los beneficios de los altos
rendimientos iniciales. Después de la cosecha, tuvieron que vender la mayor
parte, si no todos sus productos, para pagar préstamos e intereses. Llegaron
a depender de prestamistas y comerciantes y a menudo perdieron sus tierras.
Incluso con préstamos a condiciones favorables de agencias gubernamentales,
la plantación de cultivos de subsistencia cedió ante la producción de
cultivos comerciales. (5)
Desde decenios los mismos intereses, que incluyen a la Fundación
Rockefeller que respaldó la Revolución Verde inicial, han trabajado para promover una segunda “Revolución
Genética” como el presidente de la Fundación
Rockefeller, Gordon Conway, la llamó
hace varios años: la difusión de la agricultura industrial y de insumos
comerciales incluyendo las semillas patentadas OGM.
Gates, Rockefeller y una Revolución Verde en África
Si se tiene presente el verdadero antecedente de la Revolución Verde de la Fundación Rockefeller en
los años cincuenta, se hace especialmente extraño que esa misma Fundación
Rockefeller junto con la Fundación Gates, que
invierten millones de dólares para preservar cada semilla contra un posible
escenario “del día del juicio final,” también estén invirtiendo millones en
un proyecto llamado “Alianza por una Revolución Verde en África.”
AGRA, como se llama, es una vez más una alianza con la misma Fundación
Rockefeller que creó la “Revolución Genética.” Una mirada al Consejo
Directivo de AGRA lo confirma.
Incluye nada menos que al ex Secretario General de la ONU,
Kofi Annan, como presidente. En su discurso de aceptación en un evento del
Foro Económico Mundial en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, en junio de 2007, Kofi
Annan declaró: “Acepto este desafío con gratitud a la Fundación
Rockefeller, a la Fundación Bill & Melinda Gates, y a todos los demás que apoyan nuestra campaña
africana.”
El consejo de AGRA cuenta además con un sudafricano, Strive Masiyiwa, quien
es un Fideicomisario de la Fundación
Rockefeller. Incluye a Sylvia M.
Mathews de la Fundación Bill &
Melinda Gates; Mamphela Ramphele, ex directora gerente del Banco Mundial
(2000 – 2006); Rajiv J. Shah de la Fundación Gates Foundation; Nadya K. Shmavonian de la Fundación
Rockefeller; Roy Steiner de la Fundación Gates. Además, la
Alianza para AGRA incluye a Gary
Toenniessen, director gerente de la Fundación
Rockefeller y a Akinwumi Adesina,
director asociado, de la
Fundación Rockefeller.
Para completar la rueda, los Programas
para AGRA incluyen a Peter Matlon, director gerente de la Fundación
Rockefeller; Joseph De Vries, director
del Programa para Sistemas de Semillas de África y director asociado de la Fundación
Rockefeller; Akinwumi Adesina,
director asociado de la Fundación
Rockefeller. Como la antigua
Revolución Verde fracasada en India y México, la nueva Revolución Verde en
África es evidentemente una importante prioridad de la
Fundación Rockefeller.
Mientras hasta la fecha tratan de no
llamar la atención, se considera que Monsanto y los principales gigantes del
negocio de los OGM están en medio del uso de la AGRA de Kofi Annan para difundir sus semillas OGM patentadas por toda
África bajo la engañosa etiqueta de ‘biotecnología,’ el nuevo eufemismo para
semillas patentadas genéticamente modificadas. Hasta la fecha, Sudáfrica es
el único país africano que permite la plantación legal de cultivos de OGM. En
2003 Burkina Faso autorizó pruebas con OGM. En 2005 Ghana, de Kofi Annan,
preparó legislación de bioseguridad y responsables clave expresaron sus
intenciones de continuar la investigación de cultivos OGM.
África es el próximo objetivo de la campaña del gobierno de EE.UU. por
extender los OGM a todo el mundo. Sus ricos suelos la convierten en un
candidato ideal. No sorprende que numerosos gobiernos africanos sospechen lo
peor de los padrinos de los OGM ya que una multitud de proyectos de
modificación genética y de bioseguridad han sido iniciados en África, con el
objetivo de introducir los OGM en los sistemas agrícolas africanos. Estos
incluyen patrocinios ofrecidos por el gobierno de EE.UU. para capacitar en
EE.UU. a científicos africanos en ingeniería genética, proyectos de
bioseguridad financiados por la Agencia de Desarrollo
Internacional de EE.UU. (USAID) y el Banco Mundial; la investigación en OGM
involucrando cultivos alimentarios indígenas africanos.
La Fundación Rockefeller ha
estado trabajando durante años para promover, en gran parte infructuosamente,
proyectos por introducir los OGM en los campos de África. Ha respaldado
investigación que apoya la aplicabilidad del algodón OGM en las llanuras de
Makhathini en Sudáfrica.
Monsanto, que tiene un punto de apoyo sólido en la industria semillera de
Sudáfrica, tanto en OGM como en híbridas, ha concebido un ingenioso programa
para minifundistas conocido como la Campaña de las ‘Semillas de
la Esperanza,’ que está introduciendo un paquete ‘revolución verde’ a agricultores
pobres en pequeña escala, seguido, por cierto, por semillas OGM patentadas de
Monsanto. (6)
Syngenta AG de Suiza, uno de los “Cuatro Jinetes del día del juicio final
OGM” está lanzando millones de dólares a una nueva instalación de
invernaderos en Nairobi, para desarrollar maíz OGM resistente a los insectos.
Syngenta también forma parte de CGIAR. (7)
Pasamos a Svalbard
¿Se trata simplemente de un descuido filosófico? ¿Qué lleva a las fundaciones
Gates y Rockefeller a respaldar al mismo tiempo la proliferación en toda
África de semillas Terminator patentadas y a punto de ser patentadas, un
proceso que, como ha sucedido en todos los demás sitios en el planeta,
destruye las variedades de semillas de plantas al introducir el agro negocio
del monocultivo industrializado? Al mismo tiempo, invierten decenas de
millones de dólares para preservar toda variedad de semillas conocida en una
cámara del día del juicio final a prueba de bombas cerca del remoto Círculo
Ártico ‘para que la diversidad de cultivos pueda ser conservada para el
futuro’ para citar su comunicado oficial.
No es por accidente que las fundaciones Rockefeller y Gates se unan para
impulsar una Revolución Verde al estilo OGM en África al mismo tiempo que
financian silenciosamente la ‘cámara de semillas del Día del juicio final’ en
Svalbard. Los gigantes del agro negocio están metidos hasta el cuello en el
proyecto Svalbard.
Por cierto, toda la operación Svalbard y la gente involucrada recuerdan las
peores imágenes catastróficas del éxito de ventas de Michael Crichton: “La Amenaza De Andromeda,” una película de suspenso de ciencia ficción en la que
una enfermedad letal de origen extraterrestre causa una coagulación rápida y
fatal de la sangre que amenaza a toda la especie humana. En Svalbard, el
depósito más seguro de semillas del mundo del futuro será guardado por los
policías de la Revolución Verde OGM – las
fundaciones Rockefeller y Gates, Syngenta, DuPont y CGIAR.
El proyecto Svalbard será operado por una organización llamada Fundación
mundial por la diversidad de los cultivos (GCDT). ¿Quiénes son para poseer
una responsabilidad tan impresionante sobre todas las variedades de semillas
del planeta? La GCDT fue fundada por la FAO y Bioversity
International (anteriormente el Instituto Internacional de Investigación
Genética de Plantas), un vástago de la CGIAR.
La Fundación mundial por la diversidad
de los cultivos (GCDT) está basada en Roma. Su consejo es presidido por
Margaret Catley-Carlson, canadiense, quien también está en el consejo consultivo
de Group Suez Lyonnaise des Eaux, una de las mayores compañías privadas de
aguas del mundo. Catley-Carlson también fue presidente hasta 1998 del
Population Council, basado en Nueva York, la organización de reducción de la
población de John D. Rockefeller, establecida en 1952, para hacer progresar
el programa de eugenesia de la familia Rockefeller bajo la cobertura de
promover la “planificación familiar,” dispositivos de contracepción,
esterilización y “control de la población” en los países en desarrollo.
Otros miembros del consejo de GCDT incluyen al antiguo ejecutivo del Bank of
America y actualmente jefe de Animación de Hollywood DreamWorks, Lewis
Coleman. Coleman es también jefe del consejo director de Northrup Grumman
Corporation, uno de los principales contratistas del Pentágono en la
industria militar de EE.UU.
Jorio Dauster (Brasil) es también presidente del consejo de Brasil Ecodiesel.
Es ex embajador de Brasil en la Unión Europea, y negociador jefe de la deuda externa de Brasil para el Ministerio
de Finanzas. Dauster también ha servido como presidente del Instituto
Brasileño del Café y como coordinador del Proyecto por la Modernización del sistema de patentes de Brasil, que involucra la legalización de
patentes sobre semillas genéticamente modificadas, algo que hasta hace poco
estaba prohibido por las leyes brasileñas.
Cary Fowler es director ejecutivo de la Fundación. Fowler fue profesor y director de investigación en el Departamento de
Estudios del Medioambiente Internacional y de Desarrollo en la Universidad Noruega de Ciencias de la Vida. También fue consejero
sénior del director general de Bioversity International. Allí representó a
los Future Harvest Centres del CGIAR en negociaciones sobre el Tratado
Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura. En los años
noventa, dirigió el Instituto Internacional de Recursos Fitogenéticos
(IPGRI), en la FAO. Redactó y supervisó
las negociaciones del Plan de acción mundial para la conservación y la
utilización sostenible de los recursos fitogenéticos para la alimentación y
la agricultura de la
FAO, adoptado por 150 países en 1996.
Es ex miembro del Consejo Nacional de Recursos Fitogenéticos de EE.UU. y del
Consejo de Administración del Centro Internacional de Mejora del Maíz y del
Trigo en México, otro proyecto de la Fundación
Rockefeller y del CGIAR.
El miembro del consejo del GCDT, Dr. Mangala Rai de India, es secretario del
Departamento de Investigación y Educación Agrícola de India (DARE), y
director general del Consejo Indio de Investigación Agrícola (ICAR). También
es miembro del consejo del Instituto Internacional de Investigación del Arroz
(IRRI) de la Fundación Rockefeller, que
promovió el primer experimento de importancia con OGM del mundo, el tan
exageradamente promocionado ‘Arroz de oro’ que resultó ser un fracaso. Rai ha
servido como miembro del consejo de CIMMYT (Centro Internacional de
Mejoramiento del Maíz y el Trigo), y miembro del Consejo Ejecutivo del CGIAR.
Los donantes o ángeles financistas de la Fundación Global de Diversidad de los Cultivos incluyen también, para utilizar las
palabras clásicas de Humphrey Bogart en Casablanca: “a todos los sospechosos usuales.” Junto a las fundaciones
Rockefeller y Gates, los donantes incluyen a los gigantes de los OGM
DuPont-Pioneer Hi-Bred, Syngenta of Basle Switzerland, CGIAR y a la Agencia, favorable a los OGM, por la Ayuda al Desarrollo (USAID)
enérgicamente promovida por el Departamento de Estado. Parece, por cierto,
que tenemos a los zorros de las OGM y de la reducción de la población
protegiendo al gallinero de la humanidad, el almacén de la diversidad global
de semillas en Svalbard. (8)
¿Por qué Svalbard justo ahora?
Podemos legítimamente preguntar por qué Bill Gates y la Fundación
Rockefeller junto con los principales
genéticos del agro negocio de la modificación genética como DuPont y
Syngenta, junto con el CGIAR, están construyendo la cámara de semillas del
día del juicio final en el Ártico.
En primer lugar, ¿quién utiliza un banco de semillas semejante? Los
cultivadores e investigadores de plantas son los principales utilizadores de
bancos de genes. Los principales cultivadores de plantas de la actualidad son
Monsanto, DuPont, Syngenta y Dow Chemical, los gigantes globales de las
patentes de plantas OGM. Desde comienzos de 2007 Monsanto tiene derechos de
patentes mundiales junto con el gobierno de EE.UU. para la planta así llamada
“Terminator” o GURT (acrónimo inglés de Grupo de Tecnologías de Restricción
de Uso). Terminator es una siniestra tecnología mediante la cual una semilla
comercial patentada se ‘suicida’ después de una cosecha. El control por las
compañías semilleras privadas es total. Un tal control y poder sobre la
cadena alimentaria nunca ha existido previamente en la historia de la humanidad.
Esta variedad Terminator astutamente modificada genéticamente obliga a los
agricultores a volver cada año a Monsanto o a otros proveedores de semillas
OGM para conseguir nuevas semillas para arroz, soya, maíz, trigo, cualquier
cultivo que necesiten para alimentar a su población. Si fuera ampliamente
introducida en todo el mundo, posiblemente podría convertir en una década o
algo así a la mayor parte de los productores de alimentos del mundo en nuevos
siervos feudales esclavizados por tres o cuatro compañías semilleras gigantes
como Monsanto, DuPont o Dow Chemical.
Eso, desde luego, podría también abrir la puerta para que esas compañías
privadas, tal vez bajo órdenes de su gobierno anfitrión, Washington, nieguen
las semillas a uno u otro país en desarrollo cuya política se pueda volver
contra la de Washington. Los que dicen: “No puede pasar aquí” harían bien en
estudiar más de cerca lo que pasa actualmente en el mundo. La simple
existencia de esa concentración de poder en tres o cuatro gigantes del agro
negocio privado basados en EE.UU. es motivo suficiente para prohibir
legalmente todos los cultivos OGM, incluso si sus ventajas en la cosecha
fueran reales, lo que manifiestamente no es el caso.
No se puede decir que esas compañías privadas: Monsanto, DuPont, Dow Chemical
tengan antecedentes inmaculados en términos de manejo de la vida humana.
Desarrollaron y proliferaron invenciones como la dioxina, los PCB, el Agente
Naranja. Encubrieron durante décadas evidencia obvia de consecuencias
carcinogénicas u otras severas para la salud humana del uso de productos
químicos tóxicos. Han enterrado informes científicos serios de que el
herbicida más generalizado del mundo, glifosato, el ingrediente esencial en
el herbicida Roundup de Monsanto vinculado a la compra de la mayoría de las
semillas genéticamente modificadas de Monsanto, es tóxico cuando se escurre
al agua potable. (9) Dinamarca prohibió el glifosato en 2003 cuando confirmó
que ha contaminado el agua subterránea del país. (10)
La diversidad almacenada en bancos genéticos de semillas es la materia prima
para el cultivo de plantas y para una gran parte de la investigación
biológica básica. Varios cientos de miles de muestras son distribuidas cada
año con esos propósitos. La FAO de la ONU
enumera unos 1.400 bancos de semillas en todo el mundo, el mayor es el del
gobierno de EE.UU. Otros grandes bancos son mantenidos por China, Rusia,
Japón, India, Corea del Sur, Alemania y Canadá en orden de tamaño
descendiente. Además, CGIAR opera una cadena de bancos de semillas en centros
seleccionados en todo el mundo.
CGIAR, establecido en 1972 por la Fundación
Rockefeller y la Fundación Ford para propagar su modelo del agro negocio de la Revolución Verde, controla la mayor parte de los bancos de semillas privados desde
las Filipinas a Siria, a Kenia. En total esos bancos de semillas actuales
tienen más de seis millones y medio de variedades de semillas, casi dos
millones de las cuales son ‘diferentes.’ La cámara del día del juicio final
de Svalbard tendrá capacidad para albergar cuatro millones y medio semillas
diferentes.
¿Los OGM como arma de la guerra biológica?
Ahora llegamos al centro del peligro y al potencial para abuso inherentes en
el proyecto Svalbard de Bill Gates y de la Fundación
Rockefeller. ¿Puede el desarrollo de
semillas patentadas para la mayoría de los principales cultivos de
subsistencia del mundo como ser arroz, maíz, trigo, y granos alimenticios
como la soya, ser utilizado en última instancia en una forma horrible de
guerra biológica?
El objetivo explícito del lobby de la eugenesia financiado desde los años
veinte por acaudaladas familias de la elite como los Rockefeller, Carnegie,
Harriman y otros, ha encarnado lo que llamaron ‘eugenesia negativa:’ acabar
sistemáticamente con linajes indeseables. Margaret Sanger, una eugenicista
diligente, fundadora de la Federación
Internacional para la Planificación
Familiar e íntima de la familia
Rockefeller, creó en 1939 algo llamado el “Proyecto negro,” basado en Harlem,
que, como confió en una carta a un amigo, todo lo que se proponía era, como
dijera, ‘que queremos exterminar a la
población negra.’ [11]
Una pequeña compañía de biotecnología de California, Epicyte, anunció en 2001
el desarrollo de maíz genéticamente modificado que contenía un espermicida que
esterilizaba el semen de los hombres que lo comían. En esa época, Epicyte
tenía un acuerdo de sociedad conjunta para propagar su tecnología con DuPont
y Syngenta, dos de los patrocinadores de la cámara de Semillas del día del
juicio final en Svalbard. Posteriormente, Epicyte fue adquirida por una
compañía de biotecnología de Carolina del Norte. Fue sorprendente saber que
Epicyte había desarrollado su maíz OGM espermicida con fondos de
investigación del Departamento de Agricultura de EE.UU. [USDA], el mismo que,
a pesar de la oposición mundial, siguió financiando el desarrollo de la
tecnología Terminator, ahora en manos de Monsanto.
En los años noventa, la Organización
Mundial de la Salud de la ONU lanzó una campaña para vacunar a millones de mujeres en Nicaragua,
México y las Filipinas entre las edades de 15 y 45 años, supuestamente contra
el tétano, una enfermedad que resulta de cosas como pisar un clavo oxidado.
La vacuna no fue suministrada a hombres o muchachos, a pesar de que
presumiblemente es tan probable que pisen sobre clavos oxidados como las
mujeres.
Por esta curiosa anomalía, el Comité Pro Vida de México, una organización
católica laica entró en sospechas e hizo que se realizaran pruebas con
muestras de la vacuna. Los ensayos revelaron que la vacuna contra el tétano
propagada por la OMS sólo para las mujeres de edad de procrear contenían Gonadotropina
Coriónica o hCG, una hormona natural que cuando es combinada con un portador
de anatoxina tetánica estimula anticuerpos que hacen que una mujer sea
incapaz de sustentar un embarazo. No se informó a ninguna de las mujeres
vacunadas.
Más adelante se supo que la Fundación
Rockefeller junto con el Consejo de la Población de Rockefeller, el Banco Mundial (casa del CGIAR), y el Instituto
Nacional de Salud de EE.UU. habían estado involucrados en un proyecto de 20
años de duración iniciado en 1972 para desarrollar la encubierta vacuna
abortiva con un portador de tétano para la OMS. Además, el gobierno de Noruega, anfitrión de la cámara de Semillas del día
del juicio final de Svalbard, donó 41 millones de dólares para desarrollar la
vacuna abortiva especial contra el tétano. (12)
¿Será coincidencia que esas mismas organizaciones, desde Noruega, a la Fundación
Rockefeller, al Banco Mundial, estén
también involucradas con el proyecto del banco de semillas en Svalbard? Según
el profesor Francis Boyle, quien redactó la Ley Antiterrorista de Armas Biológicas de 1989 promulgada por el Congreso de EE.UU.: “el Pentágono se prepara ahora para librar
y ganar la guerra biológica” como parte de dos directivas de estrategia
nacional de Bush adoptadas, señala, “sin
conocimiento y estudio público” en 2002. Boyle agrega que sólo en
2001-2004 el gobierno federal de EE.UU. gastó 14.500 millones de dólares en
trabajo civil relacionado con la guerra biológica, una suma asombrosa.
El biólogo de la Universidad Rutgers,
Richard Ebright, estima que más de 300 instituciones científicas y unos
12.000 individuos en EE.UU. tienen actualmente acceso a patógenos adecuados
para la guerra biológica. Hay 497 subsidios de los NIH (Institutos Nacionales
de la Salud) de EE.UU. sólo para investigación de enfermedades infecciosas con
potencial para la guerra biológica. Por cierto esto es justificado bajo la
rúbrica de la defensa contra posibles ataques terroristas como tantas cosas
en la actualidad.
Muchos de los dólares del gobierno de EE.UU. gastados en la investigación
para la guerra biológica tienen que ver con la ingeniería genética. El
profesor de biología del MIT, Jonathan King, dice que “los crecientes programas de bioterror representan un importante
peligro emergente para nuestra propia población.” King agrega: “mientras tales programas son siempre
llamados defensivos, con armas biológicas, los programas defensivos y
ofensivos se entrecruzan casi por completo.” (13)
El tiempo dirá si, Dios no lo quiera, el banco de semillas del día del juicio
final de Svalvard de Bill Gates y la Fundación
Rockefeller forma parte de otra
Solución Final, involucrando la extinción del difunto, gran planeta Tierra.
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F. William Engdahl,
investigador asociado del Centro de Investigación sobre la
Globalización
(Centre for Research on Globalization (CRG)) es uno de los principales
analistas del Nuevo Orden Mundial. Es autor de A
Century of War: Anglo-American Oil Politics and the New World Order, publicado por Pluto Press Ltd. Su nuevo libro, Seeds of Destruction, The Hidden Agenda of Genetic Manipulation, estará disponible en Global Research muy
pronto. Sus escritos pueden ser consultados en www.engdahl.oilgeopolitics.net
y en Global Research.
http://www.globalresearch.ca/index.php?context=va&aid=7529
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