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Geopolítica tras la falsa guerra de Estados
Unidos en Afganistán Por F. William Engdahl Uno de los aspectos más notorios del programa
presidencial de Obama es que, en Estados Unidos, pocos han cuestionado, en
los medios de difusión o por otras vías, la razón del compromiso del
Pentágono con la ocupación militar de Afganistán. Existen para ello dos
razones fundamentales, y ninguna de ellas puede ser revelada abiertamente a
la opinión pública.
Los engañosos debates oficiales sobre la cantidad
de soldados que se necesita para «ganar» la guerra en Afganistán, si basta
con 30 000 hombres más o si se requieran por lo menos 200 000, no son más que
la cortina de humo que está sirviendo para esconder el verdadero objetivo de
la presencia militar de Estados Unidos en ese estratégico país de Asia
central. Durante su campaña presidencial del año 2008, el
candidato Obama afirmó incluso que es en Afganistán, no en Irak, donde
Estados Unidos está obligado a hacer la guerra. ¿Por qué? Porque, según
Obama, es en Afganistán donde se ha atrincherado Al Qaeda, que constituye a
su vez la «verdadera» amenaza para la seguridad nacional. Las razones de la implicación estadounidense en Afganistán
son en realidad muy diferentes. El ejército estadounidense ocupa Afganistán por 2
razones: principalmente para restablecer y controlar la principal fuente
mundial de opio de los mercados internacionales de heroína y utilizar la
droga como arma contra sus adversarios en el terreno de la geopolítica,
especialmente contra Rusia. El control del mercado de la droga afgana es
capital para garantizar la liquidez de la mafia financiera en bancarrota de
Wall Street. Geopolítica del opio afgano Según un informe oficial de No son simples coincidencias. Se ha demostrado
que Washington seleccionó cuidadosamente al muy controvertido Hamid Karzai,
señor de la guerra de origen pashtún con una larga hoja de servicios en En momentos en que el mundo casi ni se acuerda ya
del misterioso Osama Ben Laden ni de Al Qaeda – su supuesta organización
terrorista –, o se pregunta incluso si tan siquiera existen, la segunda razón
de la larga presencia de las fuerzas armadas de Estados Unidos en Afganistán
parece más bien un pretexto para crear una fuerza militar de choque
estadounidense permanente con una serie de bases aéreas permanentes en
Afganistán.
Para Estados Unidos, la razón de ser sus bases
afganas es mantener en la mirilla y tener la posibilidad de golpear a las dos
naciones que, juntas, constituyen hoy en día la única amenaza seria para el
poderío supremo de Washington o, como lo llama el Pentágono, America’s Full Spectrum Dominance (el
predominio estadounidense en todos los aspectos). La pérdida del «Mandato
Celestial» El problema de las élites* que detentan el poder
en Wall Street y en Washington reside en el hecho que se encuentran hoy
empantanados en la más profunda crisis financiera de toda su historia. Esa
crisis es un hecho irrefutable para el mundo entero y el mundo está actuando
en aras de salvarse a sí mismo. Las élites estadounidenses han perdido así lo
que en la historia de
Si las poderosas élites de las firmas y las
empresas privadas que han controlado las políticas fundamentales, financiera
y exterior, durante la mayoría del tiempo, por lo menos durante el siglo
pasado, tuvieron alguna vez en sus manos el mandato celestial, hoy resulta
evidente que lo han perdido. La evolución interna hacia la creación de un
Estado policíaco injusto, con ciudadanos que se ven privados de sus derechos
constitucionales, el ejercicio arbitrario del poder por personas que nunca
obtuvieron un mandato electoral – como el ex secretario estadounidense del
Tesoro Henry Paulson y el actual ocupante de ese mismo cargo Tim Geithner – y
que roban miles de millones de dólares del contribuyente, sin consentimiento
de éste, para sacar de la bancarrota a los principales bancos de Wall Street,
bancos que se creían «demasiado grandes para hundirse», son hechos que
demuestran al mundo que esas élites han perdido el «Mandato Celestial». Ante tal situación, las élites que ejercen el
poder se desesperan cada vez más por mantener su control sobre un imperio
mundial de carácter parasitario que su máquina mediática falsamente llama
«globalización». Y para lograr mantener su dominación resulta vital que
Estados Unidos logre destruir toda forma naciente de cooperación, en el plano
económico, energético o militar, entre las dos grandes potencias de Eurasia
que, en teoría, pudieran representar una amenaza para el futuro control de la
única superpotencia. Esas dos potencias son China y Rusia, cuya asociación
Washington trata de evitar a toda costa. Ambas potencias euroasiáticas completan el
panorama con elementos esenciales. China es la economía más fuerte del mundo,
con mano de obra joven y dinámica y una clase media educada. Rusia, cuya
economía no se ha recuperado aún del destructivo final de la era soviética y
del descarado saqueo que caracterizó la era de Yeltsin, sigue presentando sin
embargo cartas esenciales para una asociación. La fuerza nuclear de Rusia y
sus fuerzas armadas, aún siendo en gran parte remanentes de la guerra fría,
representan en el mundo actual la única amenaza de consideración para la
dominación militar estadounidense. Las élites del ejército ruso en ningún momento
han renunciado a ese potencial. El objetivo que alega Washington para justificar
la guerra de Estados Unidos, a la vez contra los talibanes y Al Qaeda,
consiste en realidad en instalar su fuerza militar directamente en Asia
central, en medio del espacio geográfico de la naciente OCS. Irán no es más
que un pretexto. El blanco principal son Rusia y China. Por supuesto, Washington afirma oficialmente que
estableció su presencia militar en Afganistán desde el año 2002 para proteger
la «frágil» democracia afgana. Sorprendente argumento cuando se analiza la
realidad de la presencia militar estadounidense en ese país.
Esas 9 bases estadounidenses de nueva creación se
agregan a las 3 bases militares principales ya instaladas inmediatamente
después de la ocupación de Afganistán, durante el invierno de 2002,
supuestamente con el fin de aislar y eliminar la amenaza terrorista de Osama
Ben Laden.
Afganistán ha estado históricamente en el centro
de la gran pugna anglo-rusa, la lucha por el control del Asia central en el
siglo 19 y a principios del siglo 20. La estrategia británica consistió
entonces en impedir a toda costa que Rusia controlara Afganistán, lo cual
hubiese representado una amenaza para la perla de la corona británica: Los estrategas del Pentágono también ven en
Afganistán una posición altamente estratégica. Ese país constituye un
trampolín que permitiría al poderío militar estadounidense amenazar
directamente a Rusia y China, así como a Irán y a los demás países ricos
productores de petróleo del Medio Oriente. En más de un siglo de guerras, las
cosas no han cambiado mucho. La situación geográfica de Afganistán como punto
de confluencia entre el sur de Asia, Asia central y el Medio Oriente, es de
vital importancia. Afganistán se encuentra además precisamente en el
itinerario previsto para la construcción del oleoducto que debe llevar el
petróleo de las zonas petrolíferas del mar Caspio hasta el océano Índico,
donde la petrolera Unocal, así como Enron y Al Qaeda no existe como
amenaza La verdad sobre todo este engaño alrededor del
verdadero objetivo en Afganistán aparece claramente cuando se analiza más
atentamente la supuesta amenaza de «Al Qaeda» en ese país. Según el autor
Erik Margolis, antes de los atentados del 11 de septiembre de 2001, la
inteligencia estadounidense proporcionaba asistencia y apoyo tanto a los
talibanes como al propio Al Qaeda. Margolis señala que « Es evidente que Estados Unidos encontró otras
vías para manipular a los uigures musulmanes contra Pekín en julio pasado, a
través del apoyo estadounidense al Congreso Mundial Uigur. Pero la «amenaza»
de Al Qaeda sigue siendo el principal argumento de Obama para justificar la
intensificación de la guerra en Afganistán. Sin embargo, el consejero de seguridad nacional
de presidente Obama y ex general de Marines James Jones hizo una declaración,
oportunamente enterrada por los amables medios de prensa estadounidenses,
sobre la evaluación del peligro que actualmente representa Al Qaeda en
Afganistán. Jones declaró al Congreso: «La presencia de Al
Qaeda es muy reducida. La evaluación máxima es inferior a 100 ejecutores en
el país, ninguna base, ninguna capacidad de lanzar ataques contra nosotros o
nuestros aliados.» Lo cual significa que Al Qaeda no existe en
Afganistán. ¡Diablos! Incluso en el vecino Pakistán, lo que queda de Al Qaeda
es ya prácticamente imperceptible. El Wall Street Journal señala: «Perseguidos por los
aviones sin piloto estadounidenses, con problemas de dinero y con más
dificultades para atraer a los jóvenes árabes a las oscuras montañas de
Pakistán, Al Qaeda ve reducirse su papel allí y en Afganistán, según los
informes de Si entendemos bien las consecuencias lógicas de
esa declaración no queda más remedio que llegar a la conclusión de que la
razón por la cual los jóvenes alemanes y de otros países de Se dedicaba entonces a reclutar musulmanes
radicales provenientes de todo el mundo islámico y a entrenarlos para la
guerra contra las tropas rusas en Afganistán en el marco de una estrategia
elaborada por Bill Casey, jefe de James Jones, jefe del National Security Council,
reconoce ahora que no hay prácticamente nadie de Al Qaeda en Afganistán.
Quizás sea un buen momento para que nuestros dirigentes políticos
proporcionen una explicación más honesta sobre la verdadera razón del envío
de más jóvenes a Afganistán, a morir protegiendo las cosechas de opio. |