Doctrina militar rusa: herencia soviética,
realidades postsoviéticas, perspectiva europea
José Miguel
Palacios*
Paloma
Arana**
http://www.cidob.org/es/content/download/4602/46105/file/59palacios.pdf
RESUMEN
El
propósito de este artículo es analizar la evolución que ha experimentado la
doctrina militar rusa desde la disolución de la URSS (diciembre de 1991), y
relacionarla con el proceso de creación y desarrollo de una política exterior
propia de la Federación Rusa. Para ello se estudia la forma en que tanto la
Doctrina como la política exterior se han desprendido de la herencia soviética
– su origen –, y han asumido la nueva realidad de la existencia de Rusia como
Estado independiente, con una posición internacional menos sólida que la que
tuvo en tiempos la URSS, y con unos aliados y responsabilidades distintos.
Finalmente,
se llega a la conclusión que en estos momentos la Doctrina rusa ha alcanzado ya
un grado elevado de madurez, circunstancia que permite prever que su desarrollo
dependerá, sobre todo, de las transformaciones que se produzcan en el panorama
internacional y, en particular, de la posición que Rusia adopte en relación con
la construcción de un sistema de seguridad paneuropeo.
Revista
CIDOB d’Afers Internacionals, núm. 59, p. 81-103
*Analista
político del Ministerio de Defensa. Doctor en Ciencias Políticas
**Analista
político y de seguridad del Ministerio de Defensa. Doctora en Ciencias
Políticas
EL QUÉ Y EL PORQUÉ DE LA DOCTRINA MILITAR RUSA
La doctrina
militar [1]
constituía uno de los conceptos más importantes de la teoría militar soviética.
Situada en el punto de contacto entre la política general y la de defensa
permitía encuadrar el
fenómeno de la guerra en un marco amplio que excediera la acepción
estrictamente militar. Proporcionaba, además, unas previsiones básicas
que servían como guía para la asignación de recursos a la defensa dentro del
proceso de lanificación centralizada, y
orientaba la labor del mando en la organización y despliegue de la fuerza, así
como en materia de equipamiento e instrucción.
La Doctrina,
sin embargo, no contenía indicaciones sobre cuál podría ser la actitud concreta
que adoptaría la URSS en caso de conflicto, lo que permitía a los dirigentes
políticos conservar una libertad de acción muy notable (Lambeth, 1978).
La aparición
de la Doctrina soviética se inscribe en la corriente intelectual que intentó
sistematizar la experiencia de la Gran Guerra con objeto de identificar unos
criterios básicos (la doctrina) que hicieran posible alcanzar la victoria en
cualquier circunstancia.
A lo largo
de los años veinte y treinta se desarrolló en toda Europa un intenso debate
sobre la necesidad o no de disponer de un instrumento de esas características.
Frente los doctrinarios entusiastas, otros
teóricos militares abogaban por la permanente adaptación a las circunstancias
(terreno, enemigo, medios) y aventuraban que la imposición de criterios rígidos
derivaría en que los mandos militares aplicaran mecánicamente unos
procedimientos preestablecidos que, quizá, no fueran los más adecuados a las
condiciones reales del momento y lugar[2].
En la URSS
se enfrentaron también dos escuelas de pensamiento basadas en principios
similares a los expuestos, y el debate entre ellas alcanzó su punto culminante
durante la conferencia de delegados militares en el XI Congreso del Partido
Comunista Ruso (bolchevique), en abril de 1922, poco después de terminar la
guerra civil rusa. El entonces Comisario del Pueblo para Asuntos Militares y
Navales, Lev Trotsky, se opuso a la
elaboración de una Doctrina y se mostró partidario de que los militares se
concentraran en la resolución de problemas prácticos. El que más tarde sería su
sucesor, Mijaíl Frunze, encabezó las
filas de los doctrinarios (Kokoshin, 1997). La victoria final de Frunze sobre
Trotsky fue producto, en gran medida, de la lucha dentro del liderazgo por el
poder supremo tras la muerte de Lenin, pero también se debió al hecho de que el
enfoque doctrinario se adaptaba mejor a la naturaleza del sistema soviético,
caracterizado por la pretensión de justificar científicamente todas y cada una
de las decisiones que se adoptaban, así como por la particular situación que en
él ocupaba el mando militar como parte integrante de la elite política.
La definición de Doctrina propuesta por Frunze,
que se convertiría en la base de todas las posteriores, constataba que:
“La
doctrina militar única consiste en las enseñanzas adoptadas en un Estado
concreto que establecen el tipo de organización de las fuerzas armadas del
país, los métodos de instrucción de las tropas y su mando, sobre la base de la
visión dominante en el Estado acerca del carácter de los problemas militares
que debe afrontar y de las formas de resolverlos, las cuales se derivan de la
esencia clasista del Estado y están condicionadas por el nivel de desarrollo de
las fuerzas productivas del país” (Kokoshin, 1987).
El concepto
de Doctrina apenas cambió hasta la llegada al poder de Mijaíl Gorbachov. A
tenor de la última edición del Diccionario
Enciclopédico Militar soviético
(Ajromeiev, 1987: 240)[3],
que seguía ofreciendo una definición semejante a la de Frunze, la doctrina
militar representaba un
“sistema
de enfoques sobre la esencia, finalidades y carácter de una posible guerra
futura, sobre la preparación del país para ella y sobre las formas de
conducirla”.
Se
precisaba, además, que la Doctrina constaba de dos aspectos estrechamente
relacionados: el sociopolítico y el
técnico militar. El primero, que se consideraba determinante, tenía un
carácter de relativa permanencia, por cuanto era reflejo de la “naturaleza de clase y las finalidades
políticas del Estado”.
El aspecto
técnico militar, subordinado al sociopolítico, abarcaba las cuestiones
directamente relacionadas con la organización de las fuerzas armadas, su
dotación e instrucción, así como las formas de conducción de las operaciones
militares y de la guerra en su conjunto.
La Doctrina
representaba, sobre todo, una superestructura formal que pretendía dotar de
coherencia a un conjunto de soluciones prácticas alcanzadas a lo largo del
tiempo como consecuencia de la evolución del propio sistema soviético. Aunque
diversos elementos doctrinales impregnaban los reglamentos y otros textos normativos
soviéticos, la Doctrina, como tal, nunca llegó a traducirse en un documento
oficial único (Kokoshin, 1997:[4]).
En la
práctica, consistía en un compendio de sobreentendidos, lo bastante flexible
como para admitir en todo momento una lectura adaptada a las necesidades
políticas coyunturales. Incluso cuando Gorbachov, en mayo de 1987, empujó al
Comité Político Consultivo del Pacto de Varsovia a hacer públicos los puntos
principales de su Doctrina (la del Pacto, no la soviética, aunque puede
asumirse que la identificación entre ambas era casi total), sólo se difundió
una declaración muy general que incluía una serie de compromisos políticos de
no agresión, parecidos a los que se habían venido repitiendo retóricamente
desde hacía varias décadas (Scott, 1988: 102-103).
El concepto
de doctrina militar experimentó una clara evolución desde la época de Gorbachov
y a lo largo de los años noventa. Los primeros cambios están relacionados con
la elaboración y el desarrollo de la política exterior y de seguridad de la
perestroika y, en particular, con la voluntad de mostrar el carácter puramente
defensivo del sistema militar soviético. Así, en una entrevista publicada en
enero de 1987, el mariscal Ajroméyiev presentaba ya una versión algo ampliada
del concepto de doctrina militar, que caracterizaba como un “sistema de puntos de vista fundamentales
sobre la esencia y la prevención
de la guerra”[5].
La primera
definición de doctrina militar rusa constituyó una fórmula de transición,
todavía estrechamente emparentada con la que había sido utilizada durante la
perestroika. Así, según las Bases de la doctrina militar de 1993, ésta
consistía en
“un
sistema de enfoques adoptado oficialmente por el Estado sobre la prevención de
las guerras y conflictos armados, la organización militar, la preparación del
país para la defensa, la organización de contramedidas ante las amenazas a la
seguridad militar del Estado y sobre la utilización de las fuerzas armadas de
la Federación Rusa y otras tropas para la defensa de los intereses vitales de
la Federación Rusa” (“Osnovnyje
polozenija...”, 1993).
Se trata de
una acepción coincidente, en esencia con la empleada durante la fase final de
la perestroika, de la que se diferencia por la mención explícita a “otras tropas” (Ministerio del Interior),
algo que implica el reconocimiento expreso de que el conflicto interno
constituía una de las amenazas principales a las que tenía que hacer frente el
sistema de seguridad del país (Holcomb/Boll, 1994:[6]).
Durante los
años noventa se produjo un proceso de maduración del pensamiento doctrinal,
conforme a las nuevas circunstancias de la Rusia independiente y a un entorno
internacional muy distinto del que había prevalecido durante las décadas
anteriores. La Doctrina pasó a formar parte de un conjunto de documentos
legales (Concepto de Seguridad Nacional, Concepto de Política Exterior) que
establecían las líneas directrices de la política exterior y de seguridad de
Rusia a medio y largo plazo.
Fruto de
esta adaptación es la definición que incorpora la Doctrina de 2000,
completamente novedosa:
“conjunto
de posturas oficiales que determinan los fundamentos político-militares,
estratégico-militares y económico-militares de la garantía de la seguridad
militar de la Federación Rusa”.
Como puede
verse, en ella ha desaparecido toda referencia expresa a la guerra (ni siquiera
en sentido negativo: prevención de la guerra) y la misma formulación de la
Doctrina queda supeditada a la elaboración previa del concepto de seguridad
militar.
El propósito
de este artículo es analizar la evolución que ha experimentado la doctrina
militar rusa desde la disolución de la URSS, en diciembre de 1991, y
relacionarla con el proceso de creación y desarrollo de una política exterior
propia de la Federación Rusa. Estudiaremos la forma en que tanto la Doctrina
como la política exterior se han desprendido de la herencia soviética, su
origen, y han asumido la nueva realidad de la existencia de Rusia como Estado
independiente, con una posición internacional menos sólida que la que tuvo la
URSS, y con unos aliados y responsabilidades distintos. Concluiremos que en
estos momentos la Doctrina rusa ha alcanzado ya un grado elevado de madurez,
circunstancia que permite prever que su desarrollo dependerá, sobre todo, de
las transformaciones que se produzcan en el panorama internacional y, en
particular, de la posición que Rusia adopte en relación con la construcción de
un sistema de seguridad paneuropeo.
LOS CAMBIOS EN LA ESCENA
INTERNACIONAL COMO FACTOR DETERMINANTE DE LA EVOLUCIÓN DE
Tal y como
avanzábamos en nuestra introducción, la evolución de la Doctrina se ha visto
fuertemente condicionada por los acontecimientos internacionales que se han
sucedido a lo largo de los últimos diez años. Este hecho obliga a aludir a los
cambios acaecidos en ese período en el sector exterior al objeto de identificar
los intereses rusos en el controvertido campo de la seguridad y defensa, y de
determinar su influencia sobre la elaboración de aquel texto.
Cuando Rusia
se separa de la URSS, a finales de diciembre de 1991, irrumpe en la escena
internacional en unas condiciones radicalmente distintas a las que habían
estado vigentes en etapas anteriores. Con un régimen político nuevo, unas
fronteras diferentes y un entorno geopolítico también transformado, la
Federación Rusa tuvo que enfrentarse en muchos aspectos a problemas similares a
los de los nuevos estados (Ivanov, 2001:[7]).
A lo largo de los años noventa se desarrollará un proceso de toma de conciencia
de la identidad rusa y se delimitarán los intereses fundamentales del Estado,
lo que acabará conduciendo a la formulación, en el año 2000, de los Conceptos
de
Seguridad
Nacional y de Política Exterior, así como de una doctrina militar, con vocación
de permanencia.
En el
momento de la independencia se entendió que las prioridades exteriores del
Estado se debían centrar en el
·
reconocimiento internacional de la Federación Rusa como sucesor único de la
URSS 5;
· en el
mantenimiento, en lo posible, del estatuto de gran potencia; y
· en
garantizar la seguridad militar del país.
Son, como
vemos, tres objetivos ligados al poder del Estado y a su seguridad, que
reflejan la continuidad con respecto a la política exterior soviética, enfocada
tradicionalmente en estas direcciones. Sin embargo, las cuestiones económicas,
que ocupaban una parte importante de las relaciones exteriores de Rusia y
condicionaban su actuación internacional, no se consideraban aún un objetivo
prioritario.
Durante el
mandato de Andrei Kozyrev como ministro de Asuntos Exteriores (1992-96), la
política exterior rusa mostraba una orientación manifiestamente prooccidental.
Superadas
las anteriores contradicciones ideológicas, las directrices que inspiraban
la gestión exterior del Estado ruso
reflejaban entonces un sentimiento generalizado de optimismo acerca de cómo se
articularía en el futuro un sistema de relaciones entre países que ya no se
consideraban rivales y que parecían comprometidos a establecer nuevos esquemas
de colaboración en los ámbitos político, económico y de seguridad (Konovalov,
2001).
Pero los
dirigentes rusos constataron pronto que el final de la Guerra Fría había sido
interpretado de forma idílica, subestimando la dimensión de los cambios que
aparecerían después de extinguirse la anterior estructura bipolar. A finales de
mayo de 1992,
Rusia hacía
causa común con Occidente para la aprobación en el Consejo de Seguridad
de la ONU
(CSNU) de una resolución que imponía sanciones a la República Federal de
Yugoslavia
(RFY) (Guskova, 1993: 71-72), pero ésta sería la última ocasión en que Moscú
alcanzara un acuerdo de forma natural y sin problemas con las potencias
occidentales. A las pocas semanas, la mayoría parlamentaria en el Soviet Supremo
ya se oponía abiertamente a la política de Kozyrev y pedía a los representantes
rusos una actitud de mayor firmeza frente a los Estados Unidos (Guskova, 1993:
232-2333).
En los años
sucesivos se siguieron acumulando causas de fricción entre Rusia y Occidente.
Particularmente grave fue la decisión atlántica (enero de 1994) de proceder a
la ampliación hacia el Este de la Alianza, algo que Moscú consideró como
gravemente lesivo para sus intereses nacionales, y peligroso para su seguridad.
La expansión de la OTAN hacia los antiguos satélites de la URSS fue asumida por
la mayor parte de la sociedad rusa como “un
acercamiento del peligro a las fronteras de Rusia”. Estas tensiones se
mantuvieron a pesar de la adhesión rusa a la Asociación para la Paz (APP) en junio
de 1994 y del inicio de un nuevo nivel de entendimiento ruso-occidental con la
firma del “Acta Fundacional sobre las
relaciones, la cooperación y la seguridad mutuas”
(“Founding
Act...”, 1997) en mayo de 1997, así como con la constitución del Consejo Permanente
Conjunto (CPC).
La
sustitución, en febrero de 1996, de Andréi Kózyrev por Eugueni Primakov marca
el comienzo de una nueva etapa, en la política exterior rusa, caracterizada por
un cierto distanciamiento de Occidente, con el que, a pesar de todo, se
mantendría en el terreno práctico un grado importante de cooperación. Primakov,
antiguo jerarca soviético y, a partir de finales de 1991, director del Servicio
de Inteligencia Exterior 6, abogaba por una actitud rusa más independiente en
el terreno exterior y por una defensa más enérgica de los intereses del Estado
7.
De hecho,
uno de los objetivos de Primakov fue asegurar que Rusia tuviese voz en las
principales instituciones de seguridad euro-atlánticas e influencia en la toma
de decisiones. Aunque la nueva posición oficial de Moscú puede interpretarse
como una reacción a la estrategia de la Alianza Atlántica, que se mostraba poco
sensible hacia las pretensiones de Rusia, en ella también influyeron otros
factores que aconsejaban la ruptura de la sintonía con Occidente. En efecto, la
postura de la cúpula política de Rusia se derivaba, asimismo, de la sensación
de aislamiento que afectaba al país, reforzada por el entorno internacional, en
el que quedaba patente la progresiva pérdida del “parachoques de seguridad”
que, en su día, conformaban los integrantes del Pacto de Varsovia.
Sólo razones
de pragmatismo político condujeron al Kremlin a asumir, no sin oposición
interna, una ampliación de la OTAN que no podía frenar. Tras la primera ola de
adhesiones, el comportamiento ruso siguió orientado a limitar los efectos de
dicha ampliación, a conseguir las máximas garantías al respecto y a extraer, en
la medida de lo posible, algún beneficio del proceso[8].
Tras la
adhesión de Polonia, Hungría y República Checa a la Alianza, Rusia reforzó su
oposición al proceso de ampliación y, en concreto, a la eventual inclusión en
él de los tres estados bálticos. Quizá por nostalgia de la época soviética y
por vivir en ellos una fuerte minoría rusófona, Moscú insistía en aplicarles el
viejo concepto de “esferas de influencia”,
es decir, en reservarse el derecho a decidir cuál debía ser la política de
alianzas y el porvenir de países que, de hecho, eran plenamente independientes
y soberanos (Taibo, 2000: 274).
Aun con
todo, el mandato de Primakov como ministro de Asuntos Exteriores y,
posteriormente (septiembre de 1998), como primer ministro se caracterizó por un
progresivo incremento de la cooperación ruso-aliada, lo que creó expectativas
prometedoras para el futuro de dicho diálogo.
Sin embargo,
la pervivencia de estereotipos de la Guerra Fría, así como la contradicción que
suponía la voluntad de Primakov de restaurar el papel de gran potencia de Rusia
con los escasos medios de que disponía el país, se convirtieron en un grave
obstáculo para el desarrollo de la cooperación. Para los rusos, privados de la
posibilidad de influir en las políticas de la OTAN antes de la toma de
decisiones, el formato “19+
La
utilización de la fuerza por parte de la OTAN sin resolución expresa del CSNU
devaluó no sólo el derecho de veto de Rusia, sino también el verdadero peso
internacional de la anterior superpotencia, que apareció impotente para impedir
una operación militar internacional en un ámbito que tradicionalmente había
considerado clave para su posición preeminente en Europa. El hecho de que el
objetivo del ataque atlántico fuera un país, la República Federal de
Yugoslavia, que Rusia consideraba como un aliado menor, se interpretó en Moscú
como prueba adicional de que Occidente no estaba dispuesto a respetar ni
siquiera sus intereses mínimos. La congelación de las relaciones fue la
confirmación de las dificultades existentes entre ambas partes y de sus
planteamientos divergentes en la escena internacional.
Cualquier
iniciativa proveniente de la Organización Atlántica era rechazada de inmediato
por las autoridades rusas, cuya gestión exterior se encontraba, además,
mediatizada por la violenta reacción de la opinión pública interna frente a la
operación de la OTAN contra Yugoslavia, pero, sobre todo, por la percepción
negativa que a raíz de esa crisis se extendió en las fuerzas militares de la
Federación Rusa, donde se llegó a mantener la impresión de que las acciones
aliadas en los Balcanes suponían en realidad un primer paso en las pretensiones
de la Alianza de intervenir en otros focos de conflicto, entre los que se
citaba de manera expresa el Cáucaso (Antonenko,1999-2000).
De igual
forma, la adopción del Nuevo Concepto
Estratégico de la Alianza en la cumbre de Washington (primavera de 1999), y la
intención manifiesta de la OTAN de intervenir en cualquier lugar del continente
europeo en defensa de la estabilidad y de los derechos humanos despertaron
temores en Moscú sobre dónde atacarían los aliados la próxima vez.
En agosto de
1999, Eugueni Primakov fue sustituido como primer ministro ruso por el antiguo
oficial de la KGB Vladímir Putin, quien pocos meses más tarde, se convertía en
presidente interino y, en marzo de 2000, sería elegido presidente de Rusia.
En el
comienzo de su mandato, el nuevo líder abordará la compleja recapitulación de
toda la experiencia acumulada en materia de política exterior y de seguridad
desde la desintegración de la URSS, trabajo que quedará plasmado en tres
documentos básicos:
-
el Concepto de
Seguridad Nacional,
-
la doctrina militar
y el
-
Concepto de
Política Exterior[9].
La gestión
de Putin se caracterizará por la rehabilitación de parte de la herencia
soviética, en el terreno simbólico; por una marcada continuidad con respecto a
la etapa anterior en lo que se refiere a objetivos estatales; y por un notable
pragmatismo en la ejecución de la política exterior. La recuperación económica
le permitirá, además, gozar de una libertad de acción muy superior a la que
tuvo su predecesor.
El Concepto
de Política Exterior de 2000 (“National Security Concept...”, 2000) supone una
innovación destacable con respecto a los principios que habían regido la
actuación internacional rusa (soviética) durante las décadas anteriores.
Superada la orientación preferente hacia temas de seguridad, la acción exterior
de la Federación perseguirá como objetivo prioritario el afianzamiento del
poder del Estado, aspiración que se pondrá de manifiesto en el Concepto, que se
basa en tres pilares fundamentales:
-
la mejora de la
situación económica interna,
-
la lucha contra el
terrorismo internacional y la
-
búsqueda de un
mundo multipolar.
Como destaca
el ministro de Asuntos Exteriores, Igor Ivanov, la política exterior rusa de la
era Putin está enfocada a crear unas condiciones óptimas para el desarrollo de
la economía del país, por lo que se establecerán como principales tareas el
mantenimiento de la estabilidad estratégica y la creación en torno a Rusia de
un cinturón de buena vecindad, en un intento de diseñar una línea de actuación
internacional realista y predecible (“Otvety...”, 2001).
Desde el
punto de vista declaratorio, la política exterior de Putin es “multivectorial”
y se dirige tanto hacia Asia como hacia la región euro-atlántica (Meshkov,
2002), sin que prime un área geográfica o grupo de países sobre otros. En la
práctica, sin embargo, la atención paralela a Europa y Asia implica
necesariamente una orientación prioritaria hacia los Estados Unidos, única
potencia con la que Rusia se encuentra en ambos escenarios. Esta tendencia,
vigente ya durante la época soviética (las relaciones entre las dos
superpotencias constituían la base del orden internacional), se adapta, además,
a un rasgo singular de los sucesivos regímenes ruso-soviéticos, marcados por un
elevado personalismo.
A las
autoridades rusas les resulta más fácil tratar con una potencia exterior “personalizable”, los Estados Unidos, que
con un interlocutor abstracto, como pueda serlo la Unión Europea.
En cualquier
caso, la elección de Putin como presidente de Rusia ha allanado el camino para
la restauración de una relación más fluida con la OTAN, de forma que en mayo de
2000 se reanudaron las actividades del CPC. Desde entonces, y a pesar del
rechazo internacional a las operaciones rusas en Chechenia, Rusia y la Alianza
Atlántica incrementaron progresivamente el alcance de sus actividades
conjuntas. En la primavera de 2001, tras la apertura en febrero de ese mismo
año de la Oficina de Información de la OTAN en Moscú, la agenda del CPC era
casi tan extensa como a finales de 1998.
La llegada
de Putin al poder ha supuesto, asimismo, un punto de inflexión en la política
de Moscú hacia la UE, a la que se ha pasado a prestar más atención que en
épocas anteriores. Comprometido con el empeño de articular un sistema
paneuropeo de seguridad, Putin observa con detenimiento cualquier iniciativa
que se plantee en este sentido y concede un peso específico a los países
europeos y al desarrollo de la Política Europea de Seguridad y Defensa. Además
y, como consecuencia del rumbo que habían tomado las relaciones con la OTAN
tras la guerra de Kosovo, Moscú se esforzó por establecer contactos bilaterales
con los aliados europeos al margen de la Alianza, en un intento de equilibrar
el papel preeminente de los Estados Unidos en la OTAN, así como de intensificar
en el plano institucional sus relaciones con
Así, las
conversaciones de Rusia con la UE han progresado independientemente de las
fricciones en el diálogo de Rusia con la OTAN, y a pesar de que los principales
socios europeos lo son, asimismo, de la Alianza y, por tanto, responsables de
las decisiones que se adoptan en ese foro. El Kremlin persigue alcanzar una
asociación con Europa en la que Moscú participaría en pie de igualdad con los
restantes miembros, erigiéndose ese vínculo en un polo alternativo a los
Estados Unidos en la escena internacional.
Sin embargo,
hasta hace poco tiempo las autoridades rusas desconocían en gran medida el
proceso de integración europea, infravaloraban la complejidad de las
instituciones y mecanismos comunitarios y mostraban una clara incomprensión
hacia los valores de la Unión. Eso hacía que las conversaciones con la UE se
circunscribieran básicamente a aspectos de carácter económico.
En la
actualidad, las relaciones de Rusia con la Unión están marcadas por fuertes
contradicciones (Timmermann, 1999), derivadas, parcialmente, de la búsqueda
rusa de una nueva identidad en el ámbito internacional. No obstante, se han
producido avances significativos, como la adopción de la “Estrategia Común de
la Unión Europea para Rusia” (“Common Strategy of the European Union...”,
1999), en junio de 1999, que se remite al Acuerdo de Asociación y Cooperación
en vigor desde 1997, y que pretende articular un diálogo político permanente
entre las dos partes, al objeto de acercar posiciones y encontrar soluciones
comunes ante retos colectivos.
El propio
Putin expresó con énfasis que “si la
Unión comparte el interés ruso, el nuevo siglo podría suponer el punto de
partida de una estrecha cooperación ruso-comunitaria” [10]
y dio respuesta a la “Estrategia común” con la aprobación de la “Estrategia a
medio plazo para el desarrollo de las relaciones entre la Federación Rusa y la
Unión Europea (2000-2010)” [“Medium-term Strategy...”, 2000]. Cabe llamar la
atención sobre el hecho de que fue Putin el que presentó dicho documento,
circunstancia que permite considerarlo como una auténtica declaración de principios
sobre Europa y, en concreto, sobre
Aun con
todo, la actitud de Rusia respecto al proceso de ampliación de la Unión hacia
el Este es ambivalente. Por una parte, reconoce con realismo que resulta
inevitable, y aprecia las ventajas de que una fuerza exterior, la propia UE, se
encargue de verificar que algunos de los candidatos (los países bálticos) se
adaptan a los elevados estándares de protección de los derechos humanos y
colectivos en vigor en la parte occidental del continente [Avdeiev, 2000] [“Otvety...”,
2001]. En un plano más práctico, sin embargo, se quiere evitar que la
ampliación redunde en perjuicio del comercio ruso con los países de Europa
Centrooriental (“Otvety...”, 2001). Finalmente, se teme que la integración en
la UE de los actuales candidatos pueda conducir al aislamiento de Rusia, en el
supuesto que este país quedara excluido de políticas comunes como el espacio de
Schengen.
De ahí que
Moscú aspire a incrementar progresivamente el diálogo con Bruselas, con el fin
de prevenir la intensificación de las diferencias que se están produciendo ya
entre la frontera occidental de Rusia y los límites territoriales de la Unión.
Un claro ejemplo de esta aproximación ruso-comunitaria lo constituye la
reciente cumbre de Moscú (28 de mayo de 2002), uno de cuyos temas centrales fue
la búsqueda de una solución para el enclave de Kaliningrado.
Los límites
de esta apertura de Rusia hacia la UE vienen marcados por la aún evidente
adhesión de las elites moscovitas a la idea de la multipolaridad y por el
vacilante europeísmo de los rusos, muchos de los cuales siguen sintiéndose más
cómodos pensando en su país como en algo diferente, de carácter más
euroasiático que propiamente europeo. El mismo Putin sentenciaba en su
“Estrategia a medio plazo” que
“como
potencia mundial situada entre dos continentes, Rusia debería mantener la
libertad de determinar e implementar su política interior y exterior, su
estatuto (...) y la independencia de sus posturas y actividades en las
organizaciones internacionales”.
Un análisis
de las referidas declaraciones conduce a valorar que Rusia pretende consolidar
una posición independiente en el panorama político internacional, aunque
intenta no permanecer al margen de los procesos integradores que se están
desarrollando en la actualidad.
1993: PRIMERA DOCTRINA
MILITAR POSTSOVIÉTICA
Para
comprender en su plenitud las doctrinas de 1993 y 2000, y evaluar la naturaleza
de las soluciones que en ellas se preconizan hemos querido situar ambos
documentos en el contexto histórico en el que surgieron. Después de todo, hace
apenas una década que acabó la Guerra Fría, y las transformaciones acaecidas
desde entonces en la escena internacional han influido, como se pondrá de
manifiesto a lo largo de nuestra exposición, en la gestación de los dos textos
a que nos referimos.
Aunque en
1990 se había hecho público un borrador de la Doctrina soviética, fue en 1993 cuando, por primera vez en la historia
de la URSS/Rusia, se aprobó formalmente la doctrina militar del país
(“Osnovnyje polozenija...”, 1993). Se trataba de un documento transitorio, en
el que se efectuaba una aproximación inicial al nuevo papel de Rusia en el
mundo, así como a la posición de sus fuerzas armadas en el conjunto del sistema estatal, tras la desaparición de la
Unión Soviética y el final del sistema bipolar de relaciones internacionales.
Este texto
refleja la incidencia de dos elementos contradictorios entre sí: la fuerza de
la rutina, muy importante en un Ejército que continuaba planeando grandes
ofensivas años después de que Gorbachov hubiera proclamado la vocación
puramente defensiva de las fuerzas
armadas del país (Holcomb/Boll, 1994: 16-19), y la evidencia de que la Doctrina soviética había resultado inadecuada
para proteger al país de enemigos distintos a la confrontación global con el
capitalismo (Holcomb/Boll, 1994: 20).
La Doctrina
soviética no reconocía la existencia de conflictos armados internos y no
preveía el uso de fuerzas militares en misiones de apoyo a las tropas del
Ministerio del Interior. Los desgraciados acontecimientos de los años finales
de la perestroika (los sucesos de Tbilisi, Bakú, Vilnius, etc.), cuando el
Ejército recibió órdenes de actuar contra civiles desarmados, no hicieron sino
reforzar el descontento de los militares por tener que intervenir en conflictos
internos. La experiencia de los primeros dos años tras la ruptura de la URSS
mostraba, sin embargo, que este tipo de acciones era cada vez más frecuente,
dada la incapacidad de las tropas del Ministerio del Interior para controlar los
numerosos estallidos de violencia.
A pesar de
que en el verano de 1992 ya se había publicado un primer borrador, la
elaboración de la Doctrina quedó prácticamente interrumpida durante todo un
año. Sin embargo, cuando en octubre de 1993, Yeltsin, con el respaldo decisivo
del Ejército, consiguió aplastar la resistencia de sus enemigos políticos,
atrincherados en la sede del Soviet Supremo ruso (la “Casa Blanca”), una de sus
primeras medidas fue hacerse eco de las preocupaciones corporativas de los militares
y aceptar, el día seis del mismo mes, el proyecto definitivo de una Doctrina
que legitimaba la actuación del Ejército dentro de las fronteras del país
(Kirshin, 1993).
La Doctrina
de 1993 intentaba conciliar elementos tan dispares como el occidentalismo un
poco ingenuo de la política exterior rusa en la época del ministro Kózyrev, la
sensación de vulnerabilidad del país, mucho menos poderoso que en la época
soviética, y los conflictos reales, de carácter étnico, con los que se
enfrentaba a diario el Ejército ruso.
Como señala
Jacob Kipp, a diferencia del pasado, en que la ideología influía decisivamente
sobre la determinación de la amenaza y de los medios para hacerle frente,
“la
era postsoviética está dominada por la preocupación sobre la estabilidad del
propio Ejército, la prevención de la guerra, la emergencia de la geopolítica
como una nueva teoría de campo, y el problema de la gestión de conflictos en el
extranjero próximo”[11]
(Kipp, 1995).
Partiendo de
estas premisas, un conflicto armado global ya no se consideraba inevitable, ni
próximo, y el concepto de amenaza fue reemplazado por el de riesgo:
“el
final de la Guerra Fría eliminó la amenaza ideológicamente asumida de una guerra
general contra una coalición global de potencias hostiles, encabezada por los
Estados Unidos, y transformó así la amenaza inmediata en peligros más
generales” (Kipp, 1995).
Las amenazas
reales para la seguridad del país se percibían, más bien, dentro de las
fronteras de la antigua Unión Soviética: conflictos étnicos y fronterizos, con
o sin participación rusa; discriminación de los ciudadanos rusos o rusófonos en
algunos de los nuevos estados independientes; participación de estos estados en
alianzas potencialmente hostiles a la Federación Rusa, etc.
Todos estos
condicionantes, tan distintos de los que imperaban en la época soviética,
contribuyeron a que la primera Doctrina tras la independencia supusiera un
cambio radical en la política de defensa y militar de Rusia, a pesar de que se
había trabajado sobre una base conceptual heredada y aprovechando borradores
anteriores. De ahí que, como afirma Valentín Larionov[12]
(Larionov, 1994), la Doctrina incorporara ya en la fase inicial tres
importantes novedades:
-
la exclusión de la solemne renuncia a ser los primeros en hacer uso de armas
nucleares,
-
la autorización al Ejército a participar en la resolución de conflictos
internos y
-
la declaración de intenciones respecto a la implicación activa en operaciones
de mantenimiento de la paz en las regiones fronterizas con Rusia.
El documento
de 1993 no contenía una definición explícita de qué se entiende por guerra, ni
tampoco de los tipos de guerra en los que Rusia podría verse implicada.
Consideraba muy poco probables el conflicto nuclear, o el conflicto
convencional con otras grandes potencias, y mucho más las guerras locales de
objetivos limitados, así como los conflictos armados dentro de las fronteras de
Rusia.
La versión
desclasificada de la Doctrina no enumeraba amenazas concretas[13],
sino un listado general de fuentes de riesgo[14]
para la seguridad de la Federación Rusa, tanto de carácter externo como
interno. Las primeras podían agruparse, como lo hace el general Gareiev
(Gareiev, 1999), en tres grandes grupos:
-
Las armas nucleares de otras potencias, todas ellas orientadas contra Rusia. El
peligro de proliferación de armamento nuclear.
-
La política a largo plazo de las grandes potencias, cuyo objetivo es limitar la
independencia de Rusia actuando desde dentro, mediante el fomento del
terrorismo y de los conflictos internos o fronterizos. Aspiraciones de dominar
el mundo por parte de algunos países.
-
Existencia de fuertes concentraciones militares en la proximidad de las
fronteras rusas. Ampliación de
La mayor
parte de las directrices que la versión no clasificada de la Doctrina
establecía
para
garantizar la seguridad de la Federación Rusa tenía carácter
político-diplomático (política de alianzas, inclusión de Rusia en sistemas
colectivos de seguridad, mejora de los mecanismos de control de la
proliferación de armamento, etc.), mientras que las disposiciones de índole
puramente militar (mantenimiento de la capacidad de combate de las fuerzas
armadas y otras tropas a un nivel que garantiza de forma fiable la protección
de los intereses vitales de Rusia; la prevención de los daños a la seguridad de
la Federación Rusa como consecuencia de la violación de acuerdos anteriores de
desarme convencional o nuclear) resultaban muy vagas. Quizá el único aspecto
recogido de forma explícita en la Doctrina era el del posible uso de armas
nucleares. Frente a la tradición soviética previa a Gorbachov, que consideraba
las armas nucleares un elemento más de combate y preveía su uso en ciertas
circunstancias, y la de la época de la perestroika, caracterizada por la
renuncia al primer uso, la Doctrina de 1993 introducía la idea de disuasión y
convertía el armamento nuclear en garantía suprema de la seguridad del país[15].
Así, a tenor
del documento de 1993, (“Osnovnyje
polozenija...”, 1993, punto 2.1) la
Federación
Rusa,
“no
empleará sus armas nucleares contra estados que sean parte del Tratado de no
proliferación (...) y no posean armas nucleares excepto en los casos de: a)
ataque armado contra la Federación Rusa, su territorio, sus fuerzas armadas,
otras tropas o sus aliados por parte de cualquier Estado ligado mediante un
acuerdo de alianza con un Estado que posea armas nucleares; b) acciones
conjuntas de ese Estado con otro que posea armas nucleares para llevar a cabo o
apoyar una invasión o ataque armado contra la Federación Rusa, su territorio,
sus fuerzas armadas, otras tropas o sus aliados”.
En
definitiva, a partir de 1993 Rusia consideró el arma nuclear como un medio de
disuasión frente a posibles ataques convencionales, tanto contra el Estado ruso
como contra sus aliados, quedando excluida de posibles represalias nucleares
únicamente los países neutrales no nuclearizados.
Aunque la
Doctrina atribuía una gran importancia a los medios diplomáticos para
garantizar la seguridad del país, la delimitación de la política de alianzas
evidenciaba el aislamiento ruso en la escena mundial. De los tres niveles de
cooperación internacional enumerados, sólo el primero se correspondía con una
auténtica alianza, y en él estaban incluidos de forma exclusiva los países de
la Comunidad de Estados Independientes que habían suscrito con Rusia el tratado
de seguridad colectiva. En virtud de esa alianza, en su esencia asimétrica, la
Federación Rusa concedía garantías de seguridad a las demás repúblicas,
compromiso que se traducía en la eventual actuación militar rusa fuera de sus
fronteras, en Tadzhikistán, por ejemplo.
En cuanto a
los dos niveles de cooperación restantes, la Doctrina los abordaba de manera
muy general. En cualquier caso, no cabe calificarlos de alianzas, sino de
“escenarios” en los que Rusia defendería sus intereses de seguridad por la vía
diplomática, oponiéndose a socios que, en ocasiones, sostendrían intereses
opuestos. En el primero de estos escenarios estaban comprendidos los países
miembros de la Organización de Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE), así
como otros estados y estructuras de seguridad (por ejemplo, la OTAN) situados
en las proximidades de las fronteras rusas. Al segundo y último pertenecía toda
la comunidad internacional, representada por las Naciones Unidas y su Consejo
de Seguridad.
2000: ¿UNA DOCTRINA MILITAR
PARA EL FUTURO?
La Doctrina
del año 2000 es producto de la evolución registrada en el terreno de la
política exterior y de seguridad de la Federación Rusa a lo largo de los años
noventa. Aunque no contiene grandes novedades con respecto a la de 1993, sí se
muestra más alejada de la herencia soviética, presenta una mejor
sistematización e incluye referencias más concretas a los problemas reales de
seguridad que deberá afrontar el país en el comienzo del nuevo milenio.
A diferencia
de lo que ocurría en la época soviética, en que la Doctrina constituía una
construcción relativamente independiente, la del año 2000 se deriva de un concepto
previo, el de Seguridad Nacional, que abarca e integra los aspectos más
importantes de la política del Estado. El Concepto de Política de Seguridad,
aprobado el 17 de diciembre de 1999 (“National Security Concept...”, 2000),
comprende versiones embrionarias de la Doctrina y del Concepto de Política
Exterior – que se aprobarían pocos meses más tarde – y parte de la
consideración de que en la escena internacional se observan dos tendencias
enfrentadas: la unipolar, liderada por los Estados Unidos y sus aliados, y la
multipolar. El Concepto reconoce que
“objetivamente,
existe una comunidad de intereses entre Rusia y otros estados en muchos
problemas de seguridad internacional, incluyendo la resistencia a la
proliferación de armas de destrucción masiva, la prevención y resolución de
conflictos internacionales, la lucha contra el terrorismo internacional y el
tráfico de drogas”, pero, al mismo tiempo, constata que “algunos estados han
incrementado sus esfuerzos para debilitar la posición de Rusia en los terrenos
político, económico, militar y otros”.
De ahí que
en el documento se valore que
“estos
intentos de ignorar los intereses de Rusia en el tratamiento de los principales
problemas en las relaciones internacionales, incluyendo situaciones de conflicto,
pueden minar la seguridad y la estabilidad internacionales y ralentizar los
cambios positivos en las relaciones internacionales” (“National Security
Concept...”, 2000).
El Concepto
de Política de Seguridad y la doctrina militar de 2000 se redactaron bajo el
impacto de las acciones de la OTAN contra Yugoslavia en 1999, que Rusia valoró
como un peligroso precedente. De ahí que la primera de las tres grandes
amenazas apuntadas en la Doctrina de 1993 (acciones contra la estabilidad
interna del país) se contemplara como una hipótesis mucho más probable, y que
dicha apreciación quedara reconocida de manera explícita en el Concepto de
Política de Seguridad: “El nivel y la escala de las amenazas militares han
aumentado”.
Es verdad
que la Doctrina sigue admitiendo la disuasión nuclear como protección última
frente a operaciones similares a la desarrollada contra Yugoslavia, pero
especialistas de renombre, como el general del Ejército Gareiev[16],
consideran muy improbable una represalia nuclear como respuesta a una acción
diferente a un ataque nuclear enemigo. En la presente situación de debilidad
militar de Rusia, la única alternativa posible consistiría en reforzar los
elementos de multipolaridad existentes en el sistema internacional, así como
las organizaciones (ONU, OSCE) y normas que los encarnan.
En este
sentido, la esperanza de Moscú consistiría en un futuro acercamiento a otras
grandes potencias no occidentales (China, India) que, aunque orientadas en la
actualidad hacia la cooperación con los Estados Unidos y la UE, comparten con
Rusia el interés por evitar en sus respectivos territorios un nuevo Kosovo
(Gareiev, 1999).
Por lo que
se refiere a su contenido concreto, la Doctrina de 2000 no determina qué debe
entenderse por guerra, aunque sí incorpora una clasificación (justa o injusta;
con uso o no de armas nucleares y otro armamento de destrucción masiva; local,
regional o global) y enumera las características generales de la guerra
moderna: influencia sobre todas las esferas de la actividad humana, carácter de
coalición, amplio uso de medios de ataque a distancia y electrónicos,
confrontación informativa, la desorganización del sistema de dirección estatal
y militar del enemigo como objetivo prioritario, etc.
Además, el
documento introduce un nuevo concepto, el de “conflicto armado”, que tampoco define, pero que parece similar a lo
que en Occidente se denomina “conflicto
de baja intensidad”. En efecto, las características que le atribuye la
Doctrina van precisamente en este sentido: alto grado de implicación de la
población local, empleo de fuerzas irregulares, amplio uso de acciones
terroristas o de comando, necesidad de dedicar una parte considerable de los
recursos a la protección de vías de comunicación, difícil situación
psicológico-moral en la que debe actuar el Ejército, etc.
La
superación de la etapa idealista en la política exterior rusa, durante la cual
se elaboró el texto de 1993, hace que en la Doctrina de 2000 se abandone el
concepto de “riesgos” y se retorne al término tradicional de “amenazas”. La
lista de amenazas no contiene, sin embargo, ninguna novedad significativa con
respecto a la anterior de riesgos, y las variaciones que se aprecian afectan
casi exclusivamente a la redacción.
La adición
más llamativa es la de las acciones informativas hostiles contra Rusia y sus
aliados, algo que, a la luz de la experiencia en la antigua Yugoslavia, parece
constituir una de las formas preferentes de conflicto en el mundo
contemporáneo.
Por lo que
respecta a los medios con los que hacer frente a estas amenazas, el documento
de 2000 mantiene la posibilidad de emplear las fuerzas armadas y otras tropas
(las del Ministerio del Interior, por ejemplo) tanto para rechazar una agresión
contra el país, como para cumplir las
obligaciones internacionales o hacer frente a amenazas de tipo interno:
acciones anticonstitucionales, levantamientos armados, etc. Como ya ocurría en
la Doctrina de 1993, el fundamento de la defensa frente a agresiones externas
lo constituye la disuasión nuclear. Por ello, se mantiene prácticamente en los
mismos términos la posibilidad de utilizar armas nucleares incluso en primer
lugar y contra países no nuclearizados.
No obstante,
se precisa más el contexto en que estas armas pueden emplearse: como respuesta
al uso de armas nucleares contra Rusia o sus
aliados, o bien para rechazar una agresión
convencional a gran escala en situaciones críticas para la seguridad nacional de
Rusia.
Cambia, por
último, la consideración de las alianzas militares. La evolución de la CEI y la
desigual coordinación de las políticas de defensa de los estados miembros hacen
que la Doctrina deje de considerarlos a todos en el mismo plano. Así, el
documento establece un primer nivel (integración defensiva plena), en el que
sólo se incluye a Bielorrusia, cuya seguridad queda garantizada en el mismo
grado que la de la propia Rusia.
En un
segundo plano se sitúan todos los otros aliados de la CEI, mientras que en el
tercero se encuentra la comunidad internacional en general, sin referencias
directas o indirectas a alianzas regionales, como podría ser
EVOLUCIÓN TRAS EL 11 DE
SEPTIEMBRE
Los dos
primeros años de Vladímir Putin en el poder han sido testigos de una cierta
recuperación de la posición internacional de Rusia. Por una parte, la situación
económica del país ha mejorado considerablemente, algo que ha servido para
incrementar la capacidad de maniobra del líder ruso en el sector exterior. Por
otra, el nuevo presidente se ha ganado una reputación de hombre pragmático y
eficaz, que controla su país y con el que se puede llegar a acuerdos
razonables. Todo ello ha permitido que se registren importantes avances en las
relaciones con la UE y con China, lo que ha desembocado en que la
administración Bush reconsidere su postura inicial neo-aislacionista y preste
mayor atención al diálogo con Moscú.
A pesar de
estos indudables éxitos, las perspectivas a largo plazo no eran demasiado
prometedoras. Por una parte, ni China ni la UE se mostraban dispuestas a
enfrentarse con los Estados Unidos en aras de la multipolaridad. Por otra,
Washington, que estaba interesado en avanzar hacia la construcción y despliegue
del sistema de Defensa contra Misiles Nucleares (NMD), podía, en último
extremo, prescindir de la opinión de Moscú y actuar unilateralmente. La
situación interna rusa, estable desde la llegada al poder de Putin, corría
riesgo de deteriorarse en el futuro si no se apreciaban resultados concretos en
un plazo breve.
El 11 de
septiembre ha revolucionado el panorama internacional y creado una situación
única en los últimos diez años. Por primera vez desde el final de la Guerra
Fría, los Estados Unidos reclamaron la ayuda de otros países y apreciaron
visiblemente la que recibieron.
Si hasta
entonces, los motivos por los que Occidente prestaba atención a Rusia eran “el
átomo, el veto y la situación”, a partir de los ataques contra las torres
gemelas y el Pentágono esta última adquirió una importancia aún mayor (Stent,
2002). La rápida reacción de Putin y su respaldo sin reservas a Washington han
abierto, en palabras de
Serguéi
Rogov, una “ventana de oportunidad”
(Rogov, 2001), por la que la política exterior rusa se ha apresurado a entrar.
Aunque con posterioridad, según se iba estabilizando la situación, se han
producido nuevos ejemplos de unilateralismo norteamericano (la denuncia del
Tratado antimisiles balísticos, ABM, en diciembre de 2001, por ejemplo) y, a
pesar de que en ciertos círculos de Moscú es palpable el desencanto ante el
escaso rendimiento que Rusia está obteniendo por su apoyo a los Estados Unidos,
lo cierto es que en el liderazgo ruso predomina la valoración positiva de lo
alcanzado.
La nueva
relación con la OTAN, que se ha concretado en la sustitución del CPC (fórmula
“19+
PERSPECTIVAS A MEDIO Y LARGO
PLAZO
Sin embargo,
aunque Moscú parece haber optado por asumir una postura conciliadora
frente a Occidente,
se mantiene la duda sobre si dicha actitud responde a una “apuesta estratégica”
o si, por el contrario, refleja la intención real de Rusia de adoptar una línea
de acción distinta a la que ha protagonizado a lo largo de la última década.
No cabe
descartar la hipótesis de que el objetivo principal de la Federación no haya
variado, es decir, que todavía persiga restaurar su condición de gran potencia
y ejercitar un poder influyente en las principales instituciones de seguridad
euro-atlánticas, así como en la toma de decisiones de la comunidad
internacional en materia de seguridad
y defensa.
En este último supuesto, las actuaciones más recientes de Putin habrían
obedecido a la voluntad del líder ruso de concentrar su política exterior en la
salvaguarda de los intereses económicos de Moscú, como un primer paso dirigido
a rehabilitar la posición del país como punto de referencia obligado y con un
renovado peso específico en el escenario internacional.
Atendiendo a
esta estrategia, Putin iría muy por delante de otros miembros de la elite rusa
de seguridad y defensa, así como de amplios sectores de la sociedad, que
consideran excesivas las concesiones que su presidente está realizando en los
últimos meses. Acontecimientos como la cumbre aliada de Praga (noviembre de
2002) pueden resultar indicativos de la previsible evolución de la situación.
Habida
cuenta de que en la actualidad los principales desafíos a la seguridad de la
Federación Rusa se derivan de la inestabilidad en el Cáucaso y en Asia Central,
resulta comprensible que Moscú haya apostado por estrechar a corto y medio
plazo la cooperación con Washington, relegando a un plano secundario la lucha
por la multipolaridad.
Además, el
puesto de Rusia entre las potencias de segundo nivel (UE, China, Japón)
depende, en gran medida, de la importancia que la superpotencia norteamericana
concede a cada una de ellas (Rogov, 2002). Por último, Rusia es consciente del
papel determinante que los Estados Unidos desempeñan en los organismos
económicos y comerciales internacionales, circunstancia que aconseja mantener
un diálogo fluido con Washington.
Por el
contrario, la estrategia de la UE hacia Rusia debe ser evaluada a largo plazo,
dado su carácter “incrementalmente
integracionista, multidimensional, multi-nivel (subnacional, nacional y
supranacional)” [De Spiegeleire, 2002].
Siguiendo la
lógica de la construcción europea, que se apoya en la intensificación de la
cooperación económica como primer escalón del proceso de integración, cabe
prever que la Federación Rusa experimentará una progresiva europeización. De
hecho, la UE es ya el primer socio comercial de Moscú y la futura ampliación
comunitaria hasta las fronteras mismas de Rusia, que afectará a más de un
millón de ruso-hablantes, favorecerá, sin duda, la aproximación de la
Federación a la UE, diluyendo paulatinamente la condición “euroasiática” del
país[17].
De forma simultánea, los intereses de ambas partes en materia de seguridad
tenderán a coincidir.
Los
argumentos enunciados reflejan un evidente cambio en el entorno internacional
de Rusia, circunstancia que debería motivar una reforma profunda de la doctrina
militar. Aunque su versión actual habla de cooperación con Occidente, las ideas
fundamentales sobre las que se basa son que Rusia continuará siendo una
potencia básicamente aislada en la escena internacional y que la Alianza
Atlántica puede, en potencia, convertirse en una fuente de amenaza para la
seguridad del país. Por el momento, Moscú no ha procedido a una revisión formal
de la Doctrina y ni siquiera ha iniciado las discusiones previas a su eventual
reforma, pero las decisiones políticas adoptadas en el pasado reciente
(cooperación militar con Estados Unidos en Asia Central, tratado de desarme
nuclear, etc.) indican que las autoridades rusas están abandonando en la
práctica el espíritu que inspiró el texto del año 2000.
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doktriny Rossijskoj Federacii”. Izvestija, 18-11-1993, p. 1 y 4. Versión inglesa: “The Basic
Provisions of the Military Doctrine of the Russian Federation”. [Consulta:
28 de febrero de 2002]
http://russia.shaps.hawaii.edu/security/russia/russia-mil-doc.html.
“Russia-CIS:
Does the West’s Position Need Modification?”. Informe
del SVR -Servicio de Inteligencia Exterior” (septiembre de 1994) [en línea]
[Consulta: 24 de mayo de 2002]
http://www.
fas-.org/irp/world/russia/docs/svr_9409.htm
“Vojennaja Doktrina Rossijskoj
Federacii”. Informacionnyj Bjulletenj MID.
24-4-2000 [en línea] [Consulta: 12 de abril de 2002] http://russia.shaps.hawaii.edu/security/russia/r_mil_doctrine_2000.html.
[1] En lo sucesivo, hablaremos
simplemente de “Doctrina”, excepto al transcribir una definición oficial.
[2] Por ejemplo, resultó muy vivo el debate
sobre esta cuestión en Francia, donde uno de los más destacados enemigos del
enfoque doctrinario era el general De Gaulle. Véase De Gaulle, 1973, p. 95-123.
[3] Es particularmente interesante por
coincidir en el tiempo su publicación con la Declaración del
Pacto de Varsovia sobre doctrina
militar, y el comienzo del debate público sobre el contenido de este concepto.
[4] Las negritas son del autor. Véase Sovetskaja
Rossija, 21-2-87. Citado según TAIBO, 1993,
p. 211.
[5] Este reconocimiento no era algo indiscutible.
Por la misma época, las soluciones que se barajaban al conflicto yugoslavo
estaban basadas en que la federación anterior había desaparecido, las
repúblicas constituyentes podían adquirir subjetividad internacional como
nuevos estados, y que cualquier posible nueva federación no se consideraría
heredera de la anterior, sino unión de dos o más nuevos estados independientes.
[6] Antigua Primera Dirección General del
KGB.
[7] Un ejemplo característico de esta
orientación es el informe “Russia-CIS: Does the West’s Position Need
Modification?”, publicado por el SVR en septiembre de 1994. En él, este
servicio defendía el derecho de Rusia a mantener relaciones especiales con los
países de la CEI, frente al recelo occidental ante lo que algunos interpretaban
como deseo de restaurar
[8] “Estonia:
Russia Will React if NATO Policy Contradicts Founding Act, Warns Yeltsin”. Despacho de la agencia
ITAR-TASS, 4-10-1997.
[9] Aunque estos documentos habían
empezado a elaborarse en la época anterior y sobre la base
de las experiencias acumuladas desde
1992, es indudable que reflejan de forma bastante adecuada la postura del
propio Putin, cuya posición en el momento en que fueron aprobados era ya muy
sólida.
[10] 10. “Der Westen darf nicht Sieger spielen”. Süddeutsche Zeitung (Munich), 23-12-1999.
[11] Expresión rusa para designar a las
antiguas repúblicas soviéticas, hoy estados independientes.
[12] Valentin Larionov, mayor general en
la reserva, fue el redactor principal de Estrategia
Militar (conocida como la Estrategia
Militar de Sokolovski), obra fundamental del
pensamiento militar soviético durante los años sesenta (Sokolovsky, 1981).
[13] Algunos analistas
criticaron fuertemente este hecho. En su opinión, si no se determinaban las
amenazas (el “enemigo probable”) no se podía realizar una planificación
adecuada del esfuerzo militar y, en consecuencia, resultaba imposible elaborar
una verdadera Doctrina (Serebriannikov, 1994).
[14] Es algo muy característico
de la época, y obedece a la pervivencia de la mentalidad soviética, que
explicaba todos los conflictos internacionales en función de la lucha entre los
dos grandes sistemas, capitalista y comunista. Superada la división en bloques,
desaparecía también la causa de los conflictos y, por tanto, no se quería
reconocer la existencia de amenazas, sustituidas por los “riesgos”.
[15] No todos los especialistas
rusos acogieron con entusiasmo esta innovación, considerada por algunos
militarmente irrelevante y políticamente peligrosa (Arbatov, 1993).
[16] Uno de los más brillantes teóricos
militares soviéticos y rusos durante los años ochenta y noventa.
[17] El europeísmo es ya una tendencia en
pleno desarrollo en la Federación Rusa. Según una
encuesta
realizada por la fundación Obscestvennoje
Mnenije en vísperas de la visita de Bush
a Moscú
(mayo de 2002), el 47% de los rusos era partidario de que el principal socio
exterior
del país
fuera la UE, el 21% estaba a favor de una orientación equilibrada hacia la UE y
los
Estados
Unidos, y sólo el 4% se manifestaba por la orientación preferente hacia los
Estados
Unidos.
Consulta: 26 de mayo de 2002; http://www.gazeta.ru/print/2002/05/21/
evropadlaros.
shtml.