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Caosistán (I) Por Enrique Lacolla El frenesí del
imperialismo y la creciente polarización entre quienes tienen mucho y quienes
tienen poco o nada está llevando al mundo a un período connotado por una
anarquía que rememora la de las “épocas oscuras”… …Pero nada está
perdido y el presente muestra opciones distintas que van de la mano con
la revolución informática. Una mirada retrospectiva al mundo actual bien puede
fijarle como fecha de nacimiento el año 1989: a dos siglos de la revolución
francesa, la caída del Muro de Berlín y la subsiguiente implosión del bloque
soviético, con la marejada de trastornos que trajo aparejada, implicó la reversión
de un curso histórico hasta ahí progresivo y el comienzo de una etapa de
reacción política que no ha visto su fin todavía. No se trata de ponernos melancólicos ni de añorar los
triunfos y reveses de un período por otra parte sembrado tanto de catástrofes
sin parangón como de fenómenos cargados de un potencial liberador que no
había existido en el pasado. Lo que nos proponemos es reflexionar un poco
sobre la naturaleza de la etapa que está gestándose ahora, pero a la que no
se puede entender sin ponerla en conexión con la formidable marea de cambio
que arrancó con la aparición del protagonismo popular simbolizado en la caída
de la Bastilla. Protagonismo popular que a partir de ese momento no dejó de
crecer asumiendo múltiples formas, a veces incluso paradójicas, hasta que la
crisis simultánea del capitalismo y del socialismo “realmente existente” le
puso provisorio fin, dando lugar a este mundo que algunos han dado en llamar
“Caosistán”. La medida del progreso es el hombre. Es decir, su
capacidad para aprovechar como colectividad los avances de la técnica y su
aptitud para poner a la economía a su propio servicio y para no permanecer él
como un esclavo de esta. En tal sentido no hay duda de que con la irrupción
del neoliberalismo, de la llamada revolución conservadora y de la rendición
sin combate del bloque soviético y su posterior disolución, el esquema sobre
el que se apoyaba una interpretación dinámica de la historia como espacio
donde se generaban cada vez mayores libertades, quedó en entredicho. A partir de ese momento se tornó irreprimible el
proyecto hegemónico norteamericano, que hasta entonces estaba hasta cierto
punto sofrenado por la existencia de un adversario global. Y en la medida en
que Estados Unidos se convirtió en la suma y cifra del capitalismo también
“realmente existente” la situación hubo de deteriorarse con rapidez. El
capitalismo ha arribado a su etapa senil, como bien la define Samir Amin, y
quienquiera asuma la tarea de dirigirlo difícilmente atine a reformarlo.
Estados Unidos padece de una arrogancia impetuosa que le viene de su historia
y todo indica que no hará otra cosa que dejar el capitalismo librado a sus
demonios. Que son los suyos propios. Un mundo fuera de
equilibrio En el interior de los países desarrollados la
apropiación de la ganancia se concentra cada vez más y se expresa en la
financiarización del sistema, en un relativo empobrecimiento de la clase
media y en la generación de perspectivas negras para el futuro, ligadas a la
reducción de los gastos sociales, a la demografía decreciente y a su
necesaria consecuencia, la irrupción de masas de inmigrantes que provienen
del mundo subdesarrollado. Allí, en las zonas deprimidas del mundo, rigen las
reglas de una globalización desigual, que polariza cada vez más la situación
entre países pobres y países ricos, pero donde el foso creciente entre la
clase adinerada y la masa de los que tienen poco, que se observa en el primer
mundo, se reproduce a una escala multiplicada mil veces y entre segmentos sociales
que hipertrofian la fractura social y le prestan características a veces de
absoluta inhumanidad. Esto estimula tanto los trastornos interiores de esos
países como la tendencia siempre creciente a emigrar masivamente de ellos, en
busca de un destino mejor. Este conjunto de factores genera una situación
explosiva, pero que no puede, por sí misma, generar un recupero de la
iniciativa popular si no hay vectores políticos que expresen el descontento y
lo dirijan a la consecución de objetivos posibles. En el mundo capitalista
desarrollado tal hipótesis no es, por el momento, creíble. Si atendemos a las
fuerzas políticas que se encuentran al comando no se disciernen elementos que
permitan alentar esperanzas. Tanto los políticos conservadores (los Cameron,
Sarkozy, Berlusconi, Aznar o Rajoy) como los pertenecientes a diversas
variantes socialdemócratas (los Rodríguez Zapatero, Felipe González, Gordon
Brown, D’Alema u outsiders al
estilo del liberal británico Nick Clegg), creen en los preceptos del
neoliberalismo o al menos en la imposibilidad de oponérseles con eficacia. Lo
cual implica en la práctica conductas dirigidas a desfondar el Estado de
Bienestar. No hablemos de los dos grandes partidos de la oligarquía política
estadounidense. En todos los casos los unos y los otros se diferencian
tan sólo en la medida en que están dispuestos a apretar más o menos el
acelerador para pronunciar el curso vigente o en su mayor o menor renuencia a
participar en las aventuras militares promovidas por el amo norteamericano,
al que de cualquier modo respaldan diplomática y económicamente. En ocasiones
a regañadientes, pues por supuesto Washington en esas aventuras antepone sus
más directos intereses a los de sus aliados y seguidores. Con la solitaria
excepción de Israel, que goza de un tratamiento especial de parte del
Imperio, no se sabe bien si en razón de la potencia del lobby judío en los
Estados Unidos o porque estos reconocen la importancia estratégica que supone
la presencia de tan diligente y motivado aliado en el centro del avispero del
Medio Oriente. De momento al menos, ambos factores parecen pesar de igual
manera. Un proyecto
ilusorio El caso es que, a partir de 1992, asomó el proyecto del “Nuevo
Orden Mundial”. Ya por entonces calificamos a tal proyecto como el “nuevo
des-orden mundial”, pues eran evidentes los problemas y desafíos que el
sistema capitalista debía superar para que tal orden resultase posible. Los
más importantes residían en el interior del propio sistema, el cual, de haber
consumado los cambios que se requerían para establecer el ordenamiento,
probablemente hubiera dejado de ser capitalista… Como quiera que sea, hubo un momento, después de la
primera guerra del Golfo, en que pareció que el sistema podía salirse con la
suya y, aplicando un mínimo de inteligencia, desactivar en parte los focos
explosivos en Medio Oriente y otros puntos del planeta. La resolución (muy
posible por entonces, si se aplicaba una presión moderada pero firme sobre el
Estado hebreo) del contencioso palestino-israelí, podría haber servido para
aceitar muchas transacciones y para poner las relaciones globales en un
diapasón algo más amable. Se podría haber diseñado una relación flexible con
la Rusia postsoviética, que estaba desarticulada de arriba abajo, había
renunciado a cualquier misión global y se encontraba en plena disposición a
entenderse con el viejo enemigo. En vez de esto, Estados Unidos y sus laderos británico e
israelí, operando como punta de lanza de un sistema que involucraba también a
la Unión Europea y a Japón, promovieron un activismo que devastó el Medio
Oriente y estancó cualquier proceso de paz en esa zona. En ese período se
pusieron en práctica las consignas más extremas del economicismo neoliberal
en los países de la Europa oriental recién liberada de la tutela soviética y
se promovió el desgajamiento de la ex URSS. Los rusos perdieron los estados
bálticos, quedaron descompensados en el Cáucaso y el Asia central y
terminaron perdiendo incluso a Ucrania, precursora del imperio moscovita. El divide et
impera de los antiguos romanos se convirtió en el leit motiv de Washington y sus aliados. La explosión de la ex
Yugoslavia proporcionó el punto de partida para una labor de desquiciamiento
y disolución de los Estados nación que ostentaban puntos débiles. El substrato ideológico que tangencialmente sostiene
este tipo de procedimientos fue condensado por el ya desaparecido profesor
Samuel P. Huntington con su célebre libro El choque de las civilizaciones,
que tiende a prescindir de los elementos ideológicos y económicos que se
supone explican la conflictividad global a lo largo de la historia, para dar
a entender que más bien de lo que se trata es de una serie de colisiones
generadas por el enfrentamiento entre distintas civilizaciones que resultan
incomunicables entre sí, y que crecen, triunfan y decaen por razones
intrínsecas a su propio organismo. Es obvia la influencia de Oswald Spengler
en este tipo de pensamiento, aunque el libro de Huntington esté lejos del
esplendor literario y la monumental erudición del pensador alemán de La
decadencia de Occidente. Nadie discute la importancia de los particularismos
religiosos y de las elaboraciones o deformaciones psicológicas que se
producen por su peso, pero pongamos atención en lo funcional que resulta este
tipo de planteo para el principio de “dividir para reinar” que practica el
imperialismo. Asimismo, a la imagen vertical de las culturas separadas entre
sí, el profesor Huntington suma el corte transversal que se está produciendo
en las civilizaciones actuales; corte referido, nada menos, que al
enfrentamiento entre la civilización y la barbarie, representada esta última
por la ola de crímenes a nivel planetario, por los cárteles de la droga, por
la violencia étnica, el terrorismo, la inseguridad urbana y la crisis de la
autoridad del Estado. Para solventar estos problemas el académico
norteamericano nos indica que “el futuro de la paz depende de la comprensión
y cooperación entre los líderes políticos e intelectuales de las principales
civilizaciones del mundo”. Todo queda entonces en manos de los “líderes” y cuadros
“responsables”, racionales y tocados de una u otra manera por la varita del
buen sentido. ¡Flaca esperanza, esta, si atendemos a la catadura de tales
líderes! Zbygniew Brzezinski, en El Gran Tablero Mundial y en numerosos artículos, es mucho más
pragmático y funda sus prospectivas en los datos de la geopolítica y la
política de poder. Elementos que por cierto son más claramente mensurables
que los problemas identitarios que ocupan a Huntington. Ambas vertientes se
articulan y se conjugan, desde luego, pero estos dos teorizadores de la
realidad en el fondo tienden a dejar de lado o a relegar a un segundo plano
los problemas intrínsecos al sistema de relaciones sociales predominante en
el mundo, aunque sean estos, en última instancia, los que prestan carnadura a
sus elucubraciones. Al dirigir sus investigaciones por vías separadas
facilitan ese escamoteo, pues como todo se vincula con todo, es fácil desviar
la atención del núcleo duro de las cosas centrándose más bien en las formas
en que estas exteriorizan su desgarramiento. La incomodidad, el desasosiego y las pulsiones
destructivas que habitan al hombre moderno resultan del problema irresuelto
del capitalismo, incapaz ya de compensar, como ocurriera en el pasado, sus
estragos con los formidables avances que producía junto a ellos. La enorme e
incesante apertura tecnológica que se multiplica a sí misma y en medio de la
cual vivimos, es en parte fruto de esa dinámica del capitalismo; pero también
dibuja el límite de las posibilidades de este al revelarlo ahora como incapaz
de controlarla, evidenciándola como un arma de doble filo capaz de segar las
posibilidades que ella misma aporta si no se la gobierna de acuerdo a parámetros
racionales y que no tengan, en consecuencia, el provecho ilimitado como único
objetivo. El riesgo ecológico y el armamentismo desaforado como principal
expediente para mantener la actividad económica y asegurar el estatus quo ponen de manifiesto el
agotamiento de esta experiencia. El impulso
hegemónico Mientras tanto, el proyecto hegemónico sigue su marcha.
El sistema no parece tener otra respuesta a la crisis que la huida hacia
adelante. La primera guerra del Golfo marcó el punto de partida de la
ofensiva, que no se propone limitarse a las operaciones políticas sino que
cobra cada vez de forma más pronunciada un carácter militar. Los ’90 fueron
el momento prometedor del programa. A partir del intento de Saddam Hussein de
apropiarse del emirato petrolero de Kuwait (un protectorado inventado por los
británicos en 1899) Estados Unidos, con George H. Bush al frente, montó un
escarmiento que supuso el primer ensayo de la teoría de la guerra de cuarta
generación. Esto es, una guerra desigual y de baja o nula intensidad –para la
superpotencia imperial que decide librar batalla, por supuesto, no así para
sus enemigos- desencadenada contra un contrincante incapaz de cumplir el rol
de tal, de tan distante que se encuentra del dominio de los elementos que
deciden el choque en un moderno campo de combate. El resultado de ese choque, como el del que en 2003
volvió a enfrentar a Saddam con Bush junior, se dio en forma casi
instantánea. El ejército iraquí fue barrido del campo de batalla. De momento,
sin embargo, Washington refrenó sus ambiciones. Estaba muy ocupado en la
fractura y desmembración de Yugoslavia y en el proceso de incorporar a la
Unión Europea y a la Otan a los países del ex bloque soviético, operación con
la que neutralizaría las eventuales pretensiones de la UE de erigirse en un
factor más autónomo en la política mundial. Mientras tanto el edificio erigido por la “revolución
neoconservadora” de la economía financiarizada empezó a agrietarse. La crisis
de las bolsas asiáticas, el efecto tequila, luego el efecto samba y después
el efecto tango, pusieron en evidencia que si la “política del shock” (1),
diseñada y puesta en práctica para desarmar la capacidad de resistencia de
las masas trabajadoras y desmantelar a los Estados nación, dejaba el campo
libre para la expansión más desenfrenada de las políticas de mercado, por
otro lado la globalización inequitativa no resolvía los problemas y la
estabilidad seguía siendo imposible. Los efectos más devastadores del
naufragio de los mercados se dieron en ese momento en los países llamados
emergentes, pero sus ramalazos podían alcanzar en cualquier momento a las
sociedades privilegiadas, amenazadas por el monumental desequilibrio de la
balanza comercial norteamericana y por los altibajos de un sistema de
capitalización salvaje, impronosticable y expuesto a los vaivenes de la
informática y su comunicación instantánea, que en una fracción de segundo
puede hacer pasar ingentes masas de dinero de unas manos a otras. O
evaporarlas por arte de birlibirloque. Pretextos En este escenario de una precariedad suma vinieron a
insertarse los atentados del 11 de Septiembre de 2001. Ellos supusieron una
vuelta de tuerca para reforzar las políticas del sistema. Mucho se ha
especulado sobre su origen. No es cuestión de caer en las teorías
conspirativas de la historia, pero si de una cosa podemos estar seguros es de
que los aviones que se estrellaron contra las Torres Gemelas y el Pentágono
cayeron en un momento muy oportuno para aturdir a la opinión mundial y para
movilizar a la opinión estadounidense en torno de la existencia de una mortal
amenaza externa y de la necesidad de responder a ella. Ni más ni menos a como
en el pasado sucediera con el ataque a Pearl Harbor, un episodio que se
desprendió como un fruto maduro de la política rooseveltiana que buscaba
encerrar al Japón y no dejarle otra salida que la agresión armada, a fin de
consentir a la Unión participar de la segunda guerra mundial y aventar la
amenaza de la Alemania nazi. El oportuno ingreso de Norteamérica en la guerra
le permitió resolver el conflicto en su propio provecho y a un costo
relativamente bajo.
El establishment mundial necesita de la existencia de
enemigos individualizables, preferiblemente inocuos o al menos incapaces de
erigirse en una amenaza real contra el sistema, para justificarse a sí mismo
y a las políticas que desarrolla con miras a consolidar el modelo y hacer
frente a los rivales potenciales (China, eventualmente coaligada con una
Rusia rediviva) (2) que puedan cruzársele al paso en el futuro. Los narcos y
los terroristas son fenómenos aptos para concitar la indignación moral y el
temor en la opinión pública de Occidente y en la enorme masa de oyentes y
espectadores que reciben, casi indefensos y sin posibilidad de contraste
crítico, el alud de informaciones y opiniones distorsionadas que se desprende
de los medios masivos de comunicación. Si los narcos y los terroristas no
existieran, habría que inventarlos. El sistema capitalista en este momento se sostiene no
solo en base a las transacciones convencionales de bienes y productos, sino
también y quizá principalmente gracias a la inversión en gastos militares, a
los malabarismos de la economía especulativa y a la corriente subterránea de
enormes flujos de dinero provenientes de campos “informales”. De los cuales
el más poderoso, según se afirma, es el narcotráfico. Esto explicaría, de
alguna manera, la persistencia de este negocio, prohibido, condenado y
vituperado en todos los tonos y desde todas las tribunas, pero al que no
parece posible restringir y que se encuentra en expansión continua de un
extremo al otro del globo. La mejor manera de quebrar la oferta de un
producto es desalentar su consumo, pero nada indica que este sea acotado por
la ley o disminuya en las plazas tanto del Occidente desarrollado como en las
de la periferia desesperada. Pero esto es apenas una parte de la ecuación. El
atentado a las Torres abrió la puerta para aplicar los presupuestos de la
doctrina del shock a escala planetaria. En el escenario actual el control de
las fuentes de recursos naturales no renovables y el posicionamiento
geoestratégico con miras a enfrentamientos a mediano o largo plazo con China
o Rusia, son el principio conductor de las acciones del Imperio. Cualesquiera
sean las oscilaciones de su política informativa y de las iniciativas siempre
calificadas como intentos para lograr la pacificación (a menudo a través de
expedientes para nada pacíficos) en escenarios como Irak, Afganistán, Gaza o
Cisjordania, la realidad es que todo apunta a reforzar el rumbo guerrerista
que llevan Estados Unidos y la Otan. Más de 700 bases militares distribuidas
en el mundo entero, un armamentismo en continua expansión, el reforzamiento
de los controles de seguridad interna en la misma Unión y el espionaje
cibernético cada vez más abarcador del planeta, indican que presumir que los
organismos de control del Imperio y sus sucesivas direcciones políticas vayan
a remitir en sus iniciativas resulta ilusorio. Las tendencias fijadas por la
inercia del sistema son demasiado fuertes, en efecto, para imaginar que las
estructuras políticas a cargo de la conducción de los asuntos puedan o deseen
invertir o modificar el esquema. La predisposición guerrerista del imperialismo
es un dato de su naturaleza: “una especie de agujero negro que se desplaza en
el espacio y en el tiempo y que mantiene una fuerza destructivo-gravitatoria
sobre el sistema, manteniéndolo unido y jerarquizado”, como señala el
brasileño José Luis Fiori. Nosotros Esto nos toca de cerca. Las bases estadounidenses en
Colombia, el golpe en Honduras, la ocupación de Costa Rica y la reactivación
de la IV Flota en el Caribe indican la creciente preocupación de los mandos
del Pentágono y su intención de restituir lo antes posible la hegemonía sin
cortapisas que ostentaban en la zona, que ahora está amenazada o al menos
incomodada por el autonomismo de la Venezuela de Chávez y por el creciente
protagonismo global de Brasil. ¿Cómo pensar el futuro a partir de esta realidad
connotada por tanta brutalidad? No es fácil encontrar una respuesta a esta
pregunta. Lo que sí conviene observar es que los ensayos por constituir
bloques de naciones con intereses compartidos que se diferencien de los del
Leviatán imperial es una vía a la que conviene apelar. Es prácticamente la
única. Esas conjunciones, sin embargo, no pueden llevarse a cabo sin una
lucha paralela para que haga partícipe de ella a las grandes mayorías. La
democracia, en su sentido fáctico, real, y no en el formal del fetichismo
parlamentario, es una instancia insoslayable para cohesionar los frentes
nacional-populares que deberán servir de parapeto no solo contra el envite de
las potencias imperiales sino también de las fuerzas que internamente
responden al amo externo y que se encuentran ligadas a este por lazos
inescindibles de interés. Si nos fijamos en la evolución general del período, en
el panorama sombrío que plantea la ofensiva imperialista en el mundo, América
latina representa hasta cierto punto una excepción. El maremoto neoliberal la
devastó de mala manera, pero en algunas partes hubo de remitir cuando la
reacción popular se articuló a través de presiones lo suficientemente fuertes
como para dejar a las direcciones títeres en el más absoluto de los vacíos.
Venezuela, Argentina, Bolivia, Ecuador fueron testigos del hundimiento de
andamiajes partidarios huérfanos de sustentación popular. Brasil efectuó un
cambio de rumbo más moderado, pero también operó una alteración de las
directrices más crudamente neoliberales, a la vez que se fortificaba como
potencia industrial y daba consistencia a una política exterior que asumía un
perfil de marcada independencia respecto de las ambiciones estadounidenses
para el hemisferio. Y que, lo que no es menos importante, buscaba a Argentina
como socia en un emprendimiento que necesita del protagonismo equilibrado de
los dos países para compensar las tentaciones del subimperialismo enano de la
burguesía paulista, en un caso, y de la predisposición a preocuparse solo de
objetivos contingentes, de parte del diletante empresariado argentino. El naufragio de algunos aparatos políticos tradicionales
fue en algunos lugares total. En Venezuela, por ejemplo, la irrupción de
Chávez, surgido a la luz aupado en un golpe militar que fracasó, pero
refrendado después en elecciones regulares cuantas veces se presentó a ellas,
pudo resistir los embates que la oposición y los golpes o intentos de golpes
que se fraguaron en su contra con el apoyo activo de Estados Unidos. En
Bolivia Evo Morales encabezó un movimiento que movilizó a las comunidades
originarias y produjo el fenómeno inédito de un primer presidente indígena en
un país donde los indios son aplastante mayoría y sin embargo no habían
tenido nunca la oportunidad de ejercer el gobierno en primera persona. En
Argentina una revuelta popular desalojó a un gobierno lamentable y, lo que
fue mucho más importante, dio fin a un ensayo neoliberal llevado a fondo a lo
largo de casi tres décadas, con prácticas feroces de terrorismo de estado que
abrieron el camino a un terrorismo económico menos dramático en apariencia,
pero de consecuencias mucho más devastadoras. Los movimientos surgidos de esa oleada tienen todavía en
agraz su capacidad liberadora: padecen las limitaciones derivadas de su
inmadurez y de los defectos que son propios a los ensayos de un populismo desprovisto
de articulaciones y cuadros sólidos, que consientan no sólo un buen control
de los resortes electorales o de la política menuda, sino también de las
estructuras del Estado. Están, tales movimientos, muy propensos a depender
del personalismo de los caudillos o de las figuras que de alguna manera
pueden ostentar un perfil dominante. Ahora bien, esto es poco, pero es lo que hay. Lo
interesante es que engarza en un instante político global en el cual se está
produciendo una transformación en la percepción de la realidad por masas de
gente disconforme, en especial jóvenes, que antes se encontraban incomunicadas
y que ahora disponen de un instrumental informático capaz de conectarlos y de
potenciar su desasosiego. Esto es bueno y obliga a profundizar las políticas
de cambio y a buscar las estructuras que nos faltan en el curso mismo del
proceso de desarrollo. La fragilidad que ostentan todavía los movimientos
nacional populares en América latina tiene que ser corregida en la medida de
lo posible pues, pese a las estimaciones erráticas de los medios, que un día
son catastrofistas y otro tiran cortinas de humo optimistas sobre un panorama
devastador, los datos objetivos aportan la evidencia de una incesante
preparación imperialista para asegurar el control del Medio Oriente, en una
escalada que no cesa desde el 2001 y que se refleja en una concentración sin
precedentes de armamentos de última generación en el cinturón que va del
Canal de Suez hasta el Mar de la China; en la plena integración de los sistemas
de inteligencia y de planificación de los estados mayores de Estados Unidos,
la Otan y la Fuerza de Defensa de Israel, y en la inclusión en la trama de
los regímenes “moderados” (?) árabes. El objetivo ficticio es suprimir a las
redes terroristas o presuntas tales (Al Qaeda, Hamas, Hizbollah) y a los
estados que supuestamente les prestan auxilio, que serían Irán, Siria, el
Líbano y Sudán. El objetivo real es asegurarse definitivamente las reservas
petrolíferas hasta que estas se agoten en un plazo que empieza a ser
previsible y otorgar a Occidente una posición geoestratégica que le asegure
el control de las amenazas a su predominio que pueden surgir desde la masa
euroasiática. Nadie puede asegurar lo que saldría de semejante
escenario, si lo que pretenden los “halcones” se verifica. América latina
rediviva, que empieza a escapar de la balcanización a la que la condenaran
las mismas fuerzas que ahora se proponen el control total (o totalitario) del
mundo, debe prepararse para zafar de estas emboscadas. Para eso debe pensarse
a partir de sí misma y mantener los ojos bien abiertos. --------------------------------------------------------------------------------------------------------- Notas 1) Naomi Klein, en su obra La Doctrina del Shock o el
Auge del Capitalismo del Desastre (Paidós, 2007, Barcelona), explica que esta
doctrina parte del supuesto de que ella necesita, para aplicarse con éxito,
algún trauma colectivo, que puede ser natural o precipitado por un
premeditado golpe de Estado, “que suspenda temporal o permanentemente las
reglas del juego democrático” y permita la aplicación de políticas económicas
que devasten sin anestesia las resistencias sociales. Los regímenes
dictatoriales de Indonesia o América del Sur en los ’60 y ’70 suministran
unos ejemplos patentes de tal tipo de operaciones. 2) El “Grupo de Shangai”, una suerte de alianza
geopolítica que reúne a China y Rusia con una serie de países del Asia
Central y que cuenta con la presencia de hindúes y pakistaníes en calidad de
observadores, es un esbozo de ese posible poder. Abarca las dos terceras
partes del espacio continental euroasiático y si llegara a consolidarse
contrapesaría la actual preeminencia de Occidente. |