Caosistán (I)

 

Por Enrique Lacolla Cuadro de texto:

 

El frenesí del imperialismo y la creciente polarización entre quienes tienen mucho y quienes tienen poco o nada está llevando al mundo a un período connotado por una anarquía que rememora la de las “épocas oscuras”…

 

 

 

 

 

 

 

 

…Pero nada está perdido y el presente muestra opciones distintas que van de la mano con la revolución informática.

 

 

Una mirada retrospectiva al mundo actual bien puede fijarle como fecha de nacimiento el año 1989: a dos siglos de la revolución francesa, la caída del Muro de Berlín y la subsiguiente implosión del bloque soviético, con la marejada de trastornos que trajo aparejada, implicó la reversión de un curso histórico hasta ahí progresivo y el comienzo de una etapa de reacción política que no ha visto su fin todavía.

 

No se trata de ponernos melancólicos ni de añorar los triunfos y reveses de un período por otra parte sembrado tanto de catástrofes sin parangón como de fenómenos cargados de un potencial liberador que no había existido en el pasado. Lo que nos proponemos es reflexionar un poco sobre la naturaleza de la etapa que está gestándose ahora, pero a la que no se puede entender sin ponerla en conexión con la formidable marea de cambio que arrancó con la aparición del protagonismo popular simbolizado en la caída de la Bastilla. Protagonismo popular que a partir de ese momento no dejó de crecer asumiendo múltiples formas, a veces incluso paradójicas, hasta que la crisis simultánea del capitalismo y del socialismo “realmente existente” le puso provisorio fin, dando lugar a este mundo que algunos han dado en llamar “Caosistán”.

 

La medida del progreso es el hombre. Es decir, su capacidad para aprovechar como colectividad los avances de la técnica y su aptitud para poner a la economía a su propio servicio y para no permanecer él como un esclavo de esta. En tal sentido no hay duda de que con la irrupción del neoliberalismo, de la llamada revolución conservadora y de la rendición sin combate del bloque soviético y su posterior disolución, el esquema sobre el que se apoyaba una interpretación dinámica de la historia como espacio donde se generaban cada vez mayores libertades, quedó en entredicho.

 

A partir de ese momento se tornó irreprimible el proyecto hegemónico norteamericano, que hasta entonces estaba hasta cierto punto sofrenado por la existencia de un adversario global. Y en la medida en que Estados Unidos se convirtió en la suma y cifra del capitalismo también “realmente existente” la situación hubo de deteriorarse con rapidez. El capitalismo ha arribado a su etapa senil, como bien la define Samir Amin, y quienquiera asuma la tarea de dirigirlo difícilmente atine a reformarlo. Estados Unidos padece de una arrogancia impetuosa que le viene de su historia y todo indica que no hará otra cosa que dejar el capitalismo librado a sus demonios. Que son los suyos propios.

 

Un mundo fuera de equilibrio

 

En el interior de los países desarrollados la apropiación de la ganancia se concentra cada vez más y se expresa en la financiarización del sistema, en un relativo empobrecimiento de la clase media y en la generación de perspectivas negras para el futuro, ligadas a la reducción de los gastos sociales, a la demografía decreciente y a su necesaria consecuencia, la irrupción de masas de inmigrantes que provienen del mundo subdesarrollado. Allí, en las zonas deprimidas del mundo, rigen las reglas de una globalización desigual, que polariza cada vez más la situación entre países pobres y países ricos, pero donde el foso creciente entre la clase adinerada y la masa de los que tienen poco, que se observa en el primer mundo, se reproduce a una escala multiplicada mil veces y entre segmentos sociales que hipertrofian la fractura social y le prestan características a veces de absoluta inhumanidad. Esto estimula tanto los trastornos interiores de esos países como la tendencia siempre creciente a emigrar masivamente de ellos, en busca de un destino mejor.

 

Este conjunto de factores genera una situación explosiva, pero que no puede, por sí misma, generar un recupero de la iniciativa popular si no hay vectores políticos que expresen el descontento y lo dirijan a la consecución de objetivos posibles. En el mundo capitalista desarrollado tal hipótesis no es, por el momento, creíble. Si atendemos a las fuerzas políticas que se encuentran al comando no se disciernen elementos que permitan alentar esperanzas. Tanto los políticos conservadores (los Cameron, Sarkozy, Berlusconi, Aznar o Rajoy) como los pertenecientes a diversas variantes socialdemócratas (los Rodríguez Zapatero, Felipe González, Gordon Brown, D’Alema u outsiders al estilo del liberal británico Nick Clegg), creen en los preceptos del neoliberalismo o al menos en la imposibilidad de oponérseles con eficacia. Lo cual implica en la práctica conductas dirigidas a desfondar el Estado de Bienestar. No hablemos de los dos grandes partidos de la oligarquía política estadounidense.

 

En todos los casos los unos y los otros se diferencian tan sólo en la medida en que están dispuestos a apretar más o menos el acelerador para pronunciar el curso vigente o en su mayor o menor renuencia a participar en las aventuras militares promovidas por el amo norteamericano, al que de cualquier modo respaldan diplomática y económicamente. En ocasiones a regañadientes, pues por supuesto Washington en esas aventuras antepone sus más directos intereses a los de sus aliados y seguidores. Con la solitaria excepción de Israel, que goza de un tratamiento especial de parte del Imperio, no se sabe bien si en razón de la potencia del lobby judío en los Estados Unidos o porque estos reconocen la importancia estratégica que supone la presencia de tan diligente y motivado aliado en el centro del avispero del Medio Oriente. De momento al menos, ambos factores parecen pesar de igual manera.

 

Un proyecto ilusorio

 

El caso es que, a partir de 1992, asomó el proyecto del “Nuevo Orden Mundial”. Ya por entonces calificamos a tal proyecto como el “nuevo des-orden mundial”, pues eran evidentes los problemas y desafíos que el sistema capitalista debía superar para que tal orden resultase posible. Los más importantes residían en el interior del propio sistema, el cual, de haber consumado los cambios que se requerían para establecer el ordenamiento, probablemente hubiera dejado de ser capitalista…

 

Como quiera que sea, hubo un momento, después de la primera guerra del Golfo, en que pareció que el sistema podía salirse con la suya y, aplicando un mínimo de inteligencia, desactivar en parte los focos explosivos en Medio Oriente y otros puntos del planeta. La resolución (muy posible por entonces, si se aplicaba una presión moderada pero firme sobre el Estado hebreo) del contencioso palestino-israelí, podría haber servido para aceitar muchas transacciones y para poner las relaciones globales en un diapasón algo más amable. Se podría haber diseñado una relación flexible con la Rusia postsoviética, que estaba desarticulada de arriba abajo, había renunciado a cualquier misión global y se encontraba en plena disposición a entenderse con el viejo enemigo.

 

En vez de esto, Estados Unidos y sus laderos británico e israelí, operando como punta de lanza de un sistema que involucraba también a la Unión Europea y a Japón, promovieron un activismo que devastó el Medio Oriente y estancó cualquier proceso de paz en esa zona. En ese período se pusieron en práctica las consignas más extremas del economicismo neoliberal en los países de la Europa oriental recién liberada de la tutela soviética y se promovió el desgajamiento de la ex URSS. Los rusos perdieron los estados bálticos, quedaron descompensados en el Cáucaso y el Asia central y terminaron perdiendo incluso a Ucrania, precursora del imperio moscovita.

 

El divide et impera de los antiguos romanos se convirtió en el leit motiv de Washington y sus aliados. La explosión de la ex Yugoslavia proporcionó el punto de partida para una labor de desquiciamiento y disolución de los Estados nación que ostentaban puntos débiles.

 

El substrato ideológico que tangencialmente sostiene este tipo de procedimientos fue condensado por el ya desaparecido profesor Samuel P. Huntington con su célebre libro El choque de las civilizaciones, que tiende a prescindir de los elementos ideológicos y económicos que se supone explican la conflictividad global a lo largo de la historia, para dar a entender que más bien de lo que se trata es de una serie de colisiones generadas por el enfrentamiento entre distintas civilizaciones que resultan incomunicables entre sí, y que crecen, triunfan y decaen por razones intrínsecas a su propio organismo. Es obvia la influencia de Oswald Spengler en este tipo de pensamiento, aunque el libro de Huntington esté lejos del esplendor literario y la monumental erudición del pensador alemán de La decadencia de Occidente.

 

Nadie discute la importancia de los particularismos religiosos y de las elaboraciones o deformaciones psicológicas que se producen por su peso, pero pongamos atención en lo funcional que resulta este tipo de planteo para el principio de “dividir para reinar” que practica el imperialismo. Asimismo, a la imagen vertical de las culturas separadas entre sí, el profesor Huntington suma el corte transversal que se está produciendo en las civilizaciones actuales; corte referido, nada menos, que al enfrentamiento entre la civilización y la barbarie, representada esta última por la ola de crímenes a nivel planetario, por los cárteles de la droga, por la violencia étnica, el terrorismo, la inseguridad urbana y la crisis de la autoridad del Estado. Para solventar estos problemas el académico norteamericano nos indica que “el futuro de la paz depende de la comprensión y cooperación entre los líderes políticos e intelectuales de las principales civilizaciones del mundo”.

 

Todo queda entonces en manos de los “líderes” y cuadros “responsables”, racionales y tocados de una u otra manera por la varita del buen sentido. ¡Flaca esperanza, esta, si atendemos a la catadura de tales líderes!

 

Zbygniew Brzezinski, en El Gran Tablero Mundial y en numerosos artículos, es mucho más pragmático y funda sus prospectivas en los datos de la geopolítica y la política de poder. Elementos que por cierto son más claramente mensurables que los problemas identitarios que ocupan a Huntington. Ambas vertientes se articulan y se conjugan, desde luego, pero estos dos teorizadores de la realidad en el fondo tienden a dejar de lado o a relegar a un segundo plano los problemas intrínsecos al sistema de relaciones sociales predominante en el mundo, aunque sean estos, en última instancia, los que prestan carnadura a sus elucubraciones. Al dirigir sus investigaciones por vías separadas facilitan ese escamoteo, pues como todo se vincula con todo, es fácil desviar la atención del núcleo duro de las cosas centrándose más bien en las formas en que estas exteriorizan su desgarramiento.

 

La incomodidad, el desasosiego y las pulsiones destructivas que habitan al hombre moderno resultan del problema irresuelto del capitalismo, incapaz ya de compensar, como ocurriera en el pasado, sus estragos con los formidables avances que producía junto a ellos. La enorme e incesante apertura tecnológica que se multiplica a sí misma y en medio de la cual vivimos, es en parte fruto de esa dinámica del capitalismo; pero también dibuja el límite de las posibilidades de este al revelarlo ahora como incapaz de controlarla, evidenciándola como un arma de doble filo capaz de segar las posibilidades que ella misma aporta si no se la gobierna de acuerdo a parámetros racionales y que no tengan, en consecuencia, el provecho ilimitado como único objetivo. El riesgo ecológico y el armamentismo desaforado como principal expediente para mantener la actividad económica y asegurar el estatus quo ponen de manifiesto el agotamiento de esta experiencia.

 

El impulso hegemónico

 

Mientras tanto, el proyecto hegemónico sigue su marcha. El sistema no parece tener otra respuesta a la crisis que la huida hacia adelante. La primera guerra del Golfo marcó el punto de partida de la ofensiva, que no se propone limitarse a las operaciones políticas sino que cobra cada vez de forma más pronunciada un carácter militar. Los ’90 fueron el momento prometedor del programa. A partir del intento de Saddam Hussein de apropiarse del emirato petrolero de Kuwait (un protectorado inventado por los británicos en 1899) Estados Unidos, con George H. Bush al frente, montó un escarmiento que supuso el primer ensayo de la teoría de la guerra de cuarta generación. Esto es, una guerra desigual y de baja o nula intensidad –para la superpotencia imperial que decide librar batalla, por supuesto, no así para sus enemigos- desencadenada contra un contrincante incapaz de cumplir el rol de tal, de tan distante que se encuentra del dominio de los elementos que deciden el choque en un moderno campo de combate.

 

El resultado de ese choque, como el del que en 2003 volvió a enfrentar a Saddam con Bush junior, se dio en forma casi instantánea. El ejército iraquí fue barrido del campo de batalla. De momento, sin embargo, Washington refrenó sus ambiciones. Estaba muy ocupado en la fractura y desmembración de Yugoslavia y en el proceso de incorporar a la Unión Europea y a la Otan a los países del ex bloque soviético, operación con la que neutralizaría las eventuales pretensiones de la UE de erigirse en un factor más autónomo en la política mundial.

 

Mientras tanto el edificio erigido por la “revolución neoconservadora” de la economía financiarizada empezó a agrietarse. La crisis de las bolsas asiáticas, el efecto tequila, luego el efecto samba y después el efecto tango, pusieron en evidencia que si la “política del shock” (1), diseñada y puesta en práctica para desarmar la capacidad de resistencia de las masas trabajadoras y desmantelar a los Estados nación, dejaba el campo libre para la expansión más desenfrenada de las políticas de mercado, por otro lado la globalización inequitativa no resolvía los problemas y la estabilidad seguía siendo imposible. Los efectos más devastadores del naufragio de los mercados se dieron en ese momento en los países llamados emergentes, pero sus ramalazos podían alcanzar en cualquier momento a las sociedades privilegiadas, amenazadas por el monumental desequilibrio de la balanza comercial norteamericana y por los altibajos de un sistema de capitalización salvaje, impronosticable y expuesto a los vaivenes de la informática y su comunicación instantánea, que en una fracción de segundo puede hacer pasar ingentes masas de dinero de unas manos a otras. O evaporarlas por arte de birlibirloque.

 

Pretextos

 

En este escenario de una precariedad suma vinieron a insertarse los atentados del 11 de Septiembre de 2001. Ellos supusieron una vuelta de tuerca para reforzar las políticas del sistema. Mucho se ha especulado sobre su origen. No es cuestión de caer en las teorías conspirativas de la historia, pero si de una cosa podemos estar seguros es de que los aviones que se estrellaron contra las Torres Gemelas y el Pentágono cayeron en un momento muy oportuno para aturdir a la opinión mundial y para movilizar a la opinión estadounidense en torno de la existencia de una mortal amenaza externa y de la necesidad de responder a ella. Ni más ni menos a como en el pasado sucediera con el ataque a Pearl Harbor, un episodio que se desprendió como un fruto maduro de la política rooseveltiana que buscaba encerrar al Japón y no dejarle otra salida que la agresión armada, a fin de consentir a la Unión participar de la segunda guerra mundial y aventar la amenaza de la Alemania nazi. El oportuno ingreso de Norteamérica en la guerra le permitió resolver el conflicto en su propio provecho y a un costo relativamente bajo.

 

Cuadro de texto:  En 1941 se dirimía la supremacía global. El zambullirse en la guerra podía tener en ese momento, por lo tanto, razones obligatorias, que hacían a la mecánica de las contradicciones intraimperialistas. Pero hoy, establecida de manera incontestable la supremacía estadounidense dentro del sistema capitalista y no existiendo la amenaza real de una alternativa sistémica, como hasta cierto punto lo fuera el comunismo, el dinamismo belicista tiene que inventar sus enemigos.

 

El establishment mundial necesita de la existencia de enemigos individualizables, preferiblemente inocuos o al menos incapaces de erigirse en una amenaza real contra el sistema, para justificarse a sí mismo y a las políticas que desarrolla con miras a consolidar el modelo y hacer frente a los rivales potenciales (China, eventualmente coaligada con una Rusia rediviva) (2) que puedan cruzársele al paso en el futuro. Los narcos y los terroristas son fenómenos aptos para concitar la indignación moral y el temor en la opinión pública de Occidente y en la enorme masa de oyentes y espectadores que reciben, casi indefensos y sin posibilidad de contraste crítico, el alud de informaciones y opiniones distorsionadas que se desprende de los medios masivos de comunicación. Si los narcos y los terroristas no existieran, habría que inventarlos.

 

El sistema capitalista en este momento se sostiene no solo en base a las transacciones convencionales de bienes y productos, sino también y quizá principalmente gracias a la inversión en gastos militares, a los malabarismos de la economía especulativa y a la corriente subterránea de enormes flujos de dinero provenientes de campos “informales”. De los cuales el más poderoso, según se afirma, es el narcotráfico. Esto explicaría, de alguna manera, la persistencia de este negocio, prohibido, condenado y vituperado en todos los tonos y desde todas las tribunas, pero al que no parece posible restringir y que se encuentra en expansión continua de un extremo al otro del globo. La mejor manera de quebrar la oferta de un producto es desalentar su consumo, pero nada indica que este sea acotado por la ley o disminuya en las plazas tanto del Occidente desarrollado como en las de la periferia desesperada.

 

Pero esto es apenas una parte de la ecuación. El atentado a las Torres abrió la puerta para aplicar los presupuestos de la doctrina del shock a escala planetaria. En el escenario actual el control de las fuentes de recursos naturales no renovables y el posicionamiento geoestratégico con miras a enfrentamientos a mediano o largo plazo con China o Rusia, son el principio conductor de las acciones del Imperio. Cualesquiera sean las oscilaciones de su política informativa y de las iniciativas siempre calificadas como intentos para lograr la pacificación (a menudo a través de expedientes para nada pacíficos) en escenarios como Irak, Afganistán, Gaza o Cisjordania, la realidad es que todo apunta a reforzar el rumbo guerrerista que llevan Estados Unidos y la Otan. Más de 700 bases militares distribuidas en el mundo entero, un armamentismo en continua expansión, el reforzamiento de los controles de seguridad interna en la misma Unión y el espionaje cibernético cada vez más abarcador del planeta, indican que presumir que los organismos de control del Imperio y sus sucesivas direcciones políticas vayan a remitir en sus iniciativas resulta ilusorio. Las tendencias fijadas por la inercia del sistema son demasiado fuertes, en efecto, para imaginar que las estructuras políticas a cargo de la conducción de los asuntos puedan o deseen invertir o modificar el esquema. La predisposición guerrerista del imperialismo es un dato de su naturaleza: “una especie de agujero negro que se desplaza en el espacio y en el tiempo y que mantiene una fuerza destructivo-gravitatoria sobre el sistema, manteniéndolo unido y jerarquizado”, como señala el brasileño José Luis Fiori.

 

Nosotros

 

Esto nos toca de cerca. Las bases estadounidenses en Colombia, el golpe en Honduras, la ocupación de Costa Rica y la reactivación de la IV Flota en el Caribe indican la creciente preocupación de los mandos del Pentágono y su intención de restituir lo antes posible la hegemonía sin cortapisas que ostentaban en la zona, que ahora está amenazada o al menos incomodada por el autonomismo de la Venezuela de Chávez y por el creciente protagonismo global de Brasil.

 

¿Cómo pensar el futuro a partir de esta realidad connotada por tanta brutalidad? No es fácil encontrar una respuesta a esta pregunta. Lo que sí conviene observar es que los ensayos por constituir bloques de naciones con intereses compartidos que se diferencien de los del Leviatán imperial es una vía a la que conviene apelar. Es prácticamente la única. Esas conjunciones, sin embargo, no pueden llevarse a cabo sin una lucha paralela para que haga partícipe de ella a las grandes mayorías. La democracia, en su sentido fáctico, real, y no en el formal del fetichismo parlamentario, es una instancia insoslayable para cohesionar los frentes nacional-populares que deberán servir de parapeto no solo contra el envite de las potencias imperiales sino también de las fuerzas que internamente responden al amo externo y que se encuentran ligadas a este por lazos inescindibles de interés.

 

Si nos fijamos en la evolución general del período, en el panorama sombrío que plantea la ofensiva imperialista en el mundo, América latina representa hasta cierto punto una excepción. El maremoto neoliberal la devastó de mala manera, pero en algunas partes hubo de remitir cuando la reacción popular se articuló a través de presiones lo suficientemente fuertes como para dejar a las direcciones títeres en el más absoluto de los vacíos. Venezuela, Argentina, Bolivia, Ecuador fueron testigos del hundimiento de andamiajes partidarios huérfanos de sustentación popular. Brasil efectuó un cambio de rumbo más moderado, pero también operó una alteración de las directrices más crudamente neoliberales, a la vez que se fortificaba como potencia industrial y daba consistencia a una política exterior que asumía un perfil de marcada independencia respecto de las ambiciones estadounidenses para el hemisferio. Y que, lo que no es menos importante, buscaba a Argentina como socia en un emprendimiento que necesita del protagonismo equilibrado de los dos países para compensar las tentaciones del subimperialismo enano de la burguesía paulista, en un caso, y de la predisposición a preocuparse solo de objetivos contingentes, de parte del diletante empresariado argentino.

 

El naufragio de algunos aparatos políticos tradicionales fue en algunos lugares total. En Venezuela, por ejemplo, la irrupción de Chávez, surgido a la luz aupado en un golpe militar que fracasó, pero refrendado después en elecciones regulares cuantas veces se presentó a ellas, pudo resistir los embates que la oposición y los golpes o intentos de golpes que se fraguaron en su contra con el apoyo activo de Estados Unidos. En Bolivia Evo Morales encabezó un movimiento que movilizó a las comunidades originarias y produjo el fenómeno inédito de un primer presidente indígena en un país donde los indios son aplastante mayoría y sin embargo no habían tenido nunca la oportunidad de ejercer el gobierno en primera persona. En Argentina una revuelta popular desalojó a un gobierno lamentable y, lo que fue mucho más importante, dio fin a un ensayo neoliberal llevado a fondo a lo largo de casi tres décadas, con prácticas feroces de terrorismo de estado que abrieron el camino a un terrorismo económico menos dramático en apariencia, pero de consecuencias mucho más devastadoras.

 

Los movimientos surgidos de esa oleada tienen todavía en agraz su capacidad liberadora: padecen las limitaciones derivadas de su inmadurez y de los defectos que son propios a los ensayos de un populismo desprovisto de articulaciones y cuadros sólidos, que consientan no sólo un buen control de los resortes electorales o de la política menuda, sino también de las estructuras del Estado. Están, tales movimientos, muy propensos a depender del personalismo de los caudillos o de las figuras que de alguna manera pueden ostentar un perfil dominante.

 

Ahora bien, esto es poco, pero es lo que hay. Lo interesante es que engarza en un instante político global en el cual se está produciendo una transformación en la percepción de la realidad por masas de gente disconforme, en especial jóvenes, que antes se encontraban incomunicadas y que ahora disponen de un instrumental informático capaz de conectarlos y de potenciar su desasosiego. Esto es bueno y obliga a profundizar las políticas de cambio y a buscar las estructuras que nos faltan en el curso mismo del proceso de desarrollo. La fragilidad que ostentan todavía los movimientos nacional populares en América latina tiene que ser corregida en la medida de lo posible pues, pese a las estimaciones erráticas de los medios, que un día son catastrofistas y otro tiran cortinas de humo optimistas sobre un panorama devastador, los datos objetivos aportan la evidencia de una incesante preparación imperialista para asegurar el control del Medio Oriente, en una escalada que no cesa desde el 2001 y que se refleja en una concentración sin precedentes de armamentos de última generación en el cinturón que va del Canal de Suez hasta el Mar de la China; en la plena integración de los sistemas de inteligencia y de planificación de los estados mayores de Estados Unidos, la Otan y la Fuerza de Defensa de Israel, y en la inclusión en la trama de los regímenes “moderados” (?) árabes. El objetivo ficticio es suprimir a las redes terroristas o presuntas tales (Al Qaeda, Hamas, Hizbollah) y a los estados que supuestamente les prestan auxilio, que serían Irán, Siria, el Líbano y Sudán. El objetivo real es asegurarse definitivamente las reservas petrolíferas hasta que estas se agoten en un plazo que empieza a ser previsible y otorgar a Occidente una posición geoestratégica que le asegure el control de las amenazas a su predominio que pueden surgir desde la masa euroasiática.

 

Nadie puede asegurar lo que saldría de semejante escenario, si lo que pretenden los “halcones” se verifica. América latina rediviva, que empieza a escapar de la balcanización a la que la condenaran las mismas fuerzas que ahora se proponen el control total (o totalitario) del mundo, debe prepararse para zafar de estas emboscadas. Para eso debe pensarse a partir de sí misma y mantener los ojos bien abiertos.

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Notas

 

1) Naomi Klein, en su obra La Doctrina del Shock o el Auge del Capitalismo del Desastre (Paidós, 2007, Barcelona), explica que esta doctrina parte del supuesto de que ella necesita, para aplicarse con éxito, algún trauma colectivo, que puede ser natural o precipitado por un premeditado golpe de Estado, “que suspenda temporal o permanentemente las reglas del juego democrático” y permita la aplicación de políticas económicas que devasten sin anestesia las resistencias sociales. Los regímenes dictatoriales de Indonesia o América del Sur en los ’60 y ’70 suministran unos ejemplos patentes de tal tipo de operaciones.

 

2) El “Grupo de Shangai”, una suerte de alianza geopolítica que reúne a China y Rusia con una serie de países del Asia Central y que cuenta con la presencia de hindúes y pakistaníes en calidad de observadores, es un esbozo de ese posible poder. Abarca las dos terceras partes del espacio continental euroasiático y si llegara a consolidarse contrapesaría la actual preeminencia de Occidente.