Caosistán (II)

 

 

 

 

 

Por Enrique Lacolla

 

La geoestrategia, el despertar político global y la revolución tecnotrónica son las líneas de fuerza por las que circula el presente.

 

 

 

 

Cuadro de texto:   

 

 

 

 

En la primera parte de esta nota dimos cuenta de una situación mundial significada por la ofensiva estadounidense en busca de la hegemonía global. La fase actual del proyecto norteamericano arranca del derrumbe del llamado “socialismo real”, a finales de la década de los ’80 del pasado siglo; pero es parte de un trabajo que ha distinguido a Occidente desde los albores de la era moderna, trabajo que se incrementó y se perfiló con total nitidez a partir de los tiempos de la revolución industrial y que es consecuencia directa de la configuración histórica del capitalismo.

 

La lucha por la hegemonía tuvo diferentes protagonistas a lo largo del tiempo: en su etapa más próxima estuvo calificada por el desafío que al predominio de los estados angloparlantes elevaron Alemania y Rusia, con la presencia secundaria de otra potencia emergente, Japón. En todo momento este desarrollo estuvo entrelazado con violentas confrontaciones ideológicas en torno de la justicia social, de la conformación de los modelos políticos y económicos, y de problemas identitarios que tuvieron y tienen en su centro a la cultura y la nacionalidad. Liberalismo, socialismo, comunismo, fascismo y populismo fueron los rótulos genéricos tras los cuales se articuló una serie de fenómenos sociopolíticos que dirimieron batallas sin tregua. (1)

 

A lo largo de este trayecto y como directa consecuencia del mismo hemos visto los conflictos bélicos más terribles de que se tenga registro. La primera y la segunda guerra mundiales, determinadas por las contradicciones del poder imperialista, y las guerras derivadas de las luchas de los pueblos coloniales por su derecho a escapar del yugo que los oprimía, marcaron a fuego al siglo XX. Esa batalla por la hegemonía y por la libertad sigue presente en la actualidad, aunque de una manera menos precisa y, si se quiere, menos ideológicamente orientada respecto de cómo lo estuviera entonces. Persiste sin embargo la tendencia a poner en discusión el estatus quo.

 

En 1989, al hundirse el único competidor que restaba en pie frente a la alianza occidental encabezada por Estados Unidos, esta y el sistema de ideas que se condensara en torno del modelo capitalista neoliberal pareció tener el mundo a sus pies. Pareció haber establecido las condiciones para la pax americana. La lucha por el poder tocaba por fin un término que era por completo favorable al capitalismo en su expresión más cruda. Tanto, que algunos decretaron “el fin de la Historia”. Según Francis Fukuyama se abría una etapa bastante aburrida para la Humanidad, cuya tranquilidad sólo sería alterada por algunas operaciones policiales dirigidas a disciplinar a los rogue states y a los individuos díscolos, incapaces de adecuarse al sistema.

 

Desde entonces mucha sangre ha corrido bajo el puente. El nuevo orden mundial se reveló una entelequia, el final de la Historia se manifestó como una mera expresión de deseos de quienes habían colmado sus expectativas y preferían que nada se moviese, y la supremacía estadounidense, puesta a prueba por la necesidad de consolidar ese presunto predominio, se ha visto puesta en tela de juicio por la crisis económica, los atascos militares y el surgimiento o resurgimiento de antiguas y de nuevas potencias.

 

El asalto militar norteamericano al arco geográfico que va de los Balcanes al Mar del Japón es significativo de un esfuerzo por vigilar el futuro asegurándose una posición privilegiada en materia de provisión energética y de posicionamiento geopolítico. Este posicionamiento apunta a prevenir la ya muy evidente irrupción de China como superpotencia capaz de rivalizar con la Unión. Dos campañas militares en gran escala, hoy en curso, en Irak y Afganistán, un extenso complejo de bases y la continuidad de este diseño más allá de la etiqueta partidaria de los gobiernos que se asientan en la Casa Blanca, demuestran la persistencia de ese propósito. No es posible establecer si esta confrontación puede degenerar en un choque abierto entra las grandes potencias. En principio es dudoso, aunque nunca se sabe qué clase de daños pueden resultar de una situación de enfrentamiento prolongado, cuyas expensas pagan, eso sí, algunos de los países que se encuentran en la zona de tensión; pero de lo que sí podemos estar seguros es de que este nuevo escenario ha tirado por la borda el sueño (o la pesadilla) de un mundo unipolar, regentado con exclusividad desde Washington, con el acompañamiento de una Unión Europea renunciataria de una voluntad autónoma y resignada a acomodarse bajo el paraguas norteamericano.

 

El semicírculo de fuego

 

La inestabilidad es un dato compartido por todas las sociedades actuales. Pero donde las coordenadas de la geopolítica concentran las tensiones en el mapamundi del presente, es en la región de Océano Índico, en el área que Halford Mackinder designaba como el “creciente interior o marginal” respecto del “área pivote” euroasiática, la “región cardial” que requiere ser neutralizada por los países del “creciente exterior o insular” si estos quieren impedir que ella gravite por su propio peso en la consecución de la supremacía. China y Rusia son las presencias más conspicuas del área pivote, y contra ellas y en especial contra la primera, se orientan las iniciativas de los geoestrategas del Pentágono.

 

Cuadro de texto:  ¿Por qué la cuenca del Índico es tan determinante para los planificadores norteamericanos? Porque se asoma y contornea al área pivote. En conjunto, estas dos áreas concentran el 60 por ciento de la población mundial: China y la India, solas, integran el 40 %. El 70 % del tráfico mundial de mercancías circula por ese océano, y esa cifra se incrementará a medida que continúe la expansión de la economía de esos dos inmensos países. Ese espacio constituye un pasaje vital para el comercio y la transportación del petróleo y es asimismo el eje de triángulo económico que se está creando entre China, África y América latina. (2)  

 

La estrategia norteamericana para la región siempre ha consistido en crear un cordón de bases para sus flotas y en contar también con “portaaviones de tierra firme”, como los que suponen Okinawa, Filipinas y la isla Diego García. La circulación del comercio por esas aguas es azarosa en la medida que puede ser interceptada con facilidad en al menos dos puntos clave: el estrecho de Malaca y el estrecho de Ormuz, cosa que pondría a China en serias dificultades. De momento no parece creíble que semejante cosa vaya a suceder, pero si se atiende a los datos objetivos de los movimientos estadounidenses semejante hipótesis empieza a perfilarse como posible, si no como probable. De lo contrario, ¿qué sentido tendrían la panoplia bélica y la instrumentación de Taiwán y Corea del Sur como aguijón diplomático contra China a la vez que como bastiones militares frente a ese país?

 

Estamos asistiendo a una pulseada en la cual la fuerza agresiva es Washington. Los chinos mantienen el pulso, pero conservan por ahora un perfil bajo. Exhiben un autodominio que dice mucho de su pasado histórico como la gran potencia que su país fue hasta que Occidente arrolló las defensas de la apolillada dinastía manchú en el siglo XIX y a principios del siglo XX. La prudencia de los chinos, sin embargo, no excluye ni la firmeza ni la persistencia en sus propósitos. La creación de un eje Sur-Sur que empieza esbozarse entre un Brasil que está tomándose en serio su condición del líder suramericano, y China, India y Rusia (el famoso BRIC), puede suponer una alteración de los datos de la realidad mundial que tornaría inviable el proyecto hegemónico estadounidense. La incógnita reside en saber si el establishment global y las fuerzas que se mueven detrás de él estarán dispuestas a acomodarse a esa circunstancia y si, antes de admitir ese retroceso, no incurrirán en aventuras que pueden salirse de control.

 

El ascenso chino no requiere en cambio de actitudes ofensivas. Le basta con atraer –gracias a su apetito devorante de materias primas- a los países latinoamericanos y africanos que por cierto pueden sentirse mucho más cómodos vertiendo sus commodities o sus productos elaborados en una nación-continente cuyo estado no está interesado en imponer contrapartidas que impliquen el sometimiento de sus clientes a regulaciones económicas de carácter financiero y que supongan dependencia. Este dato deviene del hecho de que China debe hacerse todavía a sí misma y de que la marca de fábrica del comunismo y la estructura gubernamental de él heredada imponen, al menos por ahora, una forma de gobierno flexible pero centralizada, que controla con firmeza los cursos económicos de un mercado que goza de libertad, pero no tanta. La apropiación de este mercado por una burguesía derivada en cierta medida de los familiares y entenados de la burocracia estatal comunista, parece haber evitado, hasta el momento, las exorbitancias en que incurrió la ex nomenklatura soviética, que abrió las puertas a una oligarquía mafiosa. Por otra parte, como dice Maurice Meisner, “a diferencia de la China anterior a 1949, entre las ambiciones de las potencias extranjeras y la nación china se yergue ahora un fuerte estado chino dirigido por líderes muy nacionalistas que, material y sicológicamente, son más que capaces de preservar la soberanía china”. (3)

 

Los problemas de desarrollo de China son más que considerables, se argumenta con razón. Hay un desnivel entre el Este industrial y desarrollado y el Oeste atrasado que debe ser resuelto. El tema de la democracia –entendida en su justa acepción, que implica una participación más libre y espontánea de los individuos en la gestión y vigilancia de la vida pública- es un asunto pendiente al que deliberada y ladinamente suele confundírselo con la reversión de lo actuado por el maoísmo. Este cometió errores, por supuesto, y también crímenes (¿qué otra cosa podía haber sucedido en un proceso revolucionario gigantesco, antagonizado por enemigos implacables?), pero la verdad es que resolvió el problema de las hambrunas periódicas, sacó a la inmensa mayoría de la población de las condiciones de miseria o pobreza en las que difícilmente subsistía, repuso a China como potencia mundial y mantuvo durante décadas un ritmo de desarrollo que no bajaba del 7 al 10 % anual.(4) Cosa para nada despreciable habida cuenta del punto de partida y de los enormes problemas estructurales a los que la “vieja guardia” revolucionaria hubo de afrontar. La reestructuración capitalista controlada, puesta en práctica a partir de la gestión de Deng Xiaoping, liberó una potencia de desarrollo que se ha convertido en el “milagro económico” del presente, pero arrancó sobre una base ya muy avanzada. 

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La revolución china, como todas las revoluciones originadas en países oprimidos por el imperialismo, tuvo un costado socialista y otro nacionalista. O más bien integró a uno y otro en un bloque. De las dos facetas, la primera parece haber ingresado a una suerte de eclipse. Pero la segunda se mantiene firme. Este factor es irreversible y el dato resulta decisivo para evaluar la proyección de la China de cara al futuro, aunque la dimensión social siga siendo, allí y en cualquier otra parte, un elemento inseparable de la definición nacional del país que sea.

 

Rusia y Europa

 

En el escenario del mundo actual hay otra gran potencia, que tuviera un gran protagonismo en el siglo XX y que hoy no termina de fijar su papel. Rusia es una nación que, gracias a un ex cuadro del KGB devenido en estadista, Vladimir Putin, ha podido frenar la caída por la pendiente a la que se había visto abocada tras el derrumbe del comunismo. Pero no ha recobrado la estatura que tuviera en los tiempos de la URSS. De momento se aproxima a China e insinúa su deseo de conformar un bloque con esta para contrarrestar la guerra de zapa que Occidente practica contra su posición en el Cáucaso y en el Asia Central. La otra alianza posible podría ser la Unión Europea, pero esta alternativa, acariciada también a lo largo del tiempo por los europeístas forjados en el cuño de De Gaulle, está bloqueada por la cooptación que Estados Unidos ha hecho de los ex satélites de la Unión Soviética al sumarlos a la Otan y a la UE, y por la escasa predisposición de los dirigentes políticos occidentales a recorrer ese camino.

 

Europa ha quedado bajo la órbita norteamericana y sin voluntad para escapar de ella. Son muchos los negocios comunes que la confirman en este rumbo, pero sobre todo está el tema de que para asumir una posición independiente la Unión Europea debería hacerse cargo de su propia defensa, lo que insumiría gastos que implicarían que una gran parte del Budget de los países de la UE fuera invertido en las fuerzas armadas. Pero estas no son un sector productivo y semejante refinanciamiento masivo acentuaría la crisis económica.

 

Como quiera que sea, los años que van del ataque a las Torres del 11 de Septiembre de 2001 al presente han visto el desinfle del asalto norteamericano a la hegemonía. El Pearl Harbor neoyorquino fue aprovechado por Washington para lanzarse a una serie de empresas que se suponía le valdrían el control del mundo o al menos ganar una posición que hiciera incuestionable su liderazgo. Hoy ese empeño sigue, pero está cambiando sutilmente de matiz: se trata de mantenerse más que de avanzar. Hacer esto último, proseguir a fondo con el compromiso global, implicaría meterse en complicaciones aun mayores de las que en la actualidad se tienen, sin una perspectiva clara de victoria. La fuga hacia delante es siempre posible, pero los objetivos son cada vez más elusivos. Las guerras en Irak y Afganistán se han empantanado y uno de los objetivos principales que tenían –controlar la fuente del crudo iraquí- se ha visto parcialmente desvirtuado por el hecho de que las autoridades de ese país, favorecidas por el apoyo norteamericano, han podido retener el control del petróleo o al menos elegir entre un abanico de ofertas para licitar su explotación, sin prestar demasiada atención a las estadounidenses. China, justo el país cuyas importaciones energéticas serían deberían haber quedado bajo vigilancia a través del asentamiento norteamericano en el país del Golfo Pérsico, obtuvo gran parte de las licitaciones, y otro tanto ocurrió con petroleras de otros países como Malasia, Japón, Gran Bretaña y Francia.

 

Para revertir la situación en esa área de un solo golpe resta la posibilidad de destruir a Irán. La cuestión, sin embargo, se perfila como demasiado espinosa. Si bien el estado “asociado” de Israel apoya e incluso está dispuesto a precipitar la iniciativa, el apoyo de los estados vasallos de la región, como Egipto o Arabia Saudita, es en cualquier caso incierto. Y el conflicto promete ser mucho más difícil que los asumidos hasta el presente por Estados Unidos en el Medio Oriente. Es factible borrar a Irán del mapa, sea por expedientes convencionales o incluso nucleares, pero tal cosa significaría la paralización del tráfico de petróleo -que afectaría al mundo entero-, un terremoto político y la posibilidad de represalias de una magnitud imposible de pronosticar.

 

“El despertar político global”

 

El actual momento mundial es muy fluido. Una reafirmación de la voluntad hegemónica norteamericana conduciría al desastre, y la continuidad del orden de cosas es una garantía de profundización del caos. Una redefinición de orden mundial se hace entonces imperativa. Las opciones para hacerlo no son claras o al menos las fórmulas para acometerla no están tan definidas como lo estuvieran en el siglo pasado. Pero esto no necesariamente ha de ser una desventaja; basta calibrar las consecuencias de los remezones revolucionarios y de las guerras imperialistas para comprender que los proyectos abarcadores no resisten la prueba de la realidad: siempre se quedan cortos o se orientan hacia rumbos insospechados y tal vez catastróficos. Un concepto central a modo de brújula que ayude a ordenar el pensamiento y a imaginar el rumbo es siempre necesario, pero tiene que organizarse sin pretensiones mesiánicas.

 

Como a veces ocurre, es desde el seno mismo del poder en crisis de donde surgen a veces las visiones más agudas de los peligros que lo acechan. Zbygniew Brzezinski, gran conceptualizador del proyecto de predominio norteamericano, ha percibido con claridad y antes que otros de sus pares los datos que lo amenazan. En una conferencia en Montreal desveló sus inquietudes respecto de un “despertar político global” que reúne la multiplicación de las voluntades autónomas de los estados nacionales con el fermento de las generaciones “tecnotrónicas” que dominan el ciberlenguaje y que son capaces de ingresar a la palestra ideológica a través de Internet. La oración parece habérsele tornado por pasiva al ideólogo de la regimentación ideológica y de la policía del pensamiento. Brzezinski creía –en la época en que escribió El papel de Estados Unidos en la Era Tecnotrónica- que se estaba entrando a una fase en la cual la sociedad estaría más controlada, dominada por una élite no trabada por los parámetros de legalidad tradicionales. Ella podría ejercer una vigilancia permanente sobre cada ciudadano y disponer de expedientes completos sobre su vida personal. Esta profecía se ha cumplido, por cierto, y hoy es el día en que el espionaje cibernético traspasa todas las barreras. Pero ocurre que el pulular de cibernautas y la multiplicación que brindan en materia de fuentes alternativas de información, empiezan a romper la hegemonía de los monopolios mediáticos y a socavar, en consecuencia, el poder de la élite. A lo que se suma el hecho de que mucha gente está no sólo está despierta sino también agitada y a veces rebelde, lo cual hace doblemente difícil ejercer el dominio que Estados Unidos entiende es su lote en cuanto realización de su “destino manifiesto”.

 

El surgimiento, en apariencia imparable, de China y otras potencias, más la anarquía financiera que se deriva de las prácticas del capitalismo salvaje, están arrinconando al capitalismo realmente existente y a la nación que es su portadora e insignia. De los animales acorralados se puede esperar cualquier cosa y por lo tanto la peligrosidad del presente se torna obvia. Los hijos del siglo XX y su descendencia, sin embargo, están habituados a navegar en aguas tempestuosas.

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1) A los que la Vulgata mediática suele reducir a una representación acartonada y adjetivante, infligiendo así un perjuicio muy grande a la capacidad popular para mensurar los hechos y deducir la naturaleza de los sistemas de poder.

 

2) Mohamed Hassan: Océan Indien: ici se joue la grande bataille pour la domination mondiale, en Mondialisation.ca, del 15.09.2010.

 

3) Maurice Meisner: La China de Mao y después, Editorial Comunicarte, Córdoba, 2007.

 

4) Mohamed Hassan, Ibid.